
Con Takeshi Kitano y Tadanobu Asano
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Furia ciega
Kitano la emprende contra los samuráis
Las decadas del 60 y el 70 fueron períodos de renovación del chambarael , cine de samuráis cultivado en el Japón. Antihéroe romántico, Zatoichi el protagonista del film homónimo que ahora trae de regreso el cine de Takeshi Kitano se transformó en uno de sus personajes paradigmáticos, interpretado por el actor Shintaro Katsu durante una extensa saga que incluyó veintiséis películas y una serie televisiva. Según la leyenda, Zatoichi vivió a comienzos del período Meiji, cuando Japón comenzaba su veloz conversión al occidentalismo, a fines del siglo xix. Masajista ciego, vagaba por la campiña en busca de trabajo y alguna nueva casa de juego en la cual probar su suerte. Detrás de su aparente fragilidad se escondía un experto espadachín, insuperable en el manejo de la katana, la espada samurái.
La fuerte apuesta de Takeshi Kitano ( Flores de fuego, El verano de Kikujiro, Hermano ) sólo puede entenderse si se tiene en cuenta la extrema familiaridad que el público japonés mantiene con el personaje. Pero Kitano no ha querido hacer apenas una relectura de la tradición; prefirió recrear la leyenda del caballero errante y conjugar lo mejor de dos mundos: el clasicismo y la modernidad. Cuatro historias paralelas un asesino a sueldo y su esposa enferma; dos hermanas (con sorpresa incluida) enfrascadas en una sangrienta venganza familiar; una familia mafiosa en busca del poder absoluto; Zatoichi y sus desventuras se van entremezclando durante el transcurso de la historia, como en una pequeña pieza de cámara. Y la metáfora musical no es casual: con la colaboración del compositor Keiichi Suzuki, el realizador incorpora momentos musicales que terminan explotando hacia el final, en una coreografía de tap dance absolutamente anacrónica y deliciosa.
Allí radica la mayor fuerza de Zatoichi , en la decisión de abandonar el universo original del personaje y trasladar a éste a un espacio construido con febril imaginación. Nadie habrá de asombrarse por el pelo furiosamente rubio del masajista en pleno Japón de hace 150 años, y cuando la sangre brota de arterias y miembros varios, lo hace con una desvergonzada estilización digital.
Kitano se alejó, otra vez, de lo razonable y previsible. Y entrega, con mucho amor por el material, uno de esos films orgullosamente populares, blindado por una capa de humor a prueba de espadas y escenas de acción prodigiosas.





