Berlín, en el centro del mundo

Fuente: Brando
A 22 años de la caída del Muro, la capital alemana atrae artistas de todo el mundo, y en especial argentinos. De las fiestas clandestinas a la Latinale.
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15 de diciembre de 2011  • 18:36

Berlín es una gran ciudad: hay más de 300 teatros, 200 galerías de arte y doble página de programa cultural por día con eventos que llegan de todas partes del mundo. Berlín también es como un pueblo: todos se conocen, todos viven cerca, todos van a los mismos bares. Pasan cosas así: una chica que trabaja de recepcionista en una escuela de idiomas, tiene una entrevista para convertirse en la secretaria personal de Wim Wenders; se hace una retrospectiva del trabajo de Ulrike Ottinger, y al otro día ella misma, que tiene su estudio a la vuelta de tu casa, te hace la visita guiada; de repente, empezás a trabajar con un documentalista, y te lleva de viaje a presentar el proyecto a otra ciudad; uno de tus escritores favoritos hace la presentación de su último libro, y terminás tomando vino con él hasta la madrugada.

Hacia fines de 1989, gran parte de Berlín era escombros, como el Muro que había caído ese mismo año. Una página borroneada sobre la que no quedaba otra que volver a escribir, una ciudad con edificios abandonados que atraían artistas de distintas partes del mundo con el sueño de instalarse en la que sería la futura capital cultural de Europa.

Timo Berger, poeta alemán casi argentino y uno de los organizadores de Latinale, el Festival de Poesía Latinoamericana que se realiza en Berlín hace seis años y que en noviembre recibe al poeta Martín Gambarotta, recuerda: "Cuando sacaron el Muro se abrió una grieta. En los 90, tanto en la parte oriental como en la occidental, había muchos terrenos vacíos y un montón de edificios desocupados. Hubo un auge de centros culturales y clubes clandestinos en el centro mismo de la ciudad. La información se pasaba de boca en boca porque las fiestas se hacían en los sótanos de los edificios abandonados. Nosotros organizamos Fischladen (pescadería), un lugar de encuentro de autores jóvenes en una casa okupa de Friedrichsain". De esas fiestas, ilegales, se salía con gusto a cerveza y polvo en la boca.

El año pasado, el fotógrafo marplatense Juan Margolles se embarcó en Tierra de nadie, un proyecto documental sobre la actualidad de los espacios por donde antes pasaba el Muro. Algunos de ellos siguen siendo baldíos, con vegetación; los edificios de los alrededores parecen recortados, como si conservaran las marcas de la ciudad dividida; otros son terrenos paradisíacos para la especulación inmobiliaria. "Estos espacios siguen teniendo hasta el día de hoy una carga emocional muy fuerte. La ciudad entera es un escenario brutal, parece que estás por encima de la historia", dice Margolles.

Si bien las casas okupa de ayer, recubiertas con el moho de la Guerra, hoy están pintadas de color caramelo, y los antiguos clubes clandestinos aparecen en todas las guías de turismo tras el fenómeno de los vuelos low cost, para Silvia Fehrmann, representante de la Haus der Kulturen der Welt –la Casa de las Culturas del Mundo, una de las fundaciones culturales más pujantes de la ciudad–, Berlín sigue siendo uno de los centros más vitales y productivos del mundo: "El factor más importante es que los valores inmobiliarios siguen siendo bajos en relación con las otras capitales europeas –se puede conseguir un cuarto por 250 euros mensuales– y todavía hay muchos metros disponibles. Por otro lado, aquí hubo una mezcla entre gestión e iniciativas culturales. Desde hace algunos años hay una serie de programas de apoyo a la producción cultural de Berlín".

La actriz, bailarina y DJ argentina Tatiana Saphir vive en Berlín desde hace cuatro años: "La industria cultural y de turismo sostiene la ciudad. Siempre tuve trabajo, pese a que hay una alta tasa de desocupación. Salvo el transporte –el pasaje promedio cuesta 2,30 euros–, los alquileres y la comida son bastante baratos". Tatiana llegó a Berlín por una audición que se hizo en el Centro Cultural Rojas. "Suena raro, pero es así. La compañía alemana Lubricat había llegado a Buenos Aires a hacer una obra y necesitaba dos actores locales. Quedé. Después hicimos la obra acá y nos enganchamos. En el medio conocí a Constanza Macras –una coreógrafa argentina radicada en Berlín y fundadora de Dorky Park– y surgió una obra con ella. No recuerdo haber dicho me quedo a vivir acá, pero se me empezaron a enganchar los proyectos y acá estoy. Todos los años renuevo el contrato."

Según Fehrmann, de la Casa de las Culturas, el puente cultural entre Buenos Aires y Berlín existe hace más de 15 años, a partir de la gestión entre el Instituto Goethe y el Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires, cuya unión propició que los artistas también desarrollaran proyectos independientes de las instituciones. Saphir encuentra un código en común entre ambas ciudades: "Si bien en Berlín no existe que una obra en cartel permanezca dos años seguidos, sino que hacés ocho funciones y después te vas de gira, la forma de hacer teatro está basada en la improvisación colectiva y eso me gusta mucho".

En el ámbito de la literatura, los escritores argentinos también son muy bien recibidos. De hecho, el año pasado Argentina fue invitada de honor en la Feria de Frankfurt, y este octubre la visitaron Hebe Uhart, Martín Kohan y Juan Diego Incardona, entre otros autores. El Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD) ofrece becas a artistas de todo el mundo para vivir un año en Berlín. Esas becas incluyen departamento en Charlottenburg, el barrio coqueto de la ciudad, y un salario mensual. En 2009, se la ganó el escritor Pablo Ramos, y para el año que viene ya está programada la estadía de Samanta Schweblin. Para los escritores argentinos también hubo premios en euros: Fabián Casas ganó el premio Anna Seghers en 2007 y Félix Bruzzone en 2010.

Por otro lado, muchos de los músicos que van a tocar a España pasan luego por Berlín. Gabo Ferro llegó el año pasado después de una gira por la península ibérica para sacarse fotos en los techos de los edificios de Berlín y terminar de definir el arte de tapa del disco El hambre y las ganas de comer que, precisamente, hizo junto con Pablo Ramos. Pablo Dacal estuvo tres veces acá. Escribe desde Buenos Aires: "Pensé seriamente en vivir allí un tiempo, alucinado por ese aire despejado, la movida underground nocturna, la fiesta que estalla en sitios que abren y cierran a los pocos meses, la verdadera vanguardia de la música electrónica abriendo los oídos, los restos de la guerra y el espíritu candente de una ciudad que ya no quiere violencia en los cuerpos". Tocó en la milonga Haus der Sinne, grabó un especial para la Deutsche Welle y el año pasado cerró la Latinale. Para Margolles, el fotógrafo marplatense, por más que Berlín sea la capital cultural de Europa, sigue siendo underground: "Lo que más me llama la atención es que hay mucha gente joven haciendo cosas nuevas. Es como un laboratorio".

Para el músico Ulises Conti, Berlín es su base de operaciones en Europa: "Berlín no es Europa, no es Alemania, es una utopía, una isla, un territorio fuera de lugar, un espacio habitado por los fantasmas del comunismo, una ciudad que a diferencia de las más grandes capitales culturales del mundo, hoy vive su mejor momento. Berlín está sucediendo ahora. Allí me esperan mis amigos, una bicicleta, mi bar favorito, el futuro". En su diario de viaje En Auckland ya es mañana (Mansalva) se pueden leer textos que escribió durante su estadía.

Pero atención, artistas, no empaquen aún sus valijas. Advierte Fehrmann: "Salvo la existencia de compañías y ámbitos donde uno puede insertarse, no hay un apoyo sistemático a artistas extranjeros. Acá lográs trabajar si estás consagrado, si tenés una historia en tu propio país; no es que Berlín esté buscando gente". Ya lo saben, para conquistar el mundo, hay que empezar por casa.

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