
Buscando a Godard: un peregrinaje hasta la casa del gran maestro del cine
En el pueblo suizo de Rolle vive Jean Luc Godard, un hombre enigmático, que no da entrevistas, casi un ermitaño que engrandece así su propia leyenda de genio
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ROLLE, Suiza.- Desde que supe que mi viaje por la selección de los festivales de cine europeos se iba a extender gracias a la invitación de Gudula y otros amigos, y que pararía en la Suiza romande, decidí buscar datos para llegar a encontrarlo. Rolle, el pueblo donde dicen que habita, quedaba cerca. En Amsterdam encontré un amigo que me dio una conexión para averiguar la dirección. Aunque se trataba de apenas una aproximación, era muy valiosa para mí, hasta suficiente: hace tiempo que siento que todo se trata de aproximaciones sucesivas. Me preparé de ánimo, moneda y mochila.
En un día especialmente soleado y frío, desde la ventana del tren veo los viñedos y las montañas nevadas ya llegando a Rolle. Bajé, busqué un lugar para empezar a preguntar. Compré cigarrillos para abrir diálogo con un señor de una estación de servicio: primera pista; luego un taxista estacionado, segunda más precisa.
En este país pequeño, las ciudades con colinas suaves entre los Alpes encierran barrios enroscados, con callecitas que dan vueltas entre los buttes , con puertas de jardín de acceso a residencias múltiples. Siempre hay poca gente en la calle. Caminé y caminé con mi mochila cargada y mi sombrero. Cada vez que sacaba la cámara alguien me miraba con atención. El dato estaba parcialmente correcto, o sea parcialmente errado, creí estar cerca varias veces, pero... Me mandé por un barrio interior y salí atrás de un pequeño cementerio, di toda la vuelta a la manzana y adelante había una iglesia gótica, pequeña; más abajo la calle donde supuestamente lo hallaría. Ingresé en el único lugar que no era una casa cerrada, una ludoteca, nadie...
Al rato salió una mujer grande, vestida un poco hippie con el cabello largo teñido de rojo, ojos azules. Me contó que era chilena, pero que hacía más de 30 años vivía en Suiza y ya no le salía el castellano. Me acompañó a una posible casa, golpeó, pero nadie salió. Me dijo que ella se llamaba Love. Sí.
Seguí buscando a tientas aunque con sol. Me mandé por un estacionamiento y detrás de varios coches había una entrada a un vivero. Se me puso la piel de gallina, el frío me salió de adentro, como hipnotizado abrí la puertita, saqué la cámara casi sin aliento y encuadré desde el oblicuo del extremo rogando que no saliera nadie. Aunque por el invierno el lugar estaba algo desmontado, me sentí totalmente seguro de que en ese vivero se había filmado la última escena de Notre musique , el maravilloso gag donde se golpea la cabeza contra la chapa. Me di vuelta y golpeé irresponsablemente en las dos puertas que dan a ese patio interior, Nadie respondió, grité suavemente: Monsieur Jean Luc! ...nada. Salí y volví a la calle excitado, miré la hora preocupado, a las cinco oscurece. Golpeé otras puertas. Nada. Volví a caminar las tres cuadras. Salió Love de la ludoteca y me dijo que su compañero de trabajo creía que J.L. se había mudado hacía un tiempo.
Volví al frente del vivero, salía un joven rubio, le pregunté, miró para el estacionamiento y me dijo naturalmente que no estaba, saludó atentamente y se fue sin más.
Otra vez rodeé el lugar, bajé escaleras entre las casas a una calle paralela, estaba cansado y con frío; vi un bar Cardinal du nord , enfrente un kebab: volví a elegir la barata comida turca.
Comí algo, tomé un vaso de vino, fui al baño y volví a subir. Frente a la supuesta casa había estacionado un coche con dos señoras. Me acerqué rápido a preguntar por la ventanilla, blandiendo mi papelito inexacto. La más joven al volante me respondió que para qué buscaba yo al Monsieur . Mi explicación no la convenció, o no pudo entenderla, y en un arrebato controlado empezó a vociferar que Suiza es un país tranquilo, que nadie tiene derecho a molestar, y que el señor Jean Luc es un señor grande que quiere vivir en tranquilidad.
La madre a su lado le dijo suavemente que se tranquilizara. Insistí aclarando que lejos estoy de molestar y que vengo de un país lejano para... La hija enciende el motor y acentúa su desagrado, repite que no se molesta a la gente en este país; la madre se da vuelta, me mira y señala una casa: " C' est lá... ". La otra grita: " ¡ Mamán !" " Merci Madame ", le digo mirándola a los ojos. El auto partió y yo crucé decidido a esa casa que tiene un bow vidriado en la puerta, Golpeé y golpeé. Nada. Por la puerta de al lado la del vivero salió un señor alto de barba y gesto amable. Miró el estacionamiento y me dijo con una sonrisa también amable que no estaba. ¿Pero usted vive aquí, lo conoce?, le pregunté. " Oui, je suis le proprietaire. bonjour ", respondió. Bien.
Seguí dando vueltas para no quedar como un paparazzi . Ya la noche caía sobre el sol pálido, estaba jodido. Desde la esquina saqué un par de fotos apuradas de recuerdo. Después de un Four Roses en el bar Churchill me asomé al estacionamiento: había un Opel chico, negro. Me metí para verlo de cerca y noté que estaba todo rayado de los dos costados.
Fui hasta la casa porque se veía algo de luz de una lámpara o de un televisor. Recordé todos los datos previos: no usa mail , no tiene timbre, no responde el teléfono, no da entrevistas, la casa no tiene número. Sí tenía, aunque no coincidía con la información "oficial".
Fui a la ventana de la cocina y golpeé el vidrio. En la oscuridad, se abrió la puerta blanca del frente: salió Godard con un habano en la mano, los pelos parados, la barba crecida y con cara de extrañado como diciendo quién carajo golpea a esta hora. Me saqué el sombrero para saludarlo, le expliqué el motivo de mi visita no anunciada. Respondió que lo disculpara, pero que no estaba disponible. Insistí con que venía de la Argentina, que había estudiado cine con sus películas y sus libros, bla, bla, bla . Me escuchó atentamente y me dijo: " Mercí, Mercí, me ... vous avez vu, les films son important, pas las personnes... " Cambió el habano de mano, mantuvo el gesto extrañado, nos dimos la mano bien, bien.
Me fui exaltado, contento y contrariado a la vez,repitiéndome mentalmente: " Monsieur Jean Luc je voudrais filmer avec vous ".
De noche Rolle parecía otro pueblo, me perdí sin darme cuenta y encontré el andén, subí por un caminito entre piedras sobre un puente. Hacía muchísimo frío, el tren llegó a horario y, seguramente, la luna estaba plena.
Rubén Plataneo




