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Cor@zones

A dos puntas. Conquistó un amor imposible, pero otra mujer apareció en su camino

Señorita Heart
(0)
12 de marzo de 2020  • 12:11

Javier se había encandilado con ella, una mujer alta, delgada, de piel pálida y abundante cabello castaño claro. La observaba a lo lejos, tan segura de sí, de movimientos sutiles, y voz firme, más bien grave. Cuando hablaba, lo hacía con corrección y no la imaginaba capaz de gritar. Ella tenía demasiado estilo como para hacerlo. Siempre vestía de manera impecable, elegante, sin estridencias y con géneros de primera calidad. Su indumentaria acompañaba su silueta perfecta, sin provocar, pero, aun así, a él le parecía que era en extremo sensual. "Esta mujer es inconquistable", le dijo a Martín mientras tomaban unas cervezas. "Es una diosa con todas las letras, de otro nivel. Daría todo para que se fije en mí".

Ana, la mujer inalcanzable, era la nueva gerente de Recursos Humanos de la empresa y Javier, a pesar de tener un buen puesto, sentía que una chica semejante merecía mucho más que alguien de su calibre. Su suerte, sin embargo, estaría a punto de cambiar.

Una sonrisa amigable

Era diciembre, una época repleta de fiestas de fin de año y encuentros descontracturados, ideales para conocerse entre los compañeros laborales a otro nivel. La celebración de la empresa resultó el trampolín para el inicio de una relación impensada. "Llegó con un vestido espectacular y una sonrisa enorme, algo que de pronto me dio coraje. Creo que sin dudas la sonrisa es la mejor arma de cualquier mujer y, en este caso, sirvió para bajarla un poco del cielo en el que la tenía, la hizo más cercana y alcanzable", opina Javier mientras recuerda su historia.

Quería conquistar a su amor imposible.
Quería conquistar a su amor imposible.

Él se acercó para presentarse y darle la bienvenida a la empresa con una confianza desconocida y le preguntó si deseaba tomar algo, que con gusto se lo buscaba. "Qué amable en ofrecerme", dijo ella. "Acepto". Aquel simple gesto cortés pareció halagarla y fue ella la que después lo invitó a sentarse en uno de esos livings blancos, clásicos de ese tipo de fiestas. Allí charlaron por horas y la magia comenzó a surgir, innegable.

Primero fue un almuerzo, luego una cena en un buen restaurante y, varias citas después, una comida en su casa y el primer beso. Javier sintió que había alcanzado el mayor trofeo. "Solo fue un beso, ella, muy dulce, me dijo que era hora de irse. Se hacía desear y yo la deseaba cada día más, sentía que me estaba enamorando", asegura.

Un amor consolidado.
Un amor consolidado.

Recién después de seis meses de citas y besos, Ana se entregó por completo a Javier y comenzaron un noviazgo sólido, que con el paso de los días se consolidó aún más: presentaciones familiares, viajes y proyectos de a dos, como irse a vivir juntos a fin de aquel nuevo año. "Mis amigos me decían que era un capo", rememora. "Ana era todo lo que un hombre puede soñar y me sentía en el paraíso. Había conquistado a mi amor imposible y, encima, más allá de su belleza, era muy divertida. Un diez. Le conté cómo la observaba de lejos y que creía que era inalcanzable y que seguro merecía más. Ella me hizo sentir que yo era lo máximo que toda mujer podría desear".

Una protagonista inesperada

Pero entonces, y en el lugar menos esperado, Javier conoció a Clara, una chica común, linda, camarera de un bar de barrio, que vestía siempre jeans y zapatillas. Se vieron en el tren y los encuentros se repitieron varias veces desde entonces; Clara había cambiado de horario, por lo que ahora coincidía con el regreso del trabajo de Javier (cuando no se iba a lo de Ana) y, con esa movida del destino, entre ellos se inició una charla que continuaba en cada encuentro.

"No sé por qué le mentí cuando me preguntó si tenía novia. Y si Ana venía conmigo en tren procuraba subir con ella a otro vagón. Estaba seguro que amaba a mi novia, pero no pude decírselo, había algo en Clara, tan familiar, tan simple en apariencia, que me fascinaba. Aunque, a su vez, tenía mil problemas en su vida, muchos mambos. A veces gesticulaba fuerte y se reía a carcajadas, y una vuelta se enojó por una pavada y quedé impactado por el berrinche. Ana nunca levantaba la voz, siempre fue una dama".

Un romance en el tren.
Un romance en el tren.

Aquel ocultamiento pronto se transformó en una gran mentira, que creció a una velocidad inusitada. Javier pronto invitó a Clara a su casa una tardecita en la que ella decidió faltar al trabajo y Ana salía con sus amigas. A partir de entonces, el hombre de 27 años perdió el control de la situación. "Me dejé llevar por la pasión que ella me despertaba y fue mutuo", se justifica. "Clara seguía sin saber nada y yo me las arreglaba para verla seguido sin que Ana sospechara".

Patas cortas

La situación siguió con la misma dinámica hasta el día que Clara le dijo que estaba enamorada y que tenía intenciones de dar un paso más y formalizar su relación. Sin pensarlo, a él le salió decir que le pasaba igual. Sin embargo, las mentiras de semejante calibre no pueden sostenerse por demasiado tiempo y la bomba no tardó en explotar. Fue el día en el que Ana le quiso dar una sorpresa inesperada en la casa de Javier, algo que - por supuesto - terminó muy mal. Con el corazón destrozado, contempló cómo su novio y Clara se besaban en la entrada del edificio. Había arribado justo para verlo todo sin atenuantes.

"Fue terrible y me arrepiento tanto", se lamenta Javier hoy, "¡Tanto que había soñado con Ana y la dejé ir! Ojalá supiera cuánto me arrepiento. Ella es la mujer que siempre quise, y deseo con todo mi corazón que me perdone y que el destino nos vuelva a unir", continúa.

A Clara, Javier le pidió unas disculpas que no fueron aceptadas, la joven le dijo que era demasiado mujer para un hombre como él, entre unas cuantas cosas más. Ana, por su parte, sin perder los estribos, le dijo que él tenía razón, que tal como había creído en un principio, ella era una mujer que merecía más. "Aprendí mucho de mi historia", asegura Javier. "Espero un día poder demostrarle a Ana que cambié".

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