
Algunos relatos del momento en que el secador nació
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Es difícil verlo y no pensar en aquellos inventores que inmortalizó Arlt en sus novelas, habitantes de una Buenos Aires que creía fervorosamente en el progreso y la ciencia. José Fandi nos habla con esa misma devoción de su vida de creador: más de cien inventos patentados, entre los que se encuentran desde un balero didáctico hasta una casa rodante flotante, una morsa plana extensible o una bicicleta sin cadena.
Pero, sin duda, su creación más exitosa es también la más humilde: el secador de piso. Este objeto que, a fuerza de ser usado todos los días, se nos desdibuja entre los ritmos de la vida cotidiana, tiene el raro honor de ser (al menos en su versión actual) un producto de origen argentino.
Todo empezó (nos diría Fandi) con el proverbial deseo de un adolescente de que su madre dejara de importunarlo con quehaceres domésticos. El inventor nos cuenta que, a fines de la década del 50, los secadores se hacían con un listón de madera al que se le insertaba una lengüeta de goma. El mango necesario para maniobrarlo se incrustaba en un orificio en el centro del listón. Y aquí radicaba el problema: diariamente, el joven Fandi debía acudir al llamado de su madre y arreglar el secador, cuyo mango insistía en desajustarse y salirse de la base de madera.
Hasta que un día se hizo la luz. En aquellos años desarrollistas estaban creciendo las pequeñas y medianas empresas que producían objetos de goma. Fandi, que tenía un taller de matrices (hacía moldes con los que luego se podían realizar piezas en serie), tuvo la oportunidad de visitar una de esas pequeñas fábricas. Así, observó cómo se aprovechaba un material que hasta ese momento había sido casi exclusivo de los fabricantes de ruedas para autos. Inmediatamente recordó la delgada lengüeta de goma del secador; pensó en su madre, en el taller de matrices... y asoció ideas. Decidió que si construía una matriz para un secador que estuviera realizado en una sola pieza de goma, sus desdichas acabarían.
Y así ocurrió. Con la ayuda de un amigo que le prestó las máquinas necesarias, fabricó el modelo de secador que había imaginado. Cuando lo probó, verificó que se adhería perfectamente al mango de madera y que resultaba manipulable. Por supuesto, la segunda en realizar el control de calidad fue su madre, que lo aprobó de inmediato.
Tras realizar algunos modelos de prueba, salió a venderlos por el barrio. Cuando los comerciantes le empezaron a pedir más, decidió tramitar la patente. La historia se prolongó casi 25 años, en los que no estuvo exento de pleitos y pujas con licenciatarios de la patente. Hoy, nos cuenta con orgullo, calcula que "se deben vender entre 20 y 25 millones de secadores por año". Pero las inquietudes de José ya están encaminadas hacia otros rumbos. Así, nos muestra el mango de una curiosa pala de una sola pieza, realizada en plástico. "Este es el material del futuro -nos dice-; lo es desde hace 20 años", continúa afirmando, con la voz conmovida por su arltiana pasión.
Agradecimiento: Asociación Argentina de Inventores. Sede: Escuela del Sol, Ciudad de La Paz 394; 4553-6009/6351.






