
Aburrirse nunca fue tan valorado
El aburrimiento está de moda. No es más un veneno: ahora es el antídoto. Tan bien llenamos nuestras vidas con diversiones y estímulos de todo tipo que ya no tenemos tiempo para aburrirnos. Esto, que oído por una persona normal podría sonar más como una ventaja que como un problema, está empezando a ser usado por algunos críticos de la tecnología como un argumento en sentido contrario. La falta de aburrimiento, una novedad relativamente reciente en la historia de la humanidad, que se aburrió durante miles de generaciones hasta, aparentemente, la llegada de los celulares inteligentes, está matando nuestra creatividad. Sólo cuando estamos aburridos, dice esta nueva línea de pensamiento, somos verdaderamente creativos. Sólo enfrentados al hastío de la vida moderna podemos reconectarnos con lo más puro de nosotros y exprimir algo de donde antes no había nada.
Yo leo estos argumentos con interés, porque me gusta seguir de cerca estos temas, pero me cuesta identificarme con ellos. En buena parte porque siempre le he tenido pánico al aburrimiento. No puedo comer solo sin una revista a mano (o, ahora, mi teléfono) y no puedo concebir un viaje en subte sin hundirme en un libro y engañar al tiempo para que las estaciones pasen más rápido. Soy malísimo haciendo filas, probablemente porque, como a casi todo el mundo, me aburren mucho y es muy difícil leer cuando uno está haciendo una cola. Quizá, pensé mientras leía los elogios al aburrimiento, necesito aburrirme más, sufrir un poquito, prestar atención al susurro de mi mente y así ascender a un estado espiritual más alto.
Y, sin embargo, hay algo que me resulta intrínsecamente extraño en el proceso de canonización del aburrimiento. Para mí, el aburrimiento fue siempre una incomodidad, una impaciencia por estar haciendo otra cosa. El aburrimiento no era estar haciendo nada: era ver televisión durante horas en el sofá, con el cuello dolorido por la mala posición y la cabeza anestesiada por el zapping. Me parecía improbable que de ese aburrimiento pudiera brotar algo positivo. Pero ahora estos psicólogos y estos críticos de la tecnología me estaban diciendo que no, que el aburrimiento fecundo consiste en la desconexión, el silencio, la lentitud.
Me pareció, como tantas otras veces en este tipo de discusiones, que había un problema con la definición de los términos. Yo recordaba el aburrimiento como un malestar y una insatisfacción de corto plazo, pero también estructurales: cuando está aburrido, uno empieza a preguntarse en qué se está equivocando. Para ellos, en cambio, aburrirse era casi como meditar. ¿Puede ser que habláramos de cosas distintas? Puede ser. Cuando en estos días he vuelto a leer los argumentos de, por ejemplo, Evgeny Morozov, he tenido la sensación de que el aburrimiento no es la conclusión, sino la premisa de su campaña: Morozov y otros creen que hay algo intrínsecamente tóxico y perverso en nuestra relación con la tecnología, y quieren que retomemos nuestra relación con, por decir algo, la naturaleza, el espíritu y las tradiciones. Los argumentos, como su apología del aburrimiento, vienen después.
Pero esa es otra discusión. Meditar no es estar aburrido. Es lo contrario: estar concentrado y conectado. Supongo que estar aburrido es estar disperso, desconectado, desmotivado. Como dice una canción de Harvey Danger que en una época me gustaba mucho: "¡Si estás aburrido, sos aburrido!"ß
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