
A solas con Kenzo
A punto de viajar a la Argentina, el gran diseñador, ya alejado de las pasarelas, habló en París con LNR de su otra gran pasión: la pintura
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PARIS.- Hay gente, como Kenzo, que piensa que la vida es demasiado corta para vivirla haciendo siempre lo mismo. La diferencia entre él y los demás es que todo lo que emprende el más parisino de los creadores japoneses le sale irremediablemente bien.
A los 70 años, Kenzo no sólo parece físicamente el hijo de Kenzo, sino que de sus numerosas vidas ha sido capaz de conservar sólo aquello que lo hace feliz.
Lo terminado, terminado está. Hay que ser capaz de mirar hacia adelante sin ninguna nostalgia, le dijo a LNR durante una entrevista exclusiva en París, a punto de partir para Buenos Aires, donde realizará la primera exposición de su pintura en América Latina (ver aparte).
La próxima vida que Kenzo se apresta a abandonar sin pestañear duró 20 años. El tiempo que le llevó construir, decorar y habitar una de las mansiones más secretas y suntuosas de París, que acaba de vender por unos 12 millones de euros a un rico productor de cine francés.
-¿Por qué irse de este paraíso?
-Porque es enorme para mí. Siempre lo fue. Yo construí esta casa para vivir aquí con mi pareja. Pero él falleció poco después de mudarnos y todo cambió. Desde entonces he tratado de vender. Aunque tampoco puedo decir que no he sido feliz en este lugar...
Pocos segundos antes, un ceremonioso mayordomo había abierto la puerta de ese deslumbrante refugio (ver Nota de Tapa II).
A dos minutos de la Bastilla, escondida detrás de la fachada de un edificio haussmaniano como tantos otros, y al final de un pequeño patio interior, se alza la fachada de una inmensa casa oriental: el paraíso zen de un esteta que, tras llegar a Marsella de su Japón natal a los 25 años, consiguió seducir a las francesas mucho antes que Issey Miyake o Yohji Yamamoto.
Para aplicar a su interior el mismo minimalismo y excentricidad, la misma mezcla de colores y estilos que lo hizo célebre durante 30 años de creación en la cúspide de la moda, Kenzo Takada transformó los 1500 metros cuadrados de un hangar desafectado de ese barrio popular en un auténtico edén.
En dos años, y con la ayuda del arquitecto Kenji Kawataba, construyó tres niveles bañados por la luz que entra por ventanales y paredes de vidrio, dos jardines, cinco terrazas y una piscina interior.
Mil objetos preciosos procedentes de los cuatro puntos cardinales adornan la casa: tapices dignos de maharajá, cuadros pintados por Basquiat, dibujos de Cocteau, estatuas traídas de Borneo, caballos chinos del siglo I, mesas de laca y maderas exóticas, máscaras ceremoniales africanas, bronces romanos, mármoles griegos... Todo, realzado por una profusión de exquisitas orquídeas blancas.
Pero el mayor orgullo de Kenzo Takada es su jardín japonés. Por él serpentea un minúsculo arroyo habitado por apacibles carpas koi blancas, rojas y negras: símbolo de la longevidad en Japón, precisa. Bambúes, bonsáis, camelias blancas, un cerezo y un arce completan ese jardín zen, para cuya concepción hizo viajar especialmente un equipo desde Japón.
-¿Qué hará con todo esto cuando se vaya en junio?
-Venderé. El comprador se quedará con ciertas piezas, pero el resto lo dispersaré en subasta pública, como hizo recientemente Pierre Bergé con la colección de arte de Yves Saint Laurent. Debo hacerlo: mi próxima casa es mucho más reducida que ésta.
Más reducida, pero no menos suntuosa. Kenzo acaba de comprarse el último piso de un edificio ubicado en el ángulo que forman el boulevard Raspail y la rue de Sèvres, en pleno corazón del Quartier Latin, el Barrio Latino, su rincón preferido en París.
-¿No le faltará allí esta paz, esta serenidad... oriental?
-Probablemente, pero tendré a mis pies una vista panorámica de París, algo que siempre me faltó en esta casa. Y después, me entusiasma mucho la idea de recomenzar a ocuparme de una casa. Es literalmente una nueva vida que empieza.
Kenzo es así. La imagen del optimismo, la pasión por el futuro.
También es un hombre encantador, sencillo, afable, tímido y generoso, por el cual -cosa rara en el mundo de la moda- todos sus antiguos colegas expresan el más profundo cariño. "Jamás encontré a alguien que no quiera a Kenzo", afirmó hace poco tiempo el célebre modisto Karl Lagerfeld.
Desde que ese hijo del Imperio del Sol Naciente, nacido en Himeji en 1929, llegó a Francia, en 1965, consiguió vender cinco dibujos a Louis Féraud y conquistó París, ha firmado 96 colecciones, ha inaugurado 21 boutiques en Francia, en Japón y en el resto del mundo, ha otorgado 26 franquicias y ha abierto 119 puntos de venta. Cuando se retiró definitivamente, en 1999, más de 500 personas trabajaban para él, y su cifra de negocios, sin contar los perfumes, superaba los 1750 millones de francos (unos 300 millones de dólares de la época).
Sus creaciones estampadas de luminosos colores conquistaron el mundo. Precursor superdotado, creador de ideas, el estilista Kenzo fue copiado como pocos. Razones había: Kenzo fue el primero en desestructurar los cortes inspirándose en la técnica del kimono, suprimió las hombreras, transgredió las estaciones, reinventó el tejido, redescubrió el sayal (tela rústica que sirvió de hábito religioso en la Edad Media), adoptó el pantalón sarouel (de pretina ancha, angosto abajo, cómodo y casual ) y el jodpur (similar al de montar), se atrevió a diseñar sacos de satén de colores para el hombre, hizo desfilar botas por las pasarelas, mezcló masculino y femenino, imaginó pantalones anchos y cortos y mangas evasées, recuperó la mochila para transformarla en un objeto de moda.
Fascinado por los viajes, también fue uno de los primeros en inspirarse en la tradición y el folklore de los países que visitó y supo imponer un espíritu multiétnico sin que sus prendas parecieran disfraces.
En 1993, después de 30 años de creación en la cúspide de la moda, Kenzo decidió que quería viajar, diseñar vestuarios para la ópera, escuchar música y disfrutar de sus amigos y de su fabuloso jardín de bambúes y cerezos en flor.
Sin una sombra de duda vendió, por 29 millones de euros, su marca al gran imperio del lujo LVMH ( www.lvmh.com ). En un primer tiempo permaneció como director artístico en la sociedad que había creado en 1970. Seis años después, partió definitivamente.
-¿Nunca lo lamentó?
-Un poco. Pero en aquel momento, como le dije, acababa de perder a dos de mis seres más queridos y no me sentía muy bien. Incluso en mi trabajo no era lo mismo.
Con una franqueza inhabitual en los creadores, Kenzo confiesa que, por aquel entonces, "estaba un poco cansado de la moda".
-Necesitaba un paréntesis, recuperar energías. A fines de los años 80 también comencé a sentirme un poco fuera de lugar. La moda cambió, la ropa se ajustó al cuerpo, se volvió muy sexy o directamente grunge . Yo no me reconocía mucho en esa nueva tendencia. Al mismo tiempo llegaron otros japoneses, excelentes todos...
-Y hoy, ¿qué piensa de la moda?
(Sonríe) -Yo siempre traté de hacer ropa ponible , para que las mujeres que la llevaban se sintieran bellas, cómodas y únicas. Hoy es diferente. La verdad, yo no entiendo mucho esta moda.
-¿Diría usted que los creadores hacen prendas para usar o para comunicar?
-Definitivamente, para comunicar. Lo que se vende hoy no es la ropa. Son los accesorios. Es absolutamente delirante. ¿Usted gastaría cada temporada 3000 euros en un bolso o 1000 en un par de zapatos cada vez que cambia la estación?
Kenzo comenzó en aquel momento una auténtica vuelta al mundo con numerosas escalas en Asia. En Japón aprendió las sutilezas de la ceremonia del té y perfeccionó sus conocimientos de pintura y caligrafía.
-Pintar siempre fue uno de mis sueños de juventud, confiesa.
Pero Francia le faltaba y pronto volvió a París.
-Aquí están mis amigos, ésta es mi casa. Es curioso, cuando estoy en Japón me siento extranjero. Cuando estoy aquí también. No me molesta; es una interesante forma de vivir.
De regreso, Kenzo continuó sus lecciones de pintura con un amigo. En su atelier, única pieza de la casa donde, según él, reina un poco de desorden, esconde -por modestia- dos o tres excelentes autorretratos detrás de otras obras que, desde hace poco, han comenzado a viajar como parte de sus exposiciones.
-Aparentemente, nunca pudo hacer pintura abstracta.
-No. Sólo puedo hacer pintura figurativa. Y sobre todo expresionista. Pero me gusta pintar. Me entusiasma.
Y le va bien. Cuando todos lo creían retirado, disfrutando de unas eternas vacaciones, consagrado a una vida contemplativa y feliz, Kenzo vuelve a hacer hablar de él con una serie de exposiciones de su pintura. Y una nueva vida, otra vez.
En la primera de esas muestras, organizada recientemente en Múnich por la galería Hampel, vendió la mitad de las obras que presentó. Cada uno de sus cuadros, entre los que hay numerosas alusiones a su pasado de modisto, está estimado en cerca de 35.000 euros (40.000 dólares).
El día en que recibió a LNR en París cerraba sus valijas para viajar a Marruecos, donde lo esperaba su próxima exposición.
-¿Por qué escogió la Argentina para exponer en América Latina?
-Porque es un país que me fascina, y porque mucho de lo que sé en pintura lo debo a Alejandro Lordi, el dueño de la galería donde expondré en Buenos Aires (ver recuadro). El me alentó, me guió y me aconsejó aquí en París antes de lanzarme a esta aventura.
Esta no es, en todo caso, la primera vez que Kenzo Takada viaja a Buenos Aires. En 1993 lo hizo para inaugurar una de sus boutiques con un megadesfile.
-Conservo un recuerdo deslumbrante, aunque estuvimos apenas tres días. Esa ciudad me deslumbró. Me recordó mucho a París. Pero, sobre todo, a Madrid.
Esta vez se quedará en la Argentina un poco más: diez días en los que recorrerá algo del interior, visitará el campo de la familia Lordi y participará de una serie de actividades.
-Estoy encantado. Viajar siempre fue mi mejor motor para la creación. Este año estuve tres veces en Japón; viajé a Brasil, donde navegué por el Amazonas en piragua, acabo de regresar de Maldivas y poco antes estuve en Uzbekistán.
-¿Para qué fue a Uzbekistán?
-Me invitaron a la Fashion Week que organiza en Tashkent la hija del presidente uzbeko, Islam Karimov. Hicieron una fiesta espectacular a la que también asistieron Julio Iglesias y Rod Stewart, que fue a cantar. Difícil de imaginar, ¿no?
Irán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguistán... Coleccionista perseverante de telas exóticas, Kenzo soñó siempre con hacer ese viaje, calcado sobre la antigua Ruta de la Seda, el circuito comercial que traía ese precioso paño del Extremo Oriente a Occidente entre los siglos III y XIV.
Además de la seda, Kenzo adora el algodón: "Que reúne -precisa- la simplicidad y la nobleza". Es amante de la ópera de Puccini por su Madama Butterfly , del champagne por las burbujas y del tatami "para poder soñar". Cuando era pequeño lamentaba que su padre no se hubiera casado con una occidental "para ser mestizo", y todavía piensa que su nombre es "demasiado serio". Por eso prefiere su apodo, "Kenchan".
-¿Cuál es su asombroso secreto de juventud?
-El deporte, las buenas cremas, beber mucha agua. Pero, sobre todo, resistirse a crecer.
Del papel a la tela Kenzo, el pintor
Iniciado en el mundo del arte y las antigüedades en los años 60, Alejandro Lordi residió en París, Madrid y Montecarlo, donde se familiarizó con el mundo de las galerías y el coleccionismo. Hoy espera con optimismo la próxima inauguración de Lordi Arte Contemporáneo -galería a cargo de su hija Teté- que abrirá sus puertas al público local con una muestra de pinturas, collages y esculturas realizadas por Kenzo, a quien Lordi padre conoció en Europa.
-¿Cómo es su relación con Kenzo?
-Tenemos amigos en común en París. El ha sido siempre un gran dibujante, un gran colorista. De hecho, he podido visitar el atelier que tenía montado en su casa. Pero siempre pintó en forma privada, sin exhibir su obra.
-Hasta ahora...
-Efectivamente. Buenos Aires será la tercera ciudad donde expondrá sus trabajos. En abril estará entre nosotros.
-¿De qué modo calificaría su obra plástica?
-Creo que la pintura de Kenzo es una continuación de su experiencia en el mundo de la moda. Una prolongación del trabajo que siempre hizo con el diseño. Se podría decir que de los trazos de color sobre papel pasó a la tela y a los acrílicos. A mí lo que más me impacta es el color, los fondos con flores.
-¿Qué queda del minimalismo que siempre se asoció al estilo Kenzo?
-Y sí, es una persona de negro (se ríe). Le gusta vestir con ese color. Aunque en su pintura prevalece el color. Es, además, recurrente con algunos temas. En primer lugar, la moda: mannequins, desfiles.Y muchos motivos sobre la yakuza, la mafia japonesa.
-¿También en las esculturas?
-Son piezas muy novedosas en las que, otra vez, está presente el tema de la moda. Por citar un ejemplo, una mannequin a la antigua, con telas a su alrededor. También son dignas de destacar las obras a partir de telas diseñadas por él mismo. Todo Kenzo está ahí. No hacen falta aclaraciones.
-¿Sabe si se interesó también en el coleccionismo?
-Es coleccionista de arte oriental antiguo. No se aparta nunca de sus orígenes.





