
Argumentos a favor de la confianza
Hoy la confianza trabaja de sospechosa. Nadie confía en la confianza, y vemos a diario los efectos de esa circunstancia. "Piensa mal y acertarás" decían las abuelas, mientras que otros proclamaban que "la confianza mata al hombre", demostrando que ya es añejo eso de tomar por debilidad peligrosa al acto de confiar. Hay muchos ejemplos de esta didáctica anticonfianza. Tal es el caso del relato de innumerables estafas sufridas por aquellos que, por haber confiado, quedaron "de garpe" en la vida. De hecho son infinitas las escenas de traiciones de todo tipo, como, por ejemplo, las amorosas. Son profusos los relatos de maridos aparentemente virtuosos en fuga con la secretaria o damas que rompen el corazón de su hombre, pagando con traición lo que ayer fue un juramento de eterno amor. Ante este panorama, el proselitismo del Club de los Desconfiados es descomunal. Ellos, los descreídos crónicos, proponen aprender a desconfiar más y mejor, para evitar toda calamidad relacionada al vínculo con esos "enemigos" que son "los otros".
Espiar novios, sospechar de socios, tomar con pinzas el decir de los hijos, suponer que si algo parece andar bien hay gato encerrado..., los escenarios de la desconfianza son el reverso amargo de la confianza herida. ¿Cuál es entonces el remedio propuesto por este nutrido club de escépticos para sanar la confianza lastimada? Desconfiar muchísimo de todo, para así no sufrir ni penas ni traiciones, parapetados en esa suerte de "preservativo anímico" que es el eterno desconfiar. Digámoslo: en el "barrio" los confiados son tontos y los desconfiados, piolas.
Sin embargo, la propuesta saludable puede ser otra. Se trata de mejorar la perspicacia de la confianza para confiar mejor, antes de cambiarse al club de los desconfiados seriales.
Si la desconfianza fuera realmente tan eficaz, el mundo sería otro. De hecho, mejor calidad de vida tienen los confiados que, a su confianza, le agregan inteligencia, mientras que los desconfiados cierran la persiana a los males del mundo, pero al hacerlo también cierran la posibilidad de que algo bueno les llegue, lo que se nota en su rictus de amargura apenas disimulado. La confianza tiene a la intuición y al sentido común como principales instrumentos, y requiere sacarse las vendas de los ojos para no guiarse por espejismos.
Sepamos que confiar es decir que sí, pero también es decir que no, sin miedo. Confiamos en nuestra propia percepción para considerar de buena forma la calidad del otro. Con buena percepción sabremos mejor discernir si el otro es o no adecuado, y con mala percepción, "borrachos" de idealismos infantiles, zonceras o de ansiedad, veremos lo bueno donde no existe, nos compraremos buzones y lloraremos por la crueldad del mundo.
Antes de desconfiar mejore la calidad de su confianza, esa sería la premisa. Confíe señor lector en lo que aquí se dice. No se arrepentirá. Puede corroborarlo por sí mismo comparando los resultados de una confianza que genera experiencias fecundas, con la amargura de andar por ahí siempre a la defensiva, parapetado, jugando a no perder, pero nunca, pero nunca, ganando de verdad a la hora de vincularse con los otros.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta@MiguelEspeche







