
Ana María Giesso: medida por medida
Es la bisnieta del fundador de una empresa de ropa que festeja sus primeros 120 años. En esta entrevista cuenta cómo logró insertarse en una estructura masculina y afirma que las mujeres son las más hábiles a la hora de vender indumentaria
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De las cosas que quiso hacer -trabajar en una empresa cuando las mujeres eran educadas para bordar, ganar igual o más que los hombres de su familia- hay una que Ana María Giesso tiene pendiente: bautizar con el nombre de Bonifacio, su bisabuelo genovés y fundador de la primera de las tiendas Giesso en 1884, un perfume.
-Qué nombre divertido. Bonifacio. Pero los de marketing no me dan bolilla.
Hoy la casa Giesso tiene doce sucursales en la Capital y la zona norte del Gran Buenos Aires, y en todas ellas se exponen gabardinas, lanas, sedas y algodones en la forma de trajes impecables, camisas, corbatas, sobretodos, y desde hace cuatro años, una línea de ropa para mujer que se abrió paso en un mundo pensado por y para hombres.
-Mirá si mi bisabuelo se iba a imaginar esto hace ciento veinte años. En Génova hacía gorras y sombreros, y acá puso una tienda en la calle Cuyo 1217, la actual Sarmiento. Sarmiento y Mitre, que compraban ahí, pasaban en la mañana para que les hicieran los moños, que era todo un arte.
Del arte del moño, Bonifacio pasó a la multiplicación de las tiendas: abrió una para cada uno de sus tres hijos, pero el único que continuó con el negocio fue Alfredo José, abuelo de Ana María, con un local en la calle Corrientes y Cerrito, cuando Corrientes atravesaba su etapa angosta. Después, el local se mudó a Corrientes 930. Alfredo José tuvo dos hijos, que quedaron huérfanos de madre muy temprano: Alfredo Fernando, uno de ellos, tenía apenas 7. Años después, cuando murió también su padre, cambió para siempre la vida que le habían prometido.
-Papá tenía 19 años; estaba estudiando abogacía y tuvo que dejar para atender el negocio. Era un empresario nato.
Tan nato, que al poco tiempo, en los años 50, abrió una sucursal en la calle Santa Fe al 1500, otra en la avenida Alvear al 1800, y el crecimiento no se detuvo desde entonces: hoy la empresa tiene 12 locales y emplea a 75 personas.
-A mi padre lo seguí yo. El falleció en 1996, y ahora está mi hijo Mariano, que es desde hace dos años el presidente de la empresa. Es absolutamente familiar, y ya somos cinco las generaciones que trabajamos en la casa.
Espíritu independiente
El mundo era otro, y de eso no hace tanto. En los años 60 y 70 las tiendas para hombres eran atendidas por hombres; las de mujeres, por mujeres. En las familias tradicionales se esperaba que las damas jóvenes no trabajaran ni estudiaran. Eso se pretendía de Ana María Giesso, pero la chica estudió un traductorado y, cuando tuvo edad y ganas, le dijo a su padre que quería empezar a trabajar en la tienda.
-Me hizo hacer de todo. Cajera, empaquetadora. A mí me costó un Perú meterme en el negocio porque, si bien papá era un tipo moderno, le costaba delegar. Cuando yo me metí eran tres locales, y en los tres había vendedores hombres. Ahora hay una cantidad de chicas vendedoras, pero en aquel entonces entraban hombres y si veían a una mujer vendiendo no se dejaban atender.
-¿Tuviste encontronazos con tu papá?
-Sí, muchísimos. El opinaba que yo tenía que ganar menos porque era mujer y mi marido ganaba bien. En la tienda trabajábamos mi hermana, yo y mi hermano Mario Jorge, y él ganaba más. Un día le preguntamos por qué, y papá nos dijo "porque es varón". "¿Y eso qué importa?". "Porque es universitario". "Yo también; yo soy traductora". Y papá me dijo: "Sí, pero él estudió ciencias económicas".
Desembarco femenino
Ana María introdujo en la casa el plantel de mujeres en el equipo de ventas, y en la temporada 1999-2000 su hijo Mariano tuvo una idea: lanzar, en una casa con tradición masculina, donde tradición quiere decir exactamente eso, una línea de ropa para mujeres.
-La idea me gustaba, pero no me daba cuenta de cuál era la línea que teníamos que tener. Ya éramos una marca, y tenía que ser algo que estuviera a la altura. Ahora ya me resulta facilísimo. Es una línea canchera, pero con calidad.
Además de los encontronazos con su padre, el tema femenino le deparó otras sorpresas. Cuando empezaron a comercializar la nueva línea, encontró que la inmensa mayoría de los hombres que trabajaban como vendedores se negaba a vender ropa de mujer.
-Una mujer vende cualquier cosa. Pero los hombres no. Incluso hoy, si llega una compradora, el vendedor la hace esperar hasta que se desocupa alguna vendedora. Le dice: "No, yo cosas de mujer no sé vender". Las aguas de la tradición se abrieron.
Pero, como siempre sucede con las aguas de la tradición, se abrieron moderadamente.
Para saber más
giesso@giesso.com.ar
Señor payaso
Alfredo Giesso, el padre de Ana María, fue un hombre reconocido por su amor a las fiestas y su tendencia a disfrazarse.
-Eramos famosos por las fiestas de carnaval que organizaba papá. Si no iban disfrazados no los dejaba entrar. Yo tenía 13 años y decidió llamar pintores a la casa, pero se le ocurrió que, antes, iba a hacer una fiesta en la que a cada uno de los invitados le iba a dar una carbonilla para que escribieran lo que quisieran en las paredes. Bueno, escribieron toda la casa, que habían decorado como una cantina italiana; colgaron chorizos, salames... El caso es que los pintores al fin tuvieron que picar las paredes para poder pintar porque no había cómo tapar la carbonilla. Y mamá, encantada, lo seguía en todas sus cosas. Después miraba eso y decía: "Qué bestias... lo que hicimos". Pero lo pasaron bomba.
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