
Bucay La felicidad en tiempos de crisis
Psiquiatra y psicoterapeuta, lleva nueve libros publicados, y el último, El camino de la felicidad, ya es un éxito de ventas. Su estilo es polémico, pero su fórmula terapéutica a muchos les resulta bien
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Cuarto J. De un departamento en la calle Tucumán. Ya es de noche, hace frío y no hay nadie por las calles del Once. La voz brota desde el portero eléctrico, sin protocolos: “Estoy terminando de atender a una pareja y mi secretaria acaba de irse. Te tiro las llaves por el balcón así no tengo que bajar a abrir”.
El pedacito de metal rebota en lo duro del silencio. Y al quedar allí, tendido solo entre las baldosas heladas, reluce más por ser símbolo que por ser llave. Aunque nunca podría ser lo que uno sueña. “Esa llave tiene que encontrarla uno mismo; nadie, por más que duela, puede hacerte feliz”, dice Jorge Bucay, en un tono firme, pero sereno.
Todo de negro, Bucay dialoga plácidamente instalado en el sillón de su consultorio. “Soy de los que creen en esa idea de la vida como una partida de naipes, en la cual cada uno liga sus cartas, y en donde cada uno tiene que aprender a jugar con lo que le tocó. Yo no tengo dudas de que, con lo que me tocó, hice lo mejor que pude para mí y para los demás”, afirma este médico psiquiatra y psicoterapeuta gestáltico, de 52 años, casado y con dos hijos.
Al hablar, no da señal de apuro. “Para qué correr, si adelante también llueve”, se lee en alguna de las páginas de sus libros, que no conocen límites a la hora de las ventas.
En las últimas 120 semanas, al menos uno de los nueve libros de Bucay ha figurado en la lista de best sellers del país; los cuatro de la colección Hoja de ruta ya estuvieron primeros alguna vez y, el último de ellos, El camino de la felicidad, ni bien salió a la venta en mayo último, pasó a ocupar el primer puesto.
“Sé que no soy un médico convencional, pero lo que hago, y aunque a muchos de mis colegas no les guste, es una manera específica de trabajar, centrado en los sanos y no en los enfermos, y defendiendo el valor de tres pilares básicos de la salud mental: el encuentro, el compromiso y el desapego. Y lo hago a mi manera, que además del consultorio tradicional comprende todas aquellas actividades en las cuales, lícita y honestamente, se pueda hacer algo por los demás: llámese libros, conferencias, talleres, docencia o televisión”, dice Bucay, que también publica en España, México, Chile y Costa Rica.
Con respecto a su participación en el programa televisivo El Buscador, comenta: “Al finalizar los tres meses que me habían ofrecido para este año, surgió la posibilidad de continuar; pero sentí que era un ciclo que ya estaba terminado. Eso sí, me queda una experiencia maravillosa con la gente”.
Entre sus muchas actividades, le dedica un día por semana a su desempeño como psicoterapeuta de adultos, parejas y grupos.
–¿Por qué se venden tanto sus libros?
–La verdad es que no lo sé.
–¿A quién le habla cuando escribe?
–Depende. Muchas veces a mí. Otras a mi esposa, o a mis hijos, amigos, padres. Incluso a algún paciente en el que me puedo haber quedado pensando. Lo cierto es que escribo sólo cuando tengo una idea concreta, algo que ya he elaborado y reflexionado. Si no, ni me siento. Y, en este sentido, admiro a los escritores que se enfrentan diariamente con la página en blanco.
–¿Qué le pasa a esa gente que lo consulta, le envía e-mails...?
–Básicamente, algo que se conoce como egodistonía; es decir, la falta de sintonía entre lo que uno es, piensa, quiere y la realidad en la que vive.
–¿Esa falta de armonía se acentuó más en estos días, o ya la observaba desde antes?
–No, estamos hablando de algo típico de la sociedad contemporánea en todo el mundo. No obstante, el fuerte malestar social en la Argentina ha generado una mayor falta de sintonía de la gente con ella misma, con su camino y con el otro. Basta con abrir los ojos y mirar alrededor. Claro que nadie llega gritando: "Doctor, tengo egodistonía". Los que consultan hablan del miedo, de la fobia o de la paranoia que sienten. Otros están inmensamente angustiados o deprimidos. Y no son pocos los que sufren de dolores corporales crónicos y a los que, después de varios estudios clínicos, no se les encuentra nada.
–Carl Rogers, a quien usted cita en varios libros, sostiene: “Cuando percibo tu aceptación total, entonces y sólo entonces puedo mostrarte mi yo más amoroso, mi yo más creativo, mi yo más vulnerable”. ¿Se hace más difícil, en medio de tanto miedo, violencia e inseguridad, animarse a ser uno mismo y mostrarse tal cual se es?
–Sí. Pero no tenemos que permitir que la realidad nos distraiga. No me acuerdo quién decía: "Si la realidad no coincide con mi mirada, peor para ella". Por eso, la construcción interna de quién soy es siempre fundamental más allá de la realidad. Y creo que la construcción de la sociedad se hace a partir del individuo, y no al revés.
–¿Está diciendo que no sería justo, o válido, culpar a la realidad por esta crisis en el conocimiento de uno mismo?
–Relativamente. Porque si bien la realidad influye sobre nosotros y puede alterarnos de múltiples maneras, lo que en verdad produce la egodistonía no es la realidad, sino la reacción de cada uno de nosotros frente a ella. ¿Y qué puede hacer un psicoterapeuta en estos casos? Evidentemente, no puede cambiar la realidad, pero sí ayudar a sus pacientes, acompañándolos en las etapas críticas para que puedan aceptarse y ser quienes son.
–Visto desde otro ángulo: ¿y si la realidad fuese mejor? ¿Qué excusas tendríamos para estar disconformes?
–No sé, pero mientras el mundo gire creyendo que siempre hay un culpable... Y ésa es una idea errónea, porque la verdad es que no siempre hay un culpable. Yo no creo que la culpa sirva de mucho. Es más, la considero parte de las malas compañías.
–¿Y cuál es el símbolo de salud por excelencia?
–El amor, que es la contracara de la desconfianza y el miedo. En otras palabras, sin el encuentro con uno mismo y con el otro, la salud es imposible. Y no hay encuentro sin amor. En este sentido, la ciencia aporta cada vez más datos sobre lo necesario que es el vínculo afectivo con los demás.
–Sin embargo, el mundo tiende al aislamiento. ¿Por qué?
–Porque en los encuentros, donde se evoca una cuota de ternura, de compasión, de mutua influencia y de responsabilidad y compromiso, también surge la posibilidad de enfrentarse con los más temidos de todos los fantasmas: el rechazo y el abandono.
–Y cuando a usted lo rechazan tildándolo de chanta, ¿cómo reacciona?
–Cada vez me llega menos. De todas formas, tengo en cuenta que esa palabra, chanta, que es tan certera y ambigua, se la usa para todo. En mi caso, sé que hay muchas cosas que se dicen que son dolorosas por lo falsas, así como también hay otras que son dolorosas por lo ciertas.
–¿Por ejemplo?
–Cuando dicen que soy un médico trucho. Eso es hiriente por falso. Yo tengo un diploma de médico que lo he ganado en muy buena ley. También me han llamado imbécil. Lo que tampoco es verdad, ya que la imbecilidad es una patología mental muy grave. Y con respecto a la acusación que me hacen muchos colegas de que soy un tipo superficial y que simplifica demasiado, esto también duele, pero es cierto.
–¿Se considera superficial?
–No superficial, pero sí sé que simplifico demasiado. ¡Ah!, también me critican porque hablo de cosas obvias, que también es verdad. Ahora, acá estoy yo, superficial, simplificando y diciendo cosas obvias, y pregunto: ¿por qué no escriben sus ideas todos los que me critican por ser como soy? La verdad es que me encantaría leerlos. Me daría placer, realmente.
–¿Cómo relacionaría el concepto del desapego, tan difundido en la India y simbolizado en las manos abiertas de sus deidades, con el sentimiento de miedo, angustia y desconexión que vivimos?
–En el mundo occidental, las pérdidas, que básicamente implican crisis y cambios, suelen asociarse con algo negativo. Injustamente, porque la verdadera felicidad exige avanzar, es decir, dejar atrás lo que ya no es, y enfrentarse con algo nuevo, desconocido. Y eso ya no es tan sencillo. Tanto las enseñanzas de Buda, del taoísmo, de la filosofía zen o del hinduismo en su forma más pura afirman que, en última instancia, la raíz del sufrimiento humano está en el apego a las cosas. Como dice un proverbio sufí: "Lo único que de verdad tienes es aquello que no podrías perder en un naufragio".
–En sus libros, usted repite: “Todos deseamos ser felices”. Ahora, teniendo en cuenta que en Oriente el deseo también es una de las principales raíces del sufrimiento, uno podría pensar que en ese mismo deseo de ser feliz ya se está limitando la capacidad de serlo verdaderamente.
–Todo eso que parece un juego de palabras está muy lejos de serlo. Y es cierto, la felicidad presupone el no deseo. Pero tomemos aquí al deseo desde otro lugar. En este caso, creo que ser felices debería ser nuestro único deseo; y admito que la palabra debería no me gusta nada. Pero es así: la felicidad es nuestro mayor compromiso con la vida, con nosotros mismos y con los demás.
–¿Es eso lo que quiere transmitir en El camino a la felicidad, al citar del Talmud: "Si yo no pienso en mí, quién lo hará. Si pienso sólo en mí, quién soy. Si no es ahora, cuándo"?
–Así es. Pero insisto, si bien el compromiso con los demás es fundamental, el compromiso empieza por uno mismo. Un dato interesante es que esas palabras del Talmud fueron escritas hace miles de años.
–Mario Vargas Llosa, en una entrevista con LA NACION, dijo: “Yo no sé quién soy porque no puedo verme a través de los ojos de los demás”. ¿Qué puede decir al respecto?
–Si bien hay algo de cierto en esa afirmación es incompleta. Uno puede ver su propio cuerpo, sus manos, sus pies... pero no lo que más lo define: su rostro. Entonces, es cierto que también necesita de espejos para definirse. Pero sólo una vez que ya sabe quién es. Finalmente, sí sé quién soy, completado y ratificado con la imagen que los demás tienen de mí. De lo contrario, ocurre lo mismo que en aquella historia en la cual dos adivinos se encuentran, y uno dice: "¡Hola!, ¿qué tal?" Y el otro responde: "Usted bien, ¿y yo cómo estoy?"
–Y usted, ¿cómo está? ¿Feliz?
–Sí, pero eso no quiere decir que esté siempre alegre.
–¿Es posible la felicidad sin una actitud de servicio desinteresado hacia los demás?
–No estoy seguro. En mi caso, todo servicio que hago hacia los demás para nada es desinteresado; básicamente, porque me place hacerlo. Me da placer complacer. No soy un solidario de ida, soy un egoísta de vuelta.
–Por último, la risa: ¿qué le trae a la mente, o al corazón?
–Pienso en las endorfinas, unas sustancias con poderes maravillosos que segrega el cerebro al realizar actividad física de manera no competitiva, al hacer el amor y al reírnos. Cada vez que me preguntan sobre la risa, siempre respondo que no debe haber nada mejor en el mundo que hacer el amor, caminando por una cancha de golf y muriéndose de risa.
Un cuento para los argentinos en apuros
Por Jorge Bucay
Había una vez un rico empresario que cada año enviaba un cheque de contribución a la iglesia de su pueblo. Un día, imprevistamente, el empresario en persona va a verlo al párroco: –Hijo mío, qué gusto me da verte, hace tiempo que no venías –le dice el cura.
–La verdad es que no me traen buenas noticias. Vengo porque este último tiempo me ha ido muy mal, especialmente en los negocios, y quise traerle yo mismo el cheque de este año, que como verá es por mucho menos que en los años anteriores –dice el hombre.
El cura trata de tranquilizarlo: –Calma hijo, Dios te ayudará.
–No lo creo padre, ya no hay forma de salvar mis negocios.
El cura, que comprende la situación del empresario, le ofrece devolverle su contribución.
–Gracias padre, pero eso no cambiaría las cosas; sólo le pido que comprenda que no podré seguir colaborando con la parroquia.
–No te preocupes, nos arreglaremos –le dice el cura–. Pero déjame contarte, antes de irte, algo que puedes tomar como consejo. Cuando nuestros ancestros se encontraban perdidos en medio de una crisis, solían tomar el libro de los Santos Evangelios con el lomo hacia arriba, lo alzaban por encima de la mesa y lo dejaban caer para que se abriera al azar. Entonces, con los ojos cerrados, ponían un dedo en el texto y leían el párrafo señalado. En esa frase del libro sagrado, solían encontrar la respuesta a su problema. Ellos decían que sus manos eran guiadas por el mismo Dios, porque para El siempre hay una salida.
El hombre escuchó la historia con recelo, agradeció y se marchó con una tibia sonrisa. Seis meses pasaron desde entonces. Una mañana, una limosina se estaciona frente a la iglesia. El mismo hombre, bien vestido, con otra templanza y una gran sonrisa, baja del automóvil.
–He venido a las apuradas a traerle la parte del dinero que no pude darle el año pasado, y más –dice.
–Muchas gracias –contesta el párroco–, me alegra que te acuerdes de nosotros también en la alegría.
–Cómo no acordarme, padre. Este cambio no hubiera sucedido si usted no me hubiera contado la historia del libro de los Evangelios.
Después de escucharla, le confieso que no le di mucho crédito. Pero en casa me encontré tan desesperado que tomé los Evangelios y me animé a seguir su consejo. Al leer lo que mi dedo señalaba entendí mis errores y pude empezar a salir del lugar en el que estaba. Gracias, padre. Nos volveremos a ver el año próximo –y dicho esto empezó a marcharse...
–Un momento, hijo. Quisiera saber qué decía la página que señaló tu dedo.
–Ah, claro, decía: Capítulo 18.
–Perdona mi mala memoria, pero, ¿y qué decía el Capítulo 18? –¡Ah!, no lo sé padre, nunca lo leí –responde el hombre.
–Entonces, ¿cómo te ayudó?
–Me di cuenta inmediatamente de que, más allá de lo que dijera el Capítulo 18, el capítulo anterior, el 17, ya había terminado –dijo seguro, y se fue.






