
Adiós al paraíso
Este es el segundo relato tomado del libro de Jean-Pierre Vernant, que editará próximamente el Fondo de Cultura Económica. La ilustración, como las de toda la serie, es de Carlos Nine
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Así comienza el relato de Homero sobre las aventuras de Ulises: desde hace diez años, el héroe está oculto en la isla de Calipso. Vive con la ninfa, ha llegado al fin de su viaje, de su odisea. Aprovechando que el dios Poseidón, que persigue a Ulises con tanto rencor y odio, está desprevenido, Atenea se decide a intervenir.
Poseidón ha partido al país de los etíopes, para participar del banquete de esos seres siempre jóvenes, de los que se desprende un perfume de violetas. Ni siquiera deben trabajar, porque encuentran alimentos animales y vegetales en un prado, ya cocidos, como en una edad de oro. Viven en los dos extremos del mundo, el Oriente y el Occidente. Poseidón los visita en ambos confines, come y se regocija con ellos.
Atenea aprovecha la ocasión para decirle a su padre Zeus que la situación no puede continuar: todos los héroes griegos que no murieron en tierra troyana o en el mar durante el regreso están en sus hogares, con su esposa. Sólo el piadoso Ulises, que tiene relaciones privilegiadas con ella, está recluido en la isla de Calipso. Ante la insistencia de su hija Atenea y en ausencia de Poseidón, Zeus toma su decisión: Ulises debe volver.
Es fácil decirlo, pero Calipso debe dejarlo partir. Zeus le encomienda la tarea a Hermes, quien acepta de mala gana: jamás ha puesto el pie en la isla de Calipso, que es como una especie de ninguna parte, lejos de los dioses y los hombres. Para llegar es necesario atravesar una enorme extensión de agua salada.
Hermes se calza las sandalias que lo vuelven veloz como el rayo, como el pensamiento. Refunfuña, dice que cumple la misión por obediencia y a pesar suyo, pero desembarca en la isla de Calipso. Maravillado, descubre que ese islote es un pequeño paraíso. Hay jardines, árboles, fuentes, arroyos, flores, grutas bien provistas donde Calipso canta, hila, teje, hace el amor con Ulises. Hermes, deslumbrado, habla con ella. Nunca se han visto, pero se reconocen.
-Y bien, mi querido Hermes, ¿por qué has venido? Este encuentro no es habitual.
-Efectivamente -dice Hermes-; si fuera por mí, no hubiera venido, pero traigo una orden de Zeus. Está resuelto, debes permitir la partida de Ulises. Zeus piensa que no hay razón para que Ulises, entre todos los héroes de Troya, sea el único que no vuelva a su hogar.
-No me vengas con cuentos -responde Calipso-. Sé por qué queréis que libere a Ulises. Los dioses sois unos miserables, peores que los humanos, sois celosos. No soportáis la idea de que una diosa viva con un mortal. Os altera que yo viva desde hace años tranquilamente con este hombre en mi lecho.
Sin embargo, no tiene opción: "Está bien, lo devolveré".
Hermes regresa al Olimpo. A partir de entonces, el relato mismo empieza a oscilar. La travesía alejaba a Ulises del mundo de los hombres, lo conducía al país de los muertos, el de los cimerios, la última frontera del mundo de la luz, el mundo de los vivos. Actualmente se encuentra fuera de todo en esa suerte de paréntesis de divinidad, aislado en medio del mar. Su peregrinar se había congelado en ese dúo de amor solitario con Calipso durante casi diez años.
¿Qué hacía Ulises cuando Hermes conversaba con Calipso en su gruta? Estaba solo sobre un promontorio, frente al mar inconmensurable que se extendía frente a él. Y lloraba. Se deshacía en lágrimas, en el sentido literal de la palabra. ¿Por qué? Porque conservaba en su corazón el recuerdo de su vida pasada, de Itaca y de su esposa Penélope. Calipso no podía desconocer que Ulises pensaba en el regreso, que era el hombre del regreso. Pero tenía la esperanza de hacerle olvidar el regreso, actuar de suerte tal que él no recordara más quién era antes. ¿De qué manera? Ulises había visitado el país de los muertos y escuchado a Aquiles decir que es terrible estar muerto, que esta especie de fantasma sin vida ni conciencia, esta sombra anónima en la que uno se convierte, es el peor devenir que un hombre pueda imaginar. Calipso le ofrecerá, al cabo de ese viaje y de semejantes pruebas, la inmortalidad, la juventud perpetua, libre del temor a la muerte y la vejez.
Al formular esa doble promesa, ella actuaba con conocimiento de causa. En efecto, había una historia que no podía ignorar, que todo el mundo conocía. Aurora, Ea, se había enamorado de un joven muy bello llamado Titón. Lo había secuestrado y había pedido a Zeus que le concediera la inmortalidad porque no podía vivir sin él. Zeus se la había concedido, con una sonrisa irónica. El joven Titón arribó al palacio de Aurora en el Olimpo con el privilegio de no morir jamás, pero al cabo de cierto tiempo se había vuelto un anciano. A los ciento cincuenta y dos años, apergaminado como un insecto, no podía hablar ni moverse, ni comer. Era un espectro viviente.
Lo que ofrece Calipso a Ulises es convertirlo en un dios, un inmortal siempre joven. Para evitar la partida de los marinos de Ulises, Circe los había transformado en animales, por debajo de lo humano. Calipso le ofrece metamorfosearlo no en animal, sino en dios, con el mismo fin, que olvide Itaca y a Penélope. El drama, el nudo, de esta historia es el dilema de Ulises. Ha conocido la muerte, la ha visto en la isla de los cimerios, en la boca del infierno y también en torno de las sirenas, que cantaban su gloria desde la isla rodeada de carroña. Calipso le ofrece la juventud eterna, pero la consumación de esta metamorfosis tiene su precio: permanecer allí, olvidar su patria. Si permanece con Calipso estará oculto, dejará de ser él, Ulises, el héroe del regreso.
Ulises está dispuesto a afrontar todas las pruebas, padecer todos los sufrimientos para realizar su destino: llegar a las fronteras de lo humano y desde allí poder, saber, querer regresar y encontrarse a sí mismo. Debería renunciar a todo ello. No se le ofrece la inmortalidad como Ulises, sino una inmortalidad anónima.
Desde luego, si Ulises permanece con Calipso no habrá Odisea, por lo tanto no habrá Ulises. Este es el dilema: la inmortalidad anónima, sin nombre, lo cual significa que Ulises será semejante a los muertos del Hades, a los que se llama los-sin-nombre porque han perdido su identidad, o la existencia mortal, por cierto, pero en la que se reencontrará a sí mismo, memorable, coronado de gloria. Ulises le dice a Calipso que quiere volver.
Ya no siente deseo ni amor por esa diosa encerrada con la que vive en intimidad desde hace diez años. Si comparte su lecho, es porque ella lo quiere. El no. Su único deseo es recuperar su vida mortal, consumar la vida mortal, incluso morir.
-¿Estás tan apegado a Penélope que la prefieres a mí? ¿Crees que es más bella que yo? -pregunta Calipso.
-Pero no, en absoluto -responde Ulises-. Penélope es Penélope, mi vida, mi esposa, mi patria.
-Está bien, comprendo- dice Calipso.
Entonces cumple la orden y le ayuda a construir una balsa. Juntos talan árboles y los sujetan para construir una balsa sólida con un mástil. Ulises se despide de Calipso y comienza una nueva serie de aventuras.
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