
Aran: Las islas celtas
Tres peñones frente a la costa oeste de Irlanda, aislados y custodiados por la furia del océano, donde se conservó intacta la lengua gaélica
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Cuenta William Butler Yeats en un texto, que en 1897, conversando con su amigo y connacional John Millington Synge en París, le aconsejó que dejara de penar por los rincones intelectuales de la Ciudad Luz intentando hacer crítica de literatura francesa, siendo tan irlandés como era, y que levantara al fin el espíritu con un proyecto literario más inspirador y vital; algo capaz de liberar su impulso creativo; una experiencia que cargara de energía y motivo a sus ansias de escribir. El mismo -le dijo eufórico- acababa de volver de un viaje extraordinario por las islas Aran.
Con tanto entusiasmo describió el poeta su paso por ese confín de Irlanda, que allá fue Synge, con pluma y papel.
Durante los siguientes cuatro años -entre 1898 y 1902- el escritor pasó varias semanas cada temporada en esas "tres rocas húmedas en el Atlántico". Tres fortalezas negras sobre el mapa, que defienden la bahía de Galway de la furia del océano. Tres islas de piedra, pequeñas y extrañas, donde quedó varada, como quedan allí las algas que arrastra la marea y no las vuelve a llevar, la lengua gaélica pura.
Cuando en 1911 los sinceros relatos de Synge ya habían hecho de las Aran un mito entre los lectores de lengua inglesa, William Butler Yeats le confesó a Edward O´Brien que en realidad, en 1897 él había estado un día en Aranmor, la mayor de las islas.
Inish, o inis, es el nombre gaélico para isla. Inishere (o inis óirr) es la isla este, que está al Sur. Sobre la del medio no hay dudas, y es eso lo que indica su nombre: Inishmaan (o Inis Meáin). Ambas, de forma casi circular, no llegan a los 3 kilómetros de largo. La isla norte, aunque es tan angosta como las otras dos, se extiende a lo largo de 8 kilómetros, lo que la convierte en la mayor: Inish More (o Inis Mór, o Aranmor, por si faltaran variantes).
A sólo 24 kilómetros de la costa de Connemara, las islas son un desprendimiento del famoso burren (pedregal) del condado de Clare, una enorme extensión de piedra caliza que el sanguinario Oliver Cromwell describió al rey de Inglaterra como un lugar tan inútil que no hay un árbol para colgar a un hombre, agua para ahogarlo ni tierra para enterrarlo. Pero ese desierto tan duro termina en los imponentes acantilados de Moher, que ningún turista deja de visitar.
Y si en el siglo XVII el inconformable sometedor inglés no le encontró uso a ese yermo, en la temprana edad de hierro a las tribus celtas, y en los primeros siglos del cristianismo a los santos y ermitaños, les resultó adecuada la vida sobre las rocas de enfrente, las de las islas, batidas y a la vez protegidas por el mar.
Dún Formna (Fuerte de la colina) en Inis Oir, Dún Chonchúir (Fuerte Conor) en Inis Meáin, Dún Duchathai (Fuerte negro) y el gran Dún Aonghusa (Fuerte de Aoungus, jefe de los Tuatha Dé Danam) en Inis Mór son las ruinas prehistóricas que, con emplazamientos espléndidos, quedan como vestigios de quienes inauguraron ese duro escenario.
Aún hoy, el menor silbido del viento entre las piedras puede convocar a los fantasmas de los druidas, reyes y bardos (ollaws) que habitaron esos centros de celebración, tan imponentes como para sugerir que los pequeños e inhóspitos territorios de las islas han de haber sido más fértiles entonces, aptos para sostener poblaciones con una compleja organización tribal.
En los inicios del siglo XX, sin embargo, las familias de Aran debían fabricar hasta su propia tierra si querían sembrar. Y esto es literal.
Al final del invierno se armaban -y aún se arman- las nuevas parcelas, tarea que consiste en levantar las piedras sueltas en un espacio de quince metros cuadrados. Las piedras levantadas se apilan alrededor formando un muro de más de un metro de altura que termina delimitando la parcela. Con mucho cuidado se guarda en bolsas la tierra que los musgos y líquenes hayan formado entre las rocas y se empareja el terreno de piedra firme. Es el momento de ir al mar. Los hombres y los chicos acarrean arena y algas que se distribuyen en capas, dos veces, en ese orden. La última capa es la valiosa tierra que fue reservada en un principio.
El resultado de esta práctica por siglos es lo que hoy se ve sobre la superficie de las islas: un trazado laberíntico de bajos muros de piedra, que dibujan sobre colinas y pendientes un desordenado panal de pequeñísimos campos, capaces de albergar, cada uno, cuatro cabras, o tres ovejas, o una vaca aburrida. Inis Mór, por ejemplo, tiene 14.000 parcelas que enredan 1800 kilómetros de paredes de piedra.
Hasta 1922, cuando una ley les permitió comprarla, los habitantes de las Aran pagaban renta por esta tierra a sus dueños, en Inglaterra. La llegada de los detestados recaudadores era entonces la parte negra del folklore local. En semejante economía de subsistencia cada elemento se le arrancaba a la naturaleza, o al destino, con esfuerzo de epopeya. En camas logradas doblando sobre sí misma la capa fértil trabajosamente fabricada, sembraban papas; del poco trigo obtenido, usaban la paja para techar las casas (cottages) de gruesas paredes de piedra; con la lana de las ovejas las mujeres tejían toda la ropa familiar; con madera y cueros de animales (o lona embreada) se fabricaban las curraghs (canoas de tres remeros) para la pesca; con el aceite de pescado alimentaban las lámparas; pero para el fuego necesitaban turba, y eso había que comprarlo en Connemara.
Para pagar la turba estaba el dinero obtenido con la venta de pescado, de kelp (concentrado de algas para extraer yodo), o de algunos animales, pero la cocina y los largos inviernos consumían combustible sin cesar. Y si es por madera para quemar, en las islas no hay árboles. A una gran necesidad, entonces, corresponden recursos desesperados.
Un relato escalofriante cuenta cómo los tan temidos naufragios eran, a la vez, acechados con esperanza. Los hookers (barcos pesqueros de un mástil) y los vapores después acarreaban hacia las islas turba, madera y alguna mercadería. Todos conocían bien ese mar, pero las tempestades pueden alcanzar una saña impredecible. Los restos del naufragio de esos barcos, sus mástiles y maderas terminaban arrastrados hasta las costas de las islas; una parte en las playas y otra, la más abundante, dentro de las cuevas de los acantilados, como la del Blind sound (del Sonido ciego), a 90 metros por debajo del gran Dún Aenghusa, donde el poderoso estallido de las olas contra los filos del acantilado crea un eco que quita el aliento.
Thomas O´Flaherty, un isleño, escribió sus recuerdos de un día oscuro, después de un naufragio. Allí dice cómo su padre y otros vecinos corrieron con cuerdas hacia el acantilado y, atados por la cintura, después de persignarse, bajaron a algunos hombres por el precipicio para izar todas las tablas que pudieran antes de la marea alta. Balanceándose en el abismo no eran pocos los que se rompían la cabeza. Pero ese día el único accidente fue, según Thomas, que por error terminaron izando al pobre Bradley Pat atado por los tobillos.
La última e imprescindible maniobra en el rescate de restos era esconderlos rápido, porque los guardacostas vendrían a reclamar el naufragio que, por ley -hasta las astillas- pertenecía a la corona inglesa.
Esos hombres que aprovechaban las maderas de un barco hundido con el entusiasmo de artesanos eran los mismos marinos que con las curraghs cabalgaban las olas del océano como jinetes extraordinarios. Los que sabían olfatear el viento y leer los caprichos de las mareas para salir a pescar, o para atravesar los estrechos entre las islas durante una tempestad en busca del médico y del cura -que había que traerlos juntos, porque cruzar con esas cascarillas llevaba su tiempo y, al regresar el paciente podía no tener remedio-. Marineros que no aprendían a nadar por seguridad (así eran más precavidos y, si las olas los vencían, se hundían rápido, sin pelea). Pescadores para quienes sus mujeres tejían gruesos pulóveres con puntos de diseños personales, para poder reconocer los cadáveres si el mar los tragaba y los devolvía después, desfigurados, a la costa.
Hoy la pesca se hace en pequeñas flotas, con los mismos barquitos de motor que se ven en el puerto de Galway. Las negras curraghs sólo corcovean sobre las temibles crestas de las olas durante las regatas deportivas para agregar emoción a las fiestas patronales. Y los muy famosos tejidos de Aran, con aquellos puntos de diseño familiar que las abuelas enseñaban a las nietas con rimas cantadas junto al fuego, se venden en los negocios del puerto a los cien mil turistas que llegan al año en el verano, la mayoría sólo por un día.
Pero en mayo, cuando el aire empieza a ponerse dulce y la temporada aún no comenzó, si el visitante se queda por más tiempo que Yeats, puede caminar por los senderos y los acantilados en la peculiar soledad de las tres islas donde viven, en total, no más de 400 familias dedicadas a la pesca, al campo, y a las leyendas contadas y cantadas en gaélico; un lenguaje -según Synge- más extraño que el de las gaviotas.
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