
Los tres peligrosos “virus” a los que Trump expone a EE.UU.: el digital, el biológico y el diplomático
La desinformación alimentada por la inteligencia artificial, el avance de enfermedades evitables por el auge del antivacunismo y el deterioro de las alianzas tradicionales configuran tres amenazas crecientes
8 minutos de lectura'

WASHINGTON.- Donald Trump es una persona tan detestable que escribir sobre él resulta degradante. ¿Qué presidente humillaría a su predecesor delante del líder de China como lo hizo Trump al burlarse de Joe Biden, hoy enfermo de cáncer, al señalar que en la Casa Blanca colgaba una fotografía enmarcada de una firma automática en lugar del retrato de Biden?
Sin embargo, cuando alguien tan moralmente deformado como Trump, a quien su primer secretario de Estado calificó de “idiota”, acumula tanto poder sin controles al comienzo de la era de la inteligencia artificial, no puede ser ignorado. Porque en este momento Trump está dejando a Estados Unidos expuesto a virus peligrosos: digitales, biológicos y diplomáticos. Algo malo nos ocurrirá como consecuencia de ello. Nosotros y nuestros hijos pagaremos el precio, y no solo en el surtidor de combustible.
El virus digital
Comencemos por el virus digital que ya circula libremente. Recientemente, OpenAI, Anthropic, Meta y Google revelaron incidentes en los que sus modelos de inteligencia artificial escaparon a sus controles y se dedicaron a piratear otros sistemas informáticos, incluidos un sitio web del gobierno australiano, la plataforma Hugging Face y páginas del Departamento de Comercio y de la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos. Recordemos que estos son sistemas de IA todavía infantiles; siguen en pañales y aún no han sido potenciados al máximo mediante el aprendizaje autónomo, hasta el punto de dejar atrás a sus propios diseñadores humanos.
Y también conviene recordar que estas historias se refieren a lo que están haciendo los buenos. Hablen con cualquier experto en ciberseguridad de una gran empresa estadounidense y se horrorizarán con los relatos sobre lo que hacen los malos utilizando modelos de IA más pequeños que han conseguido poner en funcionamiento sin ningún mecanismo de control.
El informe CrowdStrike Global Threat Report señaló que los ataques realizados por “adversarios habilitados por IA” aumentaron un 89% en 2025 respecto del año anterior, según informó Infosecurity Magazine en febrero, y desde entonces el ritmo se ha disparado.
Pero no teman. Nuestro presidente, que ni siquiera utiliza correo electrónico, le dijo la semana pasada a las Naciones Unidas que sabe que los temores sobre la seguridad de la inteligencia artificial son fraudulentos. Se refirió a “la misma gente que dijo que todos estaríamos muertos en 12 años por el calentamiento global”. Y agregó: “Nadie murió. Es la misma gente que ahora dice que la IA va a matarnos a todos”. (Miles y miles de personas han muerto en catástrofes agravadas por el cambio climático durante la última década, y solo en la imaginación putrefacta de Trump alguien pudo haber dicho: “Señor, todos estaremos muertos en 12 años”).
Trump y su partido, junto con los “tech bros” de la IA, que en los hechos les han pagado para que mantengan las manos alejadas de esa industria, deberían rezar para que la “sorpresa de octubre” de las próximas elecciones legislativas no sea un gran desastre provocado por inteligencia artificial. Porque si lo es, más vale que tengan listas sus naves espaciales para huir a otro planeta donde puedan vivir para siempre, ya que este podría convertir sus vidas en un infierno.
La amenaza de la IA no es un engaño, como tampoco lo es la amenaza climática, algo que Trump sabría si alguna vez mirara el sitio web de la NASA de su propia administración. El único engaño es que Trump, quien alguna vez sugirió que inyectarse lavandina podía ser una buena manera de combatir el Covid-19, crea que sabe algo sobre inteligencia artificial, cambio climático o incluso sobre la propia lavandina.
Los virus biológicos
Deseo que el único peligro derivado de la ignorancia desatada de Trump fuera un virus de IA. Lamentablemente, la semana pasada mi colega del New York Times, Apoorva Mandavilli, informó que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), durante mucho tiempo el “líder global indiscutido en salud pública”, han sido desmantelados de manera tan sistemática por el secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., que hoy son apenas “una sombra de lo que fueron”.

No solo se ha reducido su personal en alrededor de un 30%, sino que, citando a empleados actuales y ex empleados, Mandavilli informó que los cambios han obstaculizado la capacidad del organismo para responder a brotes mientras el sarampión se expande dentro del país y el ébola en el exterior, así como para emitir recomendaciones oportunas sobre vacunación cuando la llegada del clima frío da inicio a la temporada de enfermedades respiratorias.
Divisiones enteras han sido cerradas, incluidos equipos que trabajaban sobre tabaquismo, violencia sexual, maltrato infantil y caídas en adultos mayores.
El diario The Guardian publicó un artículo sobre el creciente brote de sarampión en Pensilvania, que ya superó los 900 casos. El doctor John Goldman, especialista en enfermedades infecciosas del Centro Médico de la Universidad de Pittsburgh, declaró que entre 1992 y 2026 no había visto un solo caso de sarampión. Ahora, dijo, “vemos al menos uno por día”, y añadió: “Nunca en mi vida pensé que volvería a ver sarampión”. Este es un ejemplo de cómo la negligencia de Trump está contribuyendo a la propagación de virus biológicos reales.
El virus antiplomático
Pero tampoco hay que olvidar el virus antidiplomático que también está debilitando al país. ¿En qué consiste? Un artículo publicado en el diario israelí Haaretz, firmado por su especialista en Medio Oriente Zvi Bar’el, describe cómo la incompetencia diplomática de la administración Trump y la malevolencia del gabinete del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu se combinaron para paralizar el plan de paz de 20 puntos impulsado por Trump para la Franja de Gaza. Como consecuencia, los civiles palestinos, muchos de ellos viviendo en edificios devastados por la guerra, continúan sumidos en la miseria absoluta.
Cuando Trump lanzó su promocionada Junta para la Paz y se nombró a sí mismo presidente, los países participantes prometieron 17.000 millones de dólares para Gaza. Pero, según Bar’el, “hasta donde se sabe, se han transferido menos de 300 millones”.
Además, la fuerza internacional de estabilización prevista por el plan aún no ha sido creada. La fuerza policial palestina destinada a reemplazar a Hamas, que debía operar bajo un gobierno tecnocrático palestino, tenía que recibir entrenamiento en Egipto, pero Israel está impidiendo que sus miembros salgan de Gaza, según Bar’el.
Con los años aprendí que la diplomacia funciona también como un virus, para bien o para mal: cuanto más éxito se tiene, más respeto se obtiene; cuanto más respeto se obtiene, más éxito se acumula. Y a la inversa: cuanto más se fracasa, menos aliados quieren acompañarte, por lo que los fracasos se multiplican.
Un ejemplo. Entre marzo y octubre de 1991, el secretario de Estado James Baker realizó ocho viajes diplomáticos a Medio Oriente para organizar la Conferencia de Paz de Madrid, la primera que reunió a Israel, la Organización para la Liberación de Palestina y varios Estados árabes. Yo acompañé esos ocho viajes como corresponsal diplomático de The New York Times. Fracasó en los primeros siete intentos, pero Baker no se rindió y lo consiguió en el octavo.
Muéstrenme una sola iniciativa diplomática construida por la administración Trump desde el alto el fuego en Gaza, que el propio Trump ha dejado languidecer. Es como si lo único que le hubiera importado hubiera sido el titular de la firma del acuerdo, tras lo cual declaró, el 13 de octubre pasado: “Juntos hemos logrado lo que todos decían que era imposible. Por fin tenemos paz en Medio Oriente”.
Eso sí que es, para mí, un verdadero engaño.
No existe un seguimiento enérgico ni concentrado porque no hay líneas de autoridad claras. Está Thomas Barrack, enviado especial para Siria e Irak y embajador en Turquía, haciendo sus propias declaraciones de política exterior. Está Massad Fares Boulos, suegro de Tiffany Trump, actuando como asesor presidencial para asuntos árabes y de Medio Oriente. Están los colaboradores de tiempo parcial Jared Kushner y Steve Witkoff. Están diversos secretarios adjuntos de Estado y Defensa. Y está Trump publicando en sus redes sociales.(¡Alguien terminará convirtiendo todo esto en un musical!).
Lo que no hay es un secretario de Estado como Baker, concentrado sin descanso en ejercer el poder estadounidense y viajando una y otra vez hasta alcanzar el objetivo.
La única cosa que Trump sigue con verdadera obstinación es hostigar a la prensa. El sábado pasado, después de que un juez lo obligara a permitir nuevamente el ingreso de periodistas de CNN a la Casa Blanca tras haberlos vetado ilegalmente por considerar que su cobertura no era lo suficientemente aduladora, el presidente igualmente impidió que CNN lo acompañara a bordo del Air Force One rumbo a un partido de fútbol americano en Tennessee.
Cuando se trata de denunciar o castigar a los medios, Trump está absolutamente enfocado. Pero cuando debe enfrentar los virus digitales, biológicos y diplomáticos que debilitan el sistema inmunológico de la nación, no tanto. Y eso nos pone a todos en grave peligro.
1
2El DHS dice que han bajado los alquileres gracias al ICE, pero Nueva York tuvo que aplicar una ley para congelarlos
3Midterm USA 2026: quién gana las elecciones en Estados Unidos y cómo podría cambiar el Senado, según las encuestas
4La elección para la secretaría general de la ONU: el Consejo de Seguridad afronta la cuarta ronda de votación en una carrera de final abierto
