
Canales Fueguinos: La avenida de los glaciares
Navegar entre témpanos, en el extremo sur del continente y en el en otro tiempo conflictivo límite con Chile es una experiencia única, estremecedora... y posible
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Las expectativas previas ya han quedado atrás. El ansiado crucero por los canales fueguinos es ahora un hecho desde el momento en que el Terra Australis se despega del muelle de la lejana ciudad chilena de Punta Arenas, la más que centenaria capital del estrecho de Magallanes.
Son las 20 exactas y la nave pone proa en dirección de una enorme luna amarillenta que asoma achatada desde la penumbra de las serranías de Tierra del Fuego, oscuros farallones que se insinúan al otro lado del estrecho.
Enseguida la cena de bienvenida y un cóctel para que los pasajeros se conozcan. Hay de todo: argentinos, chilenos y brasileños -junto a los españoles e italianos- forman el bloque latino, o de los trasnochadores. El resto -norteamericanos, ingleses, australianos y, aun, los franceses y belgas-, en cambio, se muestra más diurno: temprano en la cubierta y temprano en el camarote.
La mañana siguiente comienza con un desembarco en Zodiac, rutina que se repite día tras día en escenarios cada vez más impactantes. Tras calzarse unos trajes amarillos provistos por la tripulación y el chaleco salvavidas, los pasajeros se dividen en dos grupos principales: los de habla española por un lado y los que entienden inglés por otro. De esa forma, los guías de expedición dosifican la cantidad de personas que se despliega en cada punto de desembarco.
Ese primer encuentro con la costa fueguina se produce en la bahía Parry, remoto paraje que, como casi todos los otros puntos visitados, sólo es accesible por mar y, de hecho, son exclusivos de los pasajeros del Terra Australis.
La bahía tiene sus aguas casi inmóviles, y aquí y allá flotan trozos de hielo completamente transparentes. En el fondo, un gran glaciar llega hasta el mar y ruge cada varios minutos delatando sus quiebres internos y los desprendimientos que son la fuente de los hielos que se ven flotar a la deriva. La caminata finaliza sobre la playa con un vaso de whisky en la mano o con una taza de chocolate caliente. Lo único que justifica el whisky a media mañana es el hielo con que se lo acompaña, que, por supuesto, fue robado a un pequeño témpano que capturaron los marinos del Terra.
En el crucero se dan cita dos clases de viajeros: los inquietos, deseosos de experimentar el máximo contacto con la naturaleza, y los que buscan un crucero de placer, para descansar|}
Ese mismo día es testigo de dos desembarcos más: el glaciar Marinelli y las islas Tuckers.
El Marinelli es un enorme ventisquero que está en evidente retroceso y en sus alrededores se da la particularidad de que deambulan elefantes marinos. Alrededor de una docena de esos gigantescos animales es fotografiada hasta el cansancio mientras se asolean y bostezan en la playa.
En las Tuckers es el turno de los pingüinos. Una colonia de la especie magallánica alterna entre la playa, el mar y los arbustos que crecen a pocos metros del agua.
Es el atardecer del primero y ajetreado día, y los rayos dorados del sol regalan una luz inolvidable sobre el plumaje brilloso de esos animalitos tan llamativos.
El día siguiente incluye un único desembarco, pero que resulta memorable. El Agostini es un glaciar con varios brazos que caen a una bahía y a una laguna adyacente, con desprendimientos permanentes y puentes de hielo que duran apenas algunas horas antes de colapsar y derrumbarse entre estallidos sordos. En la laguna flotan témpanos color turquesa y la ausencia de viento los convierte en esculturas propias de un Gaudí que se reflejan en forma perfecta en las aguas inmóviles.
Mientras tanto, el crucero sigue su curso y pasa del estrecho de Magallanes a las aguas del canal de Beagle. Esa transición expone al barco por unos momentos a las aguas abiertas del océano Pacífico y provoca los únicos movimientos ondulantes de toda la travesía. Oportunamente, esa maniobra se da a la vez que casi todos los viajeros se están sacudiendo en la noche bailable y abundantemente rociada con pisco.
La mañana siguiente encuentra a todos en la llamada Avenida de los Glaciares. Es el angosto canal de Beagle, adonde se derraman incontables lenguas de hielo que bajan de la cordillera Darwin al mar. Antes del almuerzo y cuando ya casi se toca el meridiano que separa las soberanías chilena y argentina de la isla de Tierra del Fuego, se desembarca en la remota estancia Yendegaia. En ella encontramos a unos norteamericanos que compraron la vieja propiedad ganadera para convertirla en una reserva silvestre y también conocemos a Marco, un paisanito de 11 años que hace las veces de guía turístico del lugar.
Por la tarde se toca el primer puerto: es Williams, apostadero naval y caserío chileno donde se tramitan los permisos para ingresar en aguas argentinas. Los pasajeros se reparten entre quienes quieren conocer la zona caminando o en un bus turístico y quienes desean cumplir el sueño -aunque sea desde el aire- de conocer el Cabo de Hornos (ver recuadro).
La jornada siguiente transcurre fuera del barco, pero ya en territorio argentino. El Terra Australis cruza por la noche de Williams a Ushuaia y temprano por la mañana echa anclas en la ciudad más austral del globo. Allí, en Ushuaia, la dispersión de los pasajeros es completa: desde quienes se quedan recorriendo la ciudad y comprando recuerdos y artículos libres de impuestos hasta quienes toman excursiones que cruzan la cordillera de los Andes, se adentran en el Parque Nacional o navegan entre los islotes cubiertos de aves y lobos marinos en el Beagle mismo.
Incluso parte del pasaje desembarca definitivamente, pues ha tomado sólo la mitad del crucero de una semana, así como nuevos compañeros de viaje suben para hacer la ruta inversa. La vuelta a Punta Arenas transcurre por las mismas aguas. Sin embargo, los puntos que se visitan son otros y completan un viaje redondo inolvidable por una de las zonas más remotas del planeta.
En esta parte del crucero se conocen otros glaciares y bahías. Los ventisqueros Pía, Garibaldi y Romanche forman parte de algunos de los paisajes más hermosos de América del Sur. Imponentes anfiteatros de hielo turquesa y montes tupidos que crecen aferrados a barrancos verticales de piedra rodean las bahías donde el barco apenas parece un juguete.
El último día -poco antes de desembarcar en Punta Arenas, después de una semana- se visita una isla cubierta de pingüinos. Es el Parque Natural Isla Magdalena, donde anidan decenas de miles de aves alrededor de un viejo faro.
Una vez en el puerto, cuesta abandonar el barco. Más allá de los paisajes poco comunes que se aprecian, en este crucero se goza de la amistad y buena predisposición de una tripulación que sabe combinar las peripecias de un viaje de aventura con un crucero de primer nivel, para hacerlo memorable.
El Cabo de Hornos
El Cabo de Hornos es uno de los puntos legendarios que un viajero empedernido siempre tiene agendado.
Desde quienes reciben el título de Cap Horniers una vez que lo doblan navegando hasta quienes tienen la sensación de conocerlo desde siempre gracias a la literatura, pueden hoy apreciar su majestuosidad a vista de pájaro.
Desde Puerto Williams, en la isla chilena de Navarino, parte una excursión aérea de aproximadamente una hora que sobrevuela el cabo, así como los islotes que componen el archipiélago.
El vuelo se realiza en un Twin Otter de 20 plazas, aunque sólo 13 tienen ventanilla. Ese avión de ala alta es una de las máquinas voladoras más seguras que están en el aire.
El costo por persona es de 180 pesos.
Datos útiles
Los cruceros de verano (octubre a abril) del Terra Australis parten invariablemente los sábados por la noche desde Punta Arenas, retornando el sábado siguiente por la mañana.
Los miércoles recala en Ushuaia, donde algunos pasajeros pueden finalizar o comenzar un viaje de menor duración.
El servicio a bordo es de primera categoría, con buena mesa y todo incluido, excepto los licores.
En el crucero se dan cita dos clases de viajeros: los inquietos, deseosos de experimentar el máximo contacto con la naturaleza, y los que buscan un crucero de placer, para descansar.
Más información sobre estos cruceros puede obtenerse de Comapa, en Punta Arenas: fax (56-61) 225804, tcomapa@entelchile.nethttp://www.comapa.com






