
Arturo Puig: el duro de las buenas maneras
Interpreta a Eddie Carbone en Panorama desde el puente –la obra de Arthur Miller que se presenta en el Teatro San Martín–, pero todavía se lo recuerda por su protagónico en la tira ¡Grande Pa! El cuenta que su vida artística es mucho más que eso y afirma que supo vivir tanto el hambre como la gloria
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Es uno de esos días de luz diáfana y cielo nítido. Un lunes bendecido por el sol todavía veraniego de mediados de marzo. Flota en el aire una energía contagiosa. Eso pienso mientras disco un número de teléfono para hacer lo único que no tengo ganas de hacer: hablar con Arturo Puig.
Me atiende con unos modales que caen como gasolina en la hoguera de mis sospechas. Dice que sí, que esperaba la llamada, que ha reservado la tarde para la entrevista. Cuanto más habla, menos deseos tengo de encontrarme con él. Me da la dirección de su casa, saluda y se despide hasta las cinco.
Al cortar, mis sospechas han adquirido la consistencia de una certeza: Arturo Puig es un hombre amable. Mala suerte, me digo, igual tendré que conocerlo. De camino a la cita, imagino la escena tan temida como inevitable: Arturo Puig recibiéndome con las buenas maneras de un caballero y dialogando en un clima distendido. Y hay algo aún peor: tendré que escucharlo hablar de Eddie Carbone en tercera persona. No quiero nada de todo eso porque Eddie Carbone no es amable y habla de sí como cualquiera, en primera persona. El tiene los modales toscos de un estibador ítalo-americano que habita una barriada pobre cercana al puente de Brooklyn en los años 50. En su casa se siente la tensión de una tragedia que crece, lenta e inexorable como un tumor maligno. Y al que quiero conocer es a Eddie Carbone, no a Arturo Puig.
Ayer nomás, Puig era Eddie Carbone. Lo vi con mis propios ojos: sin necesidad de trucos de vestuario ni artimañas de maquillaje, tenía el cuerpo fortachón y agotado del estibador Eddie; hablaba con su voz; se consumía en el infierno del amor peligrosamente ambiguo que le despierta Cathy, la sobrina de su esposa a la que supo criar como a una hija. De aquella sala colmada del Teatro San Martín, hasta el más escéptico de los espectadores salió convencido de lo mismo que yo: Arturo Puig es Eddie Carbone. Pero los demás tienen una ventaja. Ellos no tendrán que aceptar el lunes por la tarde que Arturo Puig no tiene nada en común con Carbone; que lo de anoche fue una representación, una perfecta mentira urdida por un actor talentoso. Toco el timbre y sale a abrir la puerta Arturo Puig. Ya no podré negarme a la desilusión de la verdad: Eddie Carbone no existe fuera del escenario donde Puig protagoniza Panorama desde el puente, la obra de Arthur Miller dirigida por Luciano Suardi.
Le pido que me muestre las costuras del personaje, que me deje ver los hilvanes del bordado impecable.
-Yo tenía un gran conocimiento de la obra, pero profundicé aún más en ella -dice, y abunda en detalles sobre Miller-. Imaginé que Eddie hablaba con una voz diferente, mucho más grave que la mía, y que tenía otra manera de caminar: él era un estibador que volvía del trabajo muy cansado. Pensé que él era un tipo pesado, imponente. Lo primero que debe hacer un actor es observar con detenimiento. Me dediqué a mirar el modo como caminan otros actores que para mí son pesados: Tommy Lee Jones y Gene Hackman, por ejemplo. Ellos se sientan como diciendo "aquí estoy yo". Pensé que así debía de sentarse Eddie. Claro que a lo mejor a ellos les pasa lo mismo que a mí: no son pesados, lo inventan, lo actúan. Traté también de imaginar las sensaciones y los gestos de un hombre que, como Eddie, se sale de sí, pierde el control. Además, traté de ubicarme en aquella Nueva York dura de los años 50, en el universo de los inmigrantes ilegales que querían ser norteamericanos sólo para poder trabajar. Acudí al recuerdo de la atmósfera de peligro que se vivía en Brooklyn incluso cuando yo trabajé allí, en 1970.
"Caminé muerto de hambre por esta ciudad", dice Eddie. Cuenta Puig que llegada esa frase de la obra a él se le aparecen las imágenes de aquella temporada laboral en Nueva York.
-Cada vez que Eddie dice eso, me veo a mí mismo sin un peso, comiendo un pancho y una gaseosa en Nueva York. Fue después del éxito que tuvo en América latina la tira Nino. Era una coproducción con Perú, protagonizada por Enzo Viena, en la que yo formaba parte del elenco. Nos contrataron para hacer teatro en Nueva York. Aceptamos, aunque nadie sabía bien qué teníamos que hacer. Desconcertados, elegimos una comedia. Al llegar, nos encontramos con un paisaje sorprendente. El empresario, Alvarito Ortiz, era puertorriqueño. Vino a recibirnos con una 45 en la cintura, guardaespaldas, y cadenas de oro colgando del cuello. Nos contó cómo era el espectáculo: "Yo tengo una película buena y al final una mala para que la gente se vaya; en el medio hay un show musical y la actuación de ustedes; tienen cuarenta minutos en escena". El cantante de boleros era Daniel Santos, un hombre de unos 70 años. Su presentación era extraordinaria. Salía al escenario, se sentaba frente a una mesa de fórmica con una botella de ron y un vasito. Tomaba dos o tres copas, la gente aplaudía a rabiar y él empezaba a cantar boleros. Después de él entrábamos nosotros. Teníamos varias funciones al día en todos los barrios bajos de Nueva York. Terminábamos de actuar en Queens, por ejemplo, e inmediatamente nos subían a todos a una camioneta para ir a hacer lo mismo en el Bronx. Yo estaba recién casado con mi primera mujer y guardaba el dinero de los viáticos para enviárselo a Buenos Aires. Pero en un momento el empresario dejó de pagarnos. Quedamos varados en Nueva York y ninguno de nosotros tenía mucha plata. En eso pienso cuando Eddie dice que caminó muerto de hambre por la ciudad.
Arturo Puig se detiene en una observación:
-Es curioso -dice-: no sé por qué Eddie Carbone genera ese deseo de conocer el modo en que trabaja el actor para construirlo. Lo mismo que te pasa a vos les ocurrió a dos de los más grandes maestros de teatro cuando eran todavía muy jóvenes. A fines de los años 50, fueron a ver Panorama desde el puente, protagonizada por Pedro López Lagar. Después de la función lo acribillaron a preguntas. "¿Cómo hace para transformarse en Eddie?", le insistían. Y López Lagar les dio una respuesta que la gente de teatro recuerda hasta hoy: "No hago nada; me pongo la gorra y salgo".
Eliseo Subiela escribió alguna vez sobre la desilusión de encontrarse en la cola del pan con el actor al que uno vio metido en el pellejo de Hamlet. A Puig le toca recorrer el camino inverso: crear la ilusión de que es Eddie Carbone en el mismo público que lo ha tenido en el living de su casa. Protagonista de numerosos éxitos televisivos, alcanzó una popularidad descomunal en los tiempos de ¡Grande Pa! Para ese entonces, ya tenía toda una carrera, pero aquel personaje desplazó de la memoria colectiva cualquier composición anterior. Sabe que el mundo mediático es así.
-Yo empecé en el teatro, pero en la Argentina hay poca memoria para los trabajos de los actores. Siempre recuerdan el último o el más exitoso, y ¡Grande Pa! fue un fenómeno.
No reniega ni se queja. Se limita a conseguir la proeza de que nadie piense en el padre de las chancles durante las dos horas en que él es Eddie Carbone. Sesenta puntos de rating es mucho más de lo que necesita la media de los actores para mudarse al paraíso artificial del estrellato. Puig, sin embargo, se mantuvo en el reino de este mundo.
-Cuando me llegó ¡Grande Pa! ya había tenido la experiencia del éxito con programas tan populares como Carmiña o Pablo en nuestra piel -explica-. Quizá sea por eso que la fuerte repercusión de ¡Grande Pa! me alegró, pero no me cambió la vida. Durante todo ese tiempo yo seguí yendo al cine y saliendo a comer afuera, por ejemplo.
-¿La gente no te impedía disfrutar de la película y de la comida?
-No, para nada. Si vos estás en el momento culminante de ¡Grande Pa!, con los 60 puntos de rating, y cuando vas al cine sacás tu entrada y hacés la cola tranquilo, el público se da cuenta de que fuiste para ver la película. En ese caso, el que se te acerca para pedirte un autógrafo lo hace con un gran respeto. Pero si en la misma circunstancia vas al cine con guardaespaldas y te tapás la cabeza para que no te saquen una foto, provocás una especie de histeria. El público es mucho más inteligente de lo que uno supone. Y lo mismo ocurre con la prensa: cuando voy a cenar y se acerca un periodista para hacerme una nota, lo máximo que le puedo decir es: dejame comer y después la hacemos. Te aseguro que cuando te comportás así, no pasa nada que te impida seguir viviendo como cualquier persona.
Vida y obra
- Comenzó su carrera a los 11 años con un pequeño papel en Panorama desde el puente, protagonizada por Pedro López Lagar, en el teatro Lasalle, propiedad de su padre.
- Estudió en el Instituto Labardén. Tuvo maestros como Agustín Alezzo y Augusto Fernandes.
- Tiene dos hijos de su primer matrimonio, Ximena y Juan.
- Con su actual esposa, Selva Alemán, se casó el 30 de abril de 2001, al cabo de más de veinte años de convivencia.
- Desde 1991 fue, durante cuatro temporadas, el padre de tres adolescentes en el ciclo más visto de la TV argentina: ¡Grande Pa! En 2003, la pantalla chica lo hizo abuelo por primera vez en Dr. Amor.
- Entre sus trabajos televisivos figuran Carmiña, Pablo en nuestra piel, Atreverse, Primicias.
- Su labor teatral incluye, entre otras obras, Sugar, Cristales rotos, Rompiendo códigos y Panorama desde el puente.
Casa Puig
En 1870, el bisabuelo de Puig trajo de Barcelona e instaló en Buenos Aires la primera casa de utilería que hubo en el país. La familia llevó adelante la empresa durante más de cien años. En noviembre de 2002, afectados por la crisis de la utilería clásica, él y su padre, Arturo Francisco, sacaron a remate más de 5000 objetos y pusieron fin a las actividades de la mítica Casa Puig.






