
Andrea Politti: pasta de comediante
Es una de las actrices argentinas más interesantes, con un delicado talento para la comedia. Luego de participar durante 4 años en Confesiones de mujeres de treinta, ahora volvió al teatro con otra obra: Acaloradas. En esta charla, se revela como una mujer a quien todo le costó tanto como para gozar hoy de sus logros –profesión, pareja, hijo– por partida doble
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Cuando se lo dijo (estaban en la cocina: él, de espaldas, cortando lechuga; ella, 16, haciendo nada), entendió que él había esperado años para escuchar esa frase. Que esperaba escucharla desde siempre.
–Che, papá, ¿sabés qué? Voy a ser actriz...
El se paralizó. Dejó de cortar verdura, la apuntó con una mirada de amor eterno y lloroso y le dijo bueno, vas a estudiar con tal y después con tal, y después tal otro.
–Entonces le dije: Pará, papá. primero voy a terminar la secundaria, que ya no la soporto, voy a formar mi personalidad, y después veo. Qué madura, ¿no? Qué necesidad de tanta madurez.
Dice ahora Andrea Politti, nariz respingadísima y dientes a toda sonrisa, coraje a prueba de plomo aun ahora, para reírse con una luz en cada ojo, aun cuando sabe que ésa fue una de las últimas veces que vio a su padre, Luis Politti, actor y ya por entonces en exilio forzado en España, gentileza de la dictadura más bruta del momento. El día en que su hija le contó que iba a ser actriz como él era actor, Luis Politti estaba de visita clandestina en Buenos Aires, escondido en casas de amigos, saltando del anonimato al susto y de allí de vuelta a España.
–Se quedó duro. Se emocionó. Creo que de mí no esperaba eso. Y yo dije: Voy a ser actriz, tomá, pa’ que tengas.
Se ríe tanto, con tan inmenso regocijo, que parece que su cuerpo menudo estuviera inflado por una gran carcajada de alivio; una caverna alguna vez oscura, ahora atravesada por la enorme risa que la alienta. Carece de aires de tragedia aun para contar la tragedia. Lo que tiene es esta risa, como un empujón.
–El murió en España, cuan-do yo terminé el secundario. Esa fue la parte difícil de superar. No pude viajar cuando murió, y reconstruir la historia fue muy difícil.
Sólo once años después, cuando Andrea cumplió 27, empezó a seguir las huellas de la vida cotidiana de ese hombre lejano y querido que había sido su padre. El hombre que, además, no vivía en su casa desde que ella tenía 12 años y él y su mamá, María Teresa Rubio, profesora de música, pianista, se habían separado.
–Me acuerdo de haberlos visto una vez, besándose, y yo abajo, mirando. Eran muy diferentes. No sé cómo llegaron a juntarse. Era duro ser hija de padres separados en aquella época. Te miraban distinto. Lo que a mí me pasaba no le pasaba a todo el mundo. Ser hija de padres separados, después lo que me pasó con mi viejo... No podía entrar en ningún molde social, nunca me pasaba lo que le pasaba a todo el mundo. Cuando empecé a reconstruir un poco la historia de mi viejo, tenía 27 años y sentía que esos agujeros que me habían quedado o los llenaba o me chupaban y terminaban conmigo.
Claro que a los 27 era una actriz hecha. Había seguido al pie de la letra la lista de indicaciones de su padre, y la había condimentado con trabajos por necesidad. Vivía sola, tenía que vivir. Eran épocas en las que le faltaban muchas cosas: un padre, dinero, felicidad.
–Pero sabía que primero era actriz, y después, lejos, mujer, madre, etcétera. Tuve miles de trabajos, estaba anotada en una agencia de empleos temporarios. Creo que se quejaban mucho de mí en los empleos porque yo tenía una risa fuerte, rebelaba al personal. Trabajé en Bonafide, en American Express, en Laboratorios Abbot, en Aguas Argentinas, en el banco Credicoop. Me había mudado sola a los 21 años, alquilaba, estudiaba, vivía de sueldos muy magros. El último de estos trabajos que tuve fue uno que me consiguió Arturo Maly, que era amigo de mi viejo, y le pedí que me ayudara. Porque no me conocía nadie, y nadie me daba bola, un poco por la historia de mi viejo también. Arturo me dijo: Mirá, hay un puesto de secretaria. Fui secretaria del Partido Intransigente (PI), en el Congreso de la Nación. Ese fue mi último trabajo fuera de la actuación.
Un día, las puertas del estrellato se entreabrieron ante ella. En un casting al que se presentaron otras 349 actrices, quedó elegida para un papel en una película de Pino Solanas. La olímpica Sur.
–Las puertas de Hollywood se abrían ante mis ojos. Pero después me di cuenta de que yo iba al set, y Pino nunca me llamaba para filmar. Todas las partes mías las habían sacado porque la película era muy larga. Ese fue mi primer encontronazo con la realidad actoral. Hay una escena donde están Fito Páez tocando, Gabriela Toscano mirando, y yo atrás. Como público. Qué horror. Salía llorando. Yo he llorado mucho en la carrera. Un día estaba grabando un papel en La bonita página, para la tele, y tengo el recuerdo de no tener plata. Estábamos en el micro donde nos cambiábamos, y llegó la hora del almuerzo, que cada actor se tenía que pagar. Y yo no tenía. No tenía nada. Estaba con un poco de hambre y me acuerdo de oír a dos actrices hablando de que estaban a dieta para adelgazar. Yo moría por un sánguche de queso, cualquier cosa. Lo recuerdo así. Después sabía que llegaba a casa y cenaba, pero en ese momento no tenía. Luego me organizaba y llevaba algo de casa. Me hice muy ordenada con la plata. Siempre fui muy responsable.
Tan responsable que anhela un baño de desenfreno en el futuro.
–A los 60. A los 60, voy a ser una adolescente alocada. Ahora no puedo. No puedo por el hijo.
Viva la depresión
Desde 1996, sumó talentos con Alejandra Flechner y Virginia Innocenti. Juntas, con la dirección de Lía Jelín, hicieron una de esas obras de teatro que hacen historia: Confesiones de mujeres de treinta, cuatro años y medio en cartel a sala llena.
–Cuando empezamos a ensayar, yo pensaba: Bueno, paso el verano, qué sé yo. Y mirá lo que resultó.
Esta mujer menuda, morocha, de nariz dibujada con pincel fino, demostró un talento poco común para la comedia.
–Al principio, me pasaba que en el medio me veían con cara de Pobre, Andreíta, tu papá murió afuera. Tenía una nube gris que no dejaba que me vieran como profesional. Quizá por eso yo también me dediqué más a la comedia, para limpiar terreno, para decir: Bueno, soy distinta.
Una vez, una sola vez, le pasó esto. Estaba en el escenario, y en la platea creyó ver a su padre.
–Había un tipo parecido y me pareció verlo a él. Cinco lagrimones, las chicas que me miran como diciendo: Andrea, esto es una comedia. Fue una sensación rara. Como que me hubiera gustado que me viera y a la vez... no tengo idea. Qué hubiese pasado. Cómo sería la relación hoy. No lo sé. Sí lo siento presente. Porque yo soy sangre de él, un pedazo de él, pero no puedo especular con cómo hubiera sido. A veces, la imagen de él me da fuerzas para pelear, para no renunciar antes de tiempo.
Durante esos años, sobrevivió como pudo: sí, aquella parodia de las mujeres de treinta era un perfecto contrapunto de su vida.
–Cuando empezó la obra, recién me había separado. En lo profesional, estaba bien, pero no tenía pareja. Salía del teatro, dos funciones, toda una energía, gritos, y llegaba a casa y estaba sola, haciendo zapping. Me estaba pasando todo lo que decía en la obra... pero sin el humor de la obra.
Se ríe, capaz de burlarse de sus miserias, sin un solo respingo.
–Después, me regalaron un gato. Tengo una escena melodramática: llego a casa, abro la puerta, veo a mi gata, Alma, y me emociono de verla ahí. Se ve que la soledad me angustiaba y me emocionó ver a la gata. La agarro, la gata se asusta y me encaja un arañazo en el pecho, tremendo.
Ahora sí, carcajadas enormes recordándose tan patética y sola, y arañazo al pecho y gata mala.
–... y terminé llorando desconsolada.
Cuando no lloraba desconsolada, recalaba en el sillón del analista con todas sus angustias, rebotaba hacia el escenario del teatro donde nada parecía pasarle, y regresaba a la cama y el zapping frenético. Hasta que una amiga interrumpió la rutina. Era noche de invierno.
–Mi amiga se estaba divorciando y tenía esa alegría posdepresión: Vamos, vamos, salgamos, dale. Y yo: No, dejame hacer zapping que hace frío. Fuimos a tomar algo. Apenas entro en el bar, veo a un lindo rubio en la barra. La moza del bar nos dice que el rubio era músico, tocaba el saxo. Y mi amiga me dice: Andá y preguntale, que yo quiero que mi hija tome clases de saxo. Agarré mi cortado, y fui. Yo soy muy tímida, pero se ve que cuando estás deprimida mucho no te importa. Nos pusimos a charlar, así que sos músico, y conocés a tal, y tal, y hablábamos de él. El no me conocía. No sabía que yo era actriz, con lo cual me dio un relax terrible, dije: Ay, qué suerte, una persona. El veía que la gente me miraba, pero no tenía ni idea de por qué. Un tipo vino, me abrazó, me dijo: Grande Politti, te vi, te vi. El no se daba cuenta de nada. Después le dijeron que yo era actriz, y no tenía ni idea tampoco. No le importaba. El tocaba el saxo. Al tipo lo sacabas del jazz y no entendía nada. Después, él se fue a España veinte días, de vacaciones, y yo medio lo esperé, y bueno, estamos juntos desde hace cuatro años. Todo gracias a mi depresión.
Fernando. Así se llama ese hombre con el que no está casada, con quien convive desde la llegada al mundo de un hijo en común. Un hijo bonito de un año y seis meses. Galo, de nombre.
–Vivimos juntos desde el nene, porque los dos éramos muy fóbicos a la convivencia. Yo tenía la fantasía de que no podía tener hijos. La vida me demostró que estaba un poquito equivocada. La primera sensación al saber que estaba embarazada fue de éxtasis. La vena tanguera melancólica, se me volvió carnaval carioca. Me cambió Galo. Tenía una mirada retriste antes. El me terminó de sacar todas las cosas que no había resuelto. Tener un hijo fue como tener... el... la...
Las manos se ahuecan, buscan sin desesperación, sin prisa. Andrea Politti brilla despacio, con los destellos de una piedra suntuosa.
–... el sentido físico de lo que es la vida. Galo nació el día de mi cumpleaños, y sentí que la vida me devolvía lo que me había quitado. Como diciendo: Bueno, flaca, te bancaste hasta acá, ahora tomá, un parto divino, un hijo hermoso, una pareja divina. Ahí tenés.
La olla de la abuela
Cuando terminó Confesiones... esperó, con cierta lógica, tener propuestas laborales interesantes.
–Y nada. Está bien que justo después vino mi embarazo, pero todos pensaban que iba a estar embarazada diez años, y el embarazo son nada más que nueve meses. Me llamó la atención, no digo que me bajoneó porque con un bebe al lado no tenés tiempo para eso, pero dije qué raro.
Este año, de todos modos, además de haber participado en Son amores, por Canal 13, integra el elenco, junto a Marikena Riera, Chunchuna Villafañe y Carmen Barbieri, de la obra estrenada el 3 del actual, Acaloradas, otra visita al mundo femenino, esta vez a través de mujeres de distintas generaciones, y con dirección de Ricardo Talesnik. También participará por primera vez como conductora, en un magazine de las tardes por Telefé, una idea de Andrea Stivel en la que están además Mónica Galán, Mariana Levy, Ernestina Pais y Beatriz Taibo.
–Desde diciembre, siento mucha desprotección, mucho miedo. Pero yo no tengo idealizado el irme, y que me vaya bien afuera. A mi viejo le costó muchísimo. No es bueno sentirse extranjero. En la última carta que me mandó, decía que había hecho una obra que se llamaba Las brujas, cinco mujeres y él. Las críticas hablaban de todas las actrices españolas, y a él ni lo nombraban. Sin haberlo vivido, sé lo que es. Lo que pasa es que también siento que ahora tendría que estar eligiendo mis trabajos por abundancia, pero no hay diez propuestas interesantes.
Pero tiene su mundo privado y perfecto. Fernando y Galo, el rubio saxofonista y el bebe de trompa y dedos suavecitos. De cuando en cuando, y si está de humor, cocina en una olla especial.
–Cuando me siento en determinado estado, cocino en una olla que era de mi abuela Santina. Era mamá de mi papá. Vivía con mi mamá, mi hermano y yo. Mi mamá salía a trabajar, y mi abuela me criaba. Cuando quedé embarazada, estaba muy viejita. Llegó a ver a Galo, le dio la bendición, pero no sé si lo reconoció. Lo gracioso era que veía misa por televisión, porque le costaba ir a la iglesia. Los domingos se paraba y se sentaba, se paraba y se sentaba delante de la tele. Yo pensaba pero qué hace, hasta que me di cuenta de que era por la misa.
Suena el celular. Ya no hay sol, es el primer borde de la noche. Afuera el frío no tiene piedad. En el teléfono, la voz de Fernando, el barullo bebe del bebe Galo. Ella le dice que ya va, mi amor, ya estoy ahí. Después, desenvaina su sonrisa, sus dientes, su puñal de simpatía, cuelga y dice: –Ay, yo me tomaría otro cafecito. ¿Tomamos?
Agradecimientos: asistente de producción: Patricia Ojeda. Maquilló: Cristina Simoes para Regina Kuligovski. Peinó: Fabián para Terapia. Agradecimientos a María Pryor, MNG y María Vázquez






