
Aswan: una reina en el Nilo
Una periodista de la Revista pasó un fin de semana con colegas en la ciudad que en el siglo XVIII fue el centro de recreo de la elite europea. Allí, descubrió secretos sobre la historia y la cultura egipcias, curiosidades que se venden en el mercado y exóticos aromas que se mezclan con nombres argentinos. Pasen y vean...
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ASWAN.– El hotel elegido para una selecta horda de cronistas sedientos que habíamos llegado en un chárter de Egypt Air donde las botellas de champagne desaparecían más rápido que las nubes debajo de nosotros fue el famoso Old Cataract. Construido en 1899 sobre la primera catarata del Nilo, en el límite sur del país, era el punto exacto donde los antiguos pensaban que acababa la civilización. Elevado sobre una meseta de granito rosado, ocupa la cantera de donde los faraones sacaban la piedra para sus monumentos, que fue abandonada hace más de cuatro mil años.
"Esa pollera es de la línea económica de Lagerfeld." Sylvie, una editora de moda suiza, me había mirado de arriba abajo, señalando mi falda, en la fila para el baño del avión. En otras culturas, lo normal es saludar con un: "Buen día". Pero, evidentemente, ya en el vuelo, con 200 periodistas, productores y agentes de prensa especializados en indumentaria, era inevitable manejarse con códigos distintos.
El fin de semana en Aswan –la ciudad que desde fines del siglo XVIII fue el centro de recreo invernal de la elite europea, y donde pasaban sus vacaciones desde el Aga Khan hasta Agatha Christie o Winston Churchill– fue invitación de la marca francesa Hermes. Su colección 2005, así como su nuevo perfume Un jardin sur le Nil fueron inspirados en lo refrescante y exótico del lugar, y decidieron llevar a la gente de prensa para demostrarlo.
Thomas Cook, el primer operador de tours organizados del mundo, fue quien construyó el Old Cataract. Sus cruceros y viajes por el Nilo se habían vuelto tan populares para fines del siglo XIX que necesitaba un alojamiento donde los turistas se sintieran "como en casa" (entendiendo esa "casa" como un palacete victoriano de interior morisco, donde se jugase al polo sobre burros en el jardín). Fue tal el éxito, que al año ya no había más plazas disponibles, así que debieron instalarse carpas en el exterior hasta la primera ampliación.
Algunos de sus célebres huéspedes fueron Howard Carter –descubridor de la tumba de Tutankamón–, el primer ministro británico sir Winston Churchill, el zar Nicolás II, la princesa Diana Spencer y el presidente norteamericano Jimmy Carter. El Aga Khan se hizo enterrar enfrente. El presidente francés François Miterrand se escapaba allí del invierno europeo para escribir, lo mismo que Agatha Christie. Fue en una de sus suites (ahora bautizada en su honor) donde se inspiró para el clásico Muerte en el Nilo. Y en la versión llevada al cine en 1979 (con Mia Farrow), el hotel se vuelve un personaje más.
Esta vez, el comedor 1902, considerado una joya de la arquitectura oriental, con su enorme cúpula y una galería para que la orquesta toque sin ser vista, estaba poblado por los periodistas. Una representante de Hermes en Nueva York, que antes había sido consultora de estilo de los Rolling Stones, dijo que Mick Jagger necesitaba "mucha ayuda" para cambiar su "look" descuidado. Y la corresponsal de Newsweek trajo deliciosos cuentos sobre cómo Ivana Trump mandaba, en los 80, a su madre (que vivía detrás de la Cortina de Hierro, en Checoslovaquia) sus vestidos de gala usados una sola vez.
La noche se deslizó ligera como el Nilo. A la mañana siguiente, paseos en falucas. Estos barquitos de una sola vela de algodón blanco iban amenizados con música nubia, bien africana, basada sólo en voz y percusión. Si bien los habitantes de este pueblo siguen viviendo en el límite con Sudán, y son claramente diferenciables de los egipcios de origen árabe por el idioma y el color más oscuro de la piel, su nación desapareció como ente geográfico cuando la represa de Aswan inundó sus aldeas y fueron trasladados.
El destino final, imitando a los turistas victorianos: un picnic en una isla desierta, con alfombras, toldos, y nuevamente mucho champagne transportado especialmente río arriba. Cuentan que, durante la Primera Guerra Mundial, las familias británicas más aristocráticas de El Cairo mandaban a Aswan a sus hijas para mantenerlas alejadas del conflicto político y militar de la capital. Todo se acabó cuando se descubrió que pasaban sus días tomando sol como Dios las trajo al mundo.
El mercado de Aswan es el segundo en importancia del país después del de El Cairo, y prueba viviente de la popularidad de ciertos argentinos. Sólo dos de los cientos de puestitos no tienen nombre en árabe: la frutería Maradona (atendida por Mohammed, su dueño, un nubio de piel muy oscura, delantero del equipo de fútbol local y a quien le dicen Ronaldinho, si bien jura que su ídolo es "el Diego"). Y la joyería…. Che Guevara.
Pero lo más interesante son los puestos de hierbas, especias y raíces. En ellos se puede conseguir menta, curry, canela, azafrán, henna y Viagra. Sí, Viagra, como fue rebautizado por los vendedores el ginseng, debido a sus propiedades para acompañar a la libido masculina. Al mercado fui con la periodista suiza del baño del avión y un editor de modas de un diario mexicano. "Hombre afortunado, tiene dos mujeres", le gritaban por la calle. Yle ofrecían sus raíces de ginseng… al por mayor.
La vuelta al hotel, como ocurre con la entrada a cualquier edificio en Aswan, desde la última masacre de turistas en Egipto en manos de los fundamentalistas islámicos, implicó pasar por los detectores de metales. A lo largo de todo el viaje, éstos jamás dejaron de sonar, pero nunca nadie pidió revisar un bolso. Ineficientes, quizá, pero los guardias de seguridad más encantadores.
El último día fue para el complejo de templos de Philae, construidos en honor a la diosa Isis, en el siglo III a.C. Philae fue el último bastión de la religión egipcia y del uso de jeroglíficos. También es un ejemplo extraordinario de cómo se puede salvar la herencia cultural de la humanidad, amenazada por los cambios en el medio ambiente que trae el progreso. Cuando a fines de los 70 la construcción de la última represa de Aswan los iba a dejar bajo el agua, como a los nubios, los templos se desarmaron en pequeños bloques que fueron transportados a un lugar más alto. Pero, sin duda, lo que más interesó a este grupo de turistas tan particular fue cuando la guía mostró en los bajorrelieves cómo los egipcios habían sido no sólo los auténticos inventores de la minifalda, sino también de las transparencias, tan de moda hoy.
El viaje de vuelta, curiosamente, fue uno de los momentos más interesantes de la travesía. Egipto es el país árabe con mayor tradición en el cine, y su época de oro fue con las extraordinarias comedias musicales de los años 50 (¡con valses y tangos bailados por odaliscas!). Algunas de las más célebres fueron proyectadas, y el pasillo del avión se convirtió en una pista de baile, cuando no había turbulencia. Imposible dejar de cantar los estribillos más deliciosamente simples y pegadizos de los films: "Síganme amigos / tut-tut-tut / estamos en el templo / de Hat-chep-sut".
Fotos: Quentin Bertoux y J. Libedinsky
Para saber más:
www.aswanguide.com






