
"BUENOS AIRES FUE UNA LICUADORA"
La historia de Vanessa Miller parece arrancada de un guión de película. Importada de Chile hace casi 12 años, la actriz alcanzó un objetivo difícil para muchas mujeres: hacer reír a la teleaudiencia. Y eso que nadie conoce sus comedias cotidianas
1 minuto de lectura'
Yo estaba enferma, pero enferma de estúpida." Vanessa podría ser una chica Almodóvar. Tiene el gen de esas mujeres capaces de ganarse el caos en un segundo; la clase de vida que podría dar de comer a los cineastas.
-Cuando estás en tu país, ves a la gente y sabés más o menos qué tipo de persona es. Pero yo, de Buenos Aires, nada. El que me parecía que era un ángel, era un diablo.
Se horroriza, mientras entierra una bombilla en la yerba. Los bucles cobrizos tienen el vértigo del pelo recién amanecido, y la casa es un derrumbe de ventanas y luz temprana. Huele a sándalo y tostadas. Quemadas. Y Vanessa ceba un mate prolijamente tallado: "Se desplomarán estas montañas -se lee- antes que chilenos y argentinos rompan la paz jurada al pie de este Cristo redentor".
La primera vez que cruzó los Andes fue en 1984. Pinochet había cerrado las escuelas de teatro -entre otras- y Vanessa decidió buscar su formación en otra parte. A los 18 años, tan espabilada como Campanita, subió al avión. -Yo era superingenua. Imagínate: era virgen, y encima me vine a estudiar afuera y vivir sola. Para mí, Buenos Aires fue una licuadora. Me pasaban todas. Tenía una casa que me habían prestado mis viejos, y conocía a alguien en la calle que me decía que no tenía dónde dormir, y yo lo invitaba. Una vez conocí a un chico estudiante que me dio pena, y le di una llave del departamento. Vanessa Miller, igual: ingenuidad. Y por supuesto, me las hizo todas. Y cuando empecé a entender, una vez llegué y estaban veinte amigos... sola frente al mundo. Y andá a echarlos de tu casa.
-¿Cómo te deshiciste de él?
-Gracias a su novia. Pude establecer cierto contacto de solidaridad con la novia y explicarle que para mí la situación era gravísima. Que por favor me tenía que ayudar.
Buenos Aires era oscura como un callejón del Bronx, y Vanessa pensaba que el mundo era maravilloso. Que la gente era un criadero de buenas intenciones, que las almas nobles eran más fuertes que la hierba mala.
-Y sigo estando convencida, créeme, de que la gente buena triunfa. Mira lo que era Olmedo, o Tato: corazones andando, seres despiertos, llenos de amor y de luz. Aunque parezca un pastor protestante, me da lo mismo.
La piel naïf se le fue cayendo de a poco. Mentes filosas le mostraron a Vanessa que no hay que beber de todos los vasos, porque el vino puede estar picado.
-Otra vez me llamaron para un casting. El tipo me dice: este es el protagónico de una película. ¿Tenés problemas de hacer escenas de sexo? Y yo era tan ingenua que creía que la película era de verdad, que era el protagónico de mi vida. Bueno, si el guión es bueno..., le digo. Entonces el tipo saca un vaso, saca la botella de whisky, y me dice: vamos a hacer una prueba. Te ponés ahí en el sillón y hacé como que estás haciendo el amor. En la lista había chicas que habían estudiado con mi mismo profesor de teatro, y yo estaba convencida de que era algo serio. No puedo explicarte lo mal que me iba.
El final de la historia muestra a Vanessa, aliada con otra víctima (hija de un personaje muy conocido) y llevando una docena de facturas a la oficina del cazador de talentos. Entre mate y mate, se lo dijeron: si no borraba las malditas cintas, un personaje conocido tomaría siniestras medidas al respecto. Con este práctico, Vanessa aprobó Ingenuidad I. Mientras tanto, estudiaba teatro con Agustín Alezzo y trabajaba en negocios como Pumper Nic y locales de ropa. Meses después, volvió a Chile para trabajar en televisión, y usó ese dinero para el operativo retorno. En la Argentina, Alezzo la contrató para una obra de teatro. Desde entonces, trabajo no le faltó. Formó un dúo cómico con Rosa Martín llamado Las Ricuritas -paralelo a Las Barbis, Las Hermanas Nervio y Gambas Al Ajillo- y fue allí donde la vio uno de los directores del programa de Marcelo Tinelli.
Vanessa, entonces, se animó a pellizcar la ingenuidad ajena. A formar parte de bromas y cámaras callejeras, y sumergirse en el nuevo mundo de las dobles intenciones. "Hasta que comencé a sentirme estancada. Además, empezó a primar otro tipo de trabajo. Siempre que hice una cámara sorpresa logré que la gente se riera de Pachu, mi compañero, y de mí. Nosotros éramos los mamarrachos. Pero eso se fue diluyendo y la idea parecía ser la de ridiculizar a la gente. Y, por otro lado, yo estaba volviendo a ser ostra: me estaba replegando y cuestionando y viendo que estaba cobrando un muy buen sueldo, pero nada más. Y cuando uno se entrega a la fama y al dinero deja de ser artista. Muere en vida."
La decisión se tomó estilo Vanessa: con el drama visceral de la tragedia y las gotas de una comedia surrealista. Tarde en el microcentro, un notero entrevista a una dama, y una chica punk irrumpe escupiendo un inglés imposible. Vanessa versión heavy, rockera hasta los pelos, logró enfermar a la señora. "Vi que se estaba descompensando y le empecé a hablar en español. Pero íbamos de mal en peor. Hasta que le dije: es una cámara sorpresa para Videomatch". El pase mágico no funcionó.
-Sacate la peluca.
Dijo la mujer.
-¡Ay!
Pensó Vanessa.
-Sos una chica muy fina, se nota que sos delicada y sensible. Y en este momento no tenés que hacer esto. Vengo del hospital, mi marido está muy grave. Estoy sin margen para tolerar una joda.
-Usted no sabe lo importante que es lo que usted me está diciendo. Es más: voy a dejar de hacer esto hoy.
Como en las películas, la chica punk se arrancó la peluca. En un acto solemnemente corto, se la dio al productor y se fue a su casa.
Desde entonces, repartió sus proyectos entre Chile y la Argentina. Allá participó en Plan Z, el programa más contestatario de la televisión chilena. Aquí, pasó por la brillante fugacidad de Viva la Patria (inexplicablemente, fue levantado con 12 puntos de rating, una de las mayores mediciones de América TV), por el humor de Antonio Gasalla los sketches con Susana Giménez, y espacios varios en distintos rincones del éter. Y ahora, si bien tuvo algunas ofertas de trabajo, prefiere el riesgo de dedicarse a madurar un proyecto humorístico para la tele pampeana. Entre tanto, va y vuelve de Chile, donde es irremediablemente famosa. Además de su profesión, porta un apellido que ayuda: Hugo Miller, que falleció hace un año, fue un muy conocido periodista local.
-Cuando murió me quedé allá durante un año, pero luego decidí volverme. Allá vivo como una gitana, tanto que cuando estoy trabajando muchos días pido un espacio para poder venir a mi casa. Llego a la Argentina y es otra cosa. Las cámaras en la calle me permitieron tener un gran contacto con la gente, y es muy afectuosa. No entiendo por qué nos matamos por un pedazo de tierra. Veo la quemada del bosque en Bariloche y la mujer desagradable que tenemos como ministra de Medio Ambiente; veo cómo los europeos vienen y se compran la tierra, porque acá saben que la tierra se puede comprar, y me da mucha tristeza. Hay que reemplazar las jerarquías por la solidaridad, tenemos que trabajar en conjunto, porque noto mucho afecto por parte de los argentinos, me dicen cosas hermosas.
Cualquier madre sufriría con Vanessa: habla con extraños permanentemente. La calle le acerca gente en los bares, en las esquinas, en los cines, en las plazas. La ven y, por una ley de verborragia inexplicable, le cuentan su vida. La ciudad me habla podría llamarse este capítulo. Y trata de una chica a la que los desconocidos abordan permanentemente para relatarle problemas y regalarle consejos.
-Lo último que me pasó fue con un estacionador de autos, que se me acercó y en una fracción de segundos me dijo: usted tiene luz propia y se merece lo mejor. Lo va a tener, yo se lo veo. Y me pasan esas cosas absurdas todo el tiempo. Veo mi vida de afuera y pienso que es supercinematográfica. Aviones, aeropuertos, personas. Un día, cuando recién se había muerto mi papá, me sentía muy mal y pedí permiso en la tele para poder venirme a mi casa. Sentía que necesitaba parar el mundo. Y cuando llegué a Ezeiza, empecé a escuchar un coro cantando el Agnus Dei justo cuando entré al hall. Miré y había sesenta tipos, todos tirados y esperando su vuelo con sus mochilas. Eran un coro de la universidad de no sé dónde, y era tan bello... Me puse a llorar a mares. Fue como decir: ¿querías magia? Aquí la tienes.
Enduendecida y bizarra, habita una casa con forma de herradura. Hay algo fatalista en todo esto, una vida condenada a respetar un guión burlón y embrujado. ¿Querés magia?, parece escucharse una y mil veces. Como esos vendedores compulsivos que intentan desprenderse de aquello que les sobra. Vanessa alimenta el buche de la cábala: tiene 33 años, y nació el 2 de noviembre. El Día de los Muertos.
-Hace tres años me fui a pasar la Fiesta de los Difuntos en Mexico, donde se hace una celebración muy especial en los cementerios. Es un acontecimiento muy alegre: toda la gente prende velas, come arriba de las tumbas, y al otro día los niños andan en bicicleta por el cementerio. Me acuerdo que eran las 3 de la mañana, y yo estaba tan agotada... Además, me había tomado un tequila y me había comido un picante feroz. Conclusión: me quedé dormida arriba de una tumba.
Un hornillo recalentado suelta las últimas gotas de sándalo. La gente capaz de dormirse sobre las tumbas tiene casas como la de Vanessa: con perfume a secreto, con velas, con cortinas indios y derrames de sol blanco. Cuando se mudó, estaba casada. En la Argentina contrajo matrimonio y se divorció diez años más tarde.
-El era judeo-argentino y yo católica chilena. No estaba preparada para un fracaso matrimonial. Me había casado virgen y estaba convencida de que era para toda la vida. Hice todo lo que se te ocurra para salvar el matrimonio: terapia de pareja, terapia sola, terapia bioenergética, flotario, vacaciones separados, luna de miel de nuevo. Todo, y no funcionó nada. Ahí probé con el divorcio. Y dio resultado.
Suena el teléfono. La chica clásica y etérea levanta el tubo con sus dedos de viento. Una voz venezolana pregunta por la señorita Miller, y ella -muy señorita- dice que ése es el número.
-Llamo de la producción del Show de Cristina, de Miami. Me dieron tu número en Causa común. Porque tú has ido a Causa común, ¿no?
-Sí.
-¿Y tú eres artista?
-Sí.
-¡Ah!, mira. Porque habíamos visto tu trabajo y nos resultó interesante para una mesa que estamos armando. Por supuesto que te pagaríamos el pasaje, Cristina adoraría tenerte en su chou. El tema del programa es: La vida me ha llevado a ser artista porno.
Hay un par de ojos castaños atajando el asombro, y una carcajada apretada entre los labios. Hay, finalmente, un segundo de silencio que termina por rajarse.
-¡Chuta! Sabes que la vida me ha llevado a haer cosas peores, pero nunca eso.
Estalla, ríe, Vanessa. Que no se llama Flavia. Y que nunca se cruzó con Huberto Roviralta.
1
2“Me tiró un like”. La historia de amor del jugador de hockey argentino con el primer ministro de los Países Bajos
3El calendario lunar de marzo 2026 en la Argentina
4El dolor de la muerte la hizo acompañar, con yoga y alimentación, a mujeres en su fertilidad: “El camino de cada una no lo podemos saber”



