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“Es un soberbio”; “Es una arrogante”; “¡Qué engreído!”. Las anteriores son todas frases que aplican a una persona que consideramos orgullosa. Pero ¿qué es el orgullo? Es exceso de confianza en uno mismo. Alguien orgulloso confía demasiado en lo que dice, en lo que hace, en lo que decide. Cree que todo eso, incluso él mismo, es superior.
Lo cierto es que todos, alguna vez, nos hemos sentido orgullosos por alguna acción extraordinaria realizada. Eso significa que sentimos satisfacción, lo cual no es malo. Tener una buena autoestima es saludable. El problema surge cuando llegamos a pensar que una determinada capacidad nos da luz verde para descalificar a los demás.
¿Alguna vez discutiste con un familiar, un amigo o un conocido y dejaste de dirigirle la palabra por un tiempo? Probablemente pensaste: “Yo no lo voy a contactar, que me contacte él o ella. ¡Yo tengo razón!”. Todos hemos vivido una situación así; y detrás de esta sin duda se esconde el sentimiento de orgullo del que nadie está libre.
Ahora bien, ¿por qué el exceso de confianza suele jugarnos en contra? Porque no nos deja margen para mejorar. El orgulloso opina: “Esto lo hice más que bien”, y por eso no se toma el tiempo de considerar cómo podría hacerlo mejor. Desde luego, no me refiero a la autoexigencia, que tanto daño hace, sino a la necesidad de darle lugar a la duda para analizar aquello que hacemos.
“Si yo no estuviera en esta casa, todo se vendría abajo”; “Si yo no fuera parte de esta empresa, no sé qué harían”… Quien piensa así se cree imprescindible en el ámbito en el que se mueve. Es por ello que jamás se detiene a considerar cómo podría mejorar su vida. ¿El resultado? Pierde las mejores oportunidades que la vida siempre tiene para ofrecernos, y que solo se aprovechan cuando reconocemos que puede haber alguien capaz de hacer las cosas mejor que nosotros y llevarse el premio.
Es la persona que nunca está dispuesta a recibir una sugerencia, un consejo, una idea novedosa. Tal vez en algún momento alcanzó un logro importante, pero se quedó anclada en este y se niega a abrirse a lo nuevo por creer demasiado en sus capacidades y menosprecia las de los demás. ¿Cómo suele responder cuando alguien le dice: “Me parece que te convendría hacerlo así”? Con una negativa: “No, así está perfecto”. Esa actitud la mantiene estancada en la mediocridad.
“Yo lo veo de esta manera”; “Para mí es así, y se acabó”; “Yo tengo razón”… son expresiones típicas de una persona que tiene orgullo mental. Es decir, alguien que cree que sus ideas son las únicas valiosas. Ni siquiera frente a las dificultades puede tomarse un tiempo para reevaluar su forma de pensar, porque, para ella, lo que piensa es “la verdad”.
Confiar en uno mismo es muy bueno, pero también deberíamos perseguir la mejora continua. Para ello, tenemos que admitir con humildad nuestras falencias, cuestionarnos, superarnos y aceptar que la perfección no existe y que todos somos seres “fallados de fábrica”, como me gusta decir, aunque con un potencial maravilloso que todos podemos descubrir y desplegar a cada momento.




