
Volvió un clásico a Caminito
Jettatore. / Libro: Gregorio de Laferrère. / Intérpretes: Damián Dreizik, Andrés Caminos, Katia Szechtman, Raquel Sokolowicz, Nicolás Levín, Alejandro Vizzoti, Gadiel Sztryk, Tatiana Emede, Sol Cintas y Julián Rodríguez Rona. / Escenografía y vestuario: Gabriela Aurora Fernández. / Luces: Matías Sendón. / Coreografía: Manuel Attwell. / Sala: Teatro Caminito. / Funciones: viernes, sábados y domingos, a las 19. / Duración: 90 minutos. Gratis.
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El teatro Caminito, abierto la temporada pasada con el estreno de Los veraneantes, de Máximo Gorki, con dirección de Lautaro Vilo, vuelve a posicionarse en la cartelera porteña estival con el estreno de un nuevo clásico, esta vez argentino: Jettatore, de Gregorio de Laferrère, con dirección de Mariana Chaud.
Pero no se trata simplemente del montaje de esta obra tan conocida, sino que la directora y adaptadora se sirve de Jettatore no sólo para hacer un montaje de este texto, sino también para hacer un montaje a través del que se representa el montaje de este texto. La idea es fructífera por diferentes razones. Por un lado, porque se inscribe dentro de una tendencia del teatro argentino contemporáneo, por medio de la cual se trabaja sobre las propias convenciones teatrales, explicitando de manera permanente que se está en el teatro. Esa concepción de lo anaurático busca poner el acento en la representación como tal antes que en lo representado. Y con un texto de 1904, esto puede ser una buena decisión. Pero, por otro lado, la idea es eficaz porque ayuda a incorporar las malas condiciones de expectación. Sin la calle cortada, los ruidos de camiones, colectivos y música que provienen de los autos que pasean por el bello barrio de La Boca entorpecen de manera permanente la representación, la que lucha por imponerse y volver a su cauce. La ficción de Chaud que envuelve a la de Laferrère es la de una compañía que intenta montar en La Boca, probablemente en el teatro Caminito, el mismo en el que uno se encuentra, una versión de Jettatore. Pero, accidente mediante, no todos los actores llegan, y eso obliga a redefinir los roles. Gabriela Aurora Fernández, como escenógrafa, acompaña esta decisión al dividir el escenario en dos: uno, el mayor, el escenario del teatro Caminito, que se muestra como lo que es; otro, más pequeño, un típico decorado de set televisivo o cinematográfico de representación mimética que se inserta en el mayor. Los actores entran y salen de un espacio a otro, lo que significa el abandono de la postura ficcional: allí conversan, se maquillan, toman mate, preparan la escena siguiente, repasan el texto.
La dirección de actores de Chaud también es eficaz, ya que se rodeó de intérpretes que entienden a la perfección el juego propuesto y que, por sobre todo, se divierten. Y claro, la propuesta admite esta dimensión, ya que la ficción no pretende trabajar con la ilusión de realidad. A Damián Dreizik se lo ve en su justo centro al componer al pobre Don Lucas, acusado de transmitir mala onda (de ser yeta, es decir, un jettatore). Se atreve a ubicarse en el ridículo como nadie y encuentra la complicidad con la platea. Sobresale fundamentalmente en las escenas en las que se encuentra con Raquel Sokolowicz, que interpreta a Doña Camila, la madre de familia, quien está en un código más paródico del melodrama y ayuda a Dreizik a salir de la superficie del rol para introducirlo en una maraña textual mucho más compleja e interesante. Y si bien toda la compañía es muy orgánica, hay que señalar que sobresale Gadiel Sztryk, en un trabajo interpretativo y corporal por demás imponente. La propuesta de la directora es que se luzca, el actor toma la posta y lo hace de manera brillante e hilarante.
Nuestra opinión: muy buena.
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