
La muestra Antropofagia y modernidad recorta alguna de las piezas más importantes de la imponente colección de la familia Fadel.
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Por Cecilia Martínez
“Me interesa lo que no es mío”. Esta reflexión, plasmada en su Manifiesto antropófago de 1928 por el poeta brasileño Oswald de Andrade, es uno de los ejes de una nueva exposición del Malba. La muestra aborda los distintos movimientos ligados a la construcción cultural de Brasil durante la modernidad, momento en que los artistas del país vecino forjaron la creación de una identidad propia en un diálogo con las vanguardias internacionales.
El recorte curatorial, pensado en concordancia con la línea de la colección original del museo, “es una posible narrativa acerca de cómo gran parte del arte brasileño se movió entre lo orgánico de su paisaje y la modernidad internacional y el progreso racional”, explica Victoria Giraudo, curadora de la exposición.
La muestra presenta una selección de más de 150 pinturas, esculturas y otras obras de la colección Fadel –que reúne más de 3.000 piezas desde el barroco colonial hasta hoy–, que permiten apreciar la evolución del arte brasileño en el último siglo.
Bajo el título Antropofagia y modernidad, la exposición se articula de manera cronológica y comienza con las primeras manifestaciones del modernismo originario en Brasil, anterior a los años 30. Continúa con la búsqueda de las raíces autóctonas e inmigratorias, la modernización internacional y la abstracción concreta de los años 50; y, finalmente, con la ruptura de lo moderno, el neoconcretismo, las nuevas figuraciones y los conceptualismos, entre otras experiencias hacia lo contemporáneo.
En un recorrido por la muestra, Giraudo explica que los artistas brasileños “estaban buscando su propia identidad y también estaban atentos a lo que pasaba en el mundo. Buscaban encontrarse a sí mismos, en el Amazonas, en la floresta, en la brasilidad, sin dejar atrás lo que pasaba en Europa y en Estados Unidos”.
Entre las obras claves de la exposición, sobresalen entre las primeras manifestaciones modernistas, anteriores a la Semana de Arte Moderno de San Pablo de 1922 –evento considerado el inicio de la modernidad en Brasil–, el óleo “Maternidade em círculos”, pintado por Belmiro de Almeida en 1908. Durante estas primeras décadas del siglo XX, en que los artistas realizaban viajes de estudios a Europa y comenzaban a valorar sus raíces en el exterior, Anita Malfatti pinta dos retratos, de Oswald y de Mário de Andrade, emblemáticos no solo por la forma y el colorido, sino por quienes son los retratados: los impulsores de la Semana de Arte Moderno.
“Morro da Favela” (1924), de Tarsila do Amaral, es un cuadro crucial en este momento. La autora pinta una favela, con vegetación, aunque en un ambiente seco, con cactus y colores que la artista considera identitarios del Brasil rural. “A ella, que venía de una familia de estancieros del café, le decían que el rosa, el celeste y el verde agua eran kitsch en ese entonces, pero para ella eran los colores de su infancia”.
Tras la crisis del 29, y durante las siguientes dos décadas, los artistas emprenden otras búsquedas y se apartan de las aspiraciones de algunas grandes urbes del Brasil de convertirse en ciudades idílicas. “Cândido Portinari se transforma en una especie de artista oficial, que pintará muros públicos, como ocurre con el muralismo mexicano, fomentado por el Estado”. En 1935, pinta una obra clave: “Futebol”. “Esta pieza –dice Giraudo– tiene mucho de lo metafísico italiano, del Novecento, a la vez que se ve el pueblo en el que se crió, con la tierra colorada”.
Entre los artistas de la ruptura, figuran los creadores de piezas de abstracción geométrica, del concretismo y el neoconcretismo, como Waldemar Cordeiro, Lothar Charoux, Anatol Wladyslaw, Lygia Pape, Hélio Oiticica y Lygia Clark. A estos se suman luego Mira Schendel, Sérgio Camargo, Waltercio Caldas y Wanda Pimentel, entre otros.
Antropofagia y modernidad, en el Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415. Jueves a lunes, de 12 a 20. Miércoles, de 12 a 21. Martes cerrado. Hasta el 26 de febrero.






