Cálido y emocionante relato

Por Eduardo Tarnassi Para LA NACION
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28 de octubre de 2000  

-Perdone, señor, ¿me podría indicar si existe algún instituto o albergue en el que pueda dejar a mi perro?

-¿Por qué quiere deshacerse de él?

-Porque me mudo y... ya sabe, casa nueva, alfombras, pisos plastificados... en fin, los perros marcan todo con las patas.

-¿Y eso le parece razón suficiente para alejarse de su animal?

Palabras más, palabras menos, en más de una oportunidad muchos han debido mantener conversaciones desagradables como la transcripta.

Pensando en semejante diálogo, hallamos, en un viejo ejemplar de la célebre revista Leoplán del 16 de septiembre de 1936, un cuento del escritor y periodista Benito Lynch (1880-1951). En el relato, llamado Mi perro , el autor señala que, tras largas meditaciones, había decidido entregar su mascota al basurero porque, entre otras cosas, ladraba mucho.

"Los perros -dice Lynch- son muy parecidos a los hombres, y el mío, que con frecuencia me ha recordado esa semejanza, había dado en proceder como ciertos hombres: cuando me lo trajeron, flaco, sarnoso y bamboleante de hambre, era de lo más callado y de lo más serio. Nunca ladraba, no se metía con nadie y olisqueaba con respeto las piernas de las visitas. Pero pronto, en cuanto empezó a engordar y a ponerse bonito bajo su piel manchada de perro perdiguero, cambió completamente de carácter."

El reconocido escritor señala más adelante: "Así, pues, con todo el dolor de mi alma, yo resolvía aquella mañana expulsar a mi perro y paseándome por el patio de losas desparejas, aguardé la llegada del verdugo. Le daría un peso al gringo y estaríamos del otro lado".

Tras relatar que le hizo la oferta al basurero italiano para que se llevara al animal y que éste le pidió que le pusiera una soga en el pescuezo, agrega: "No quería verlo llevar, y sobre un yuyito que crecía entre las juntas de las baldosas traté de reconcentrar mis sentidos. Pero todo fue inútil. El perro se resistía y el gringo tenía que arrastrarlo con grandes esfuerzos".

Lynch describe con estilo franco y pocos adornos la resistencia que Chucho (tal el nombre del animal) oponía, entre sorprendido y furioso, para no alejarse de su amo.

"Así llegaron hasta la puerta cancel e iba a volverme ya, creyendo consumada la expulsión, cuando mi perro, al atrancarse en el umbral de mármol, hizo que el hombre aflojara la cuerda, lo que le facilitó volver la cabeza.

"¡Ah, los ojos que yo vi entonces! Los tendré presentes toda la vida; eran los de un hombre, los ojos suplicantes, estupefactos, llorosos, los ojos que pondrán los padres moribundos al hijo que los hiere, ojos de angustia, interrogantes, acusadores, ojos de pesadilla o de delirio, ojos que muy pocos han visto...

"Yo, sin embargo, estaba todavía tan infame, tan miserable, que me limité a cerrar los míos...

"El hombre obligó a mi perro a trasponer el umbral y, entonces, Chucho, al darse cuenta, sin duda, de la verdadera situación, de su impotencia, de mi infamia y de su desamparo infinito, lanzó un aullido largo y sonoro, un aullido horroroso, de perro o de persona que cae al vacío, que se entrega rebelde en los brazos de la desesperación o de la muerte, y yo salté como un tigre...

"-¡Lárguelo enseguida! ¡Tome su dinero!

"El hombre tomó el dinero, y mirándome a los ojos con los que los cuerdos miran a los locos, le quitó el lazo y se fue...

"Mi perro todavía vive conmigo y de aquello hace diez años."

Un relato que, por el modo en que enfoca el tema que nos ocupa, merece una reflexión.

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