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Caótica, sexy y arrogante Buenos Aires: pulsiones de una urbe transformada

En zonas que mutaron de piel hasta convertirse en espacios de encuentro, la nueva geografía afianza una idiosincrasia donde el tradicional café cambia por cerveza y los polos de moda se mimetizan con la construcción
En zonas que mutaron de piel hasta convertirse en espacios de encuentro, la nueva geografía afianza una idiosincrasia donde el tradicional café cambia por cerveza y los polos de moda se mimetizan con la construcción Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Sánchez
Pablo Perantuono
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2 de diciembre de 2018  

Podría ser comparada con la figura del cubo de Rubik (o cubo mágico): un artefacto abigarrado y complejo que aspira a la uniformidad, pero tiende al desarreglo. O con un rompecabezas infinito y cambiante, en cuyas piezas se insinúa un propósito difuso, inalcanzable. Tal vez, y con esto terminamos las comparaciones lúdicas, lo más correcto sería asociar a la Ciudad de Buenos Aires –su agitado y fascinante entramado social, su avance trabajoso– con el juego del jenga, un extenuante ejercicio de atención que solo permite crecer con la reubicación precisa de sus recursos.

Como toda urbe cosmopolita y moderna, Buenos Aires vive en estado de cambio permanente: en eso radica buena parte de su encanto. Esa pulsión transformadora le permite variar su fisonomía con una facilidad sorprendente, a veces inquietante. Con casi tres millones de habitantes –y otro millón y medio que ingresan a diario– encerrados en una geografía limitada, la ciudad busca permanentemente redescubrir sus zonas habitables, lo que determina, a su vez, que también se expandan sus circuitos de consumo masivo. Es decir, ya sea por su propia supervivencia o por mero interés comercial, necesita sacar del anonimato lugares o rincones olvidados para consagrarlos como nuevos espacios de relevancia social. Es un mecanismo habitual en los grandes centros urbanos: sucede a diario en Nueva York, Londres o México. Aquí, entre otros ejemplos notables, ocurrió con Puerto Madero en los 90, con Palermo a comienzos de este siglo y con Barracas en los últimos tiempos. En ocasiones, esa revalorización está estrechamente relacionada con emprendimientos edilicios que disparan y motorizan ese interés. En otras, la recategorización de una zona tiene que ver con otros factores, más ligados con la moda o la gastronomía, disciplina madre en esta era del placer, y acaso el mayor polo de atracción sociocultural en lo que va del siglo.

En los últimos años, se dieron varios ejemplos en los que la explosión culinaria se convierte en una de las plataformas que propicia el apogeo de un barrio. Un caso emblemático es Las Cañitas, convertido, hace casi dos décadas, en un polo de interés nocturno que dura hasta hoy y que, en simultáneo o incluso antes de ese desarrollo, elevó la cotización de su metro cuadrado. O el citado caso de Palermo, con su inagotable circuito de apertura y cierre de locales, efímera peculiaridad que no hace mella en su prosapia.

Aunque paradigmáticos, por supuesto que esos modelos no son los únicos. En los últimos tiempos, otros pliegues de la ciudad, sin tanto cartel y por esa misma condición atractivos para mucha gente, también cambiaron de piel y pasaron a ser espacios de encuentro y de salidas. Un ejemplo claro es el triángulo palermitano comprendido entre las avenidas Scalabrini Ortiz y Córdoba y la calle Gascón, una porción de la Capital, cuyo epicentro podría ubicarse en el Desarmadero Bar, la esquina de Lavalleja y Gorriti que cada noche se convierte en una colmena trepidante de juventud, cerveza artesanal –brebaje estrella de la era Cambiemos– y generosas porciones de rock. Su convocatoria trasciende las estribaciones del local: es frecuente ver una multitud desbordando la esquina.

Las Damas, en Charlone y Santos Dumont; la cocina de autor prendió fuerte en Chacarita y alrededores
Las Damas, en Charlone y Santos Dumont; la cocina de autor prendió fuerte en Chacarita y alrededores Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Sánchez

Una posible cartografía por la movida de esa zona incluye a los no menos concurridos Shangai Bar, Nola, Dársena Bar, Vuela el Pez, Sitges, La Perinola y Cervelar, entre otros. El menú artístico se completa con el espacio de arte El Serpa y el teatro La Mueca. El incipiente furor de esas calles le restó un poco de protagonismo a las zonas tradicionales de allí, las enclavadas inmediatamente al norte y al sur de la avenida Juan B. Justo, entre Santa Fe y Córdoba.

No muy lejos de allí, aunque técnicamente en Villa Urquiza, otro rincón porteño revitalizado es el fino rectángulo comprendido entre Donado y Holmberg y Monroe y avenida Álvarez Thomas. Conocido como DoHo (por Donado y Holmberg), su punto neurálgico son las veredas emplazadas entre La Pampa y Echeverría. Bares como El Bohemio, Bruxx o Cigaló se vieron beneficiados por –o nacieron al albur de– cierto esplendor inmobiliario del lugar. A metros de allí, en la unión de Álvarez Thomas y Donado, la parrilla Lo de Charly nos recuerda, con su lúgubre aire de deseos trasnochados, que el instinto desaliñado de la ciudad es también parte de su ADN y pervive en un puñado de refugios como ese.

Otro distrito porteño en el que comulgan progreso y tradición es Parque Patricios, donde la construcción del edificio utilizado como sede del Gobierno de la Ciudad –especie de ave nodriza transparente pensada originalmente para ser sede de un banco– le aportó un aire vanguardista a esas calles de aspecto taciturno, cuyo empedrado nos evoca los tiempos en los que la ciudad era una aldea.

Eso también define a Buenos Aires: su mezcla no siempre equitativa de glamour y decadencia, irrupciones y caídas, ambición universal y resistencia barrial, estética europea y realidades endémicas del subdesarrollo; una megápolis por la que circulan a diario, según estadísticas oficiales, 38 mil taxis, a la que llegan por año unos cuatro millones de turistas y en la que se llevan a cabo unos 2400 espectáculos teatrales anuales.

En Av. Dorrego y Castillo, Villa Crespo, uno de los bares que apuesta por el vermú
En Av. Dorrego y Castillo, Villa Crespo, uno de los bares que apuesta por el vermú Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Sánchez

"Lo más importante hoy es que se volvió a reivindicar el espacio público. El uso de la calle, la calle para estar", señala Emiliano Espasandin, arquitecto y urbanista. "Si vos caminás por algunos barrios –agrega–, ves que todo pasa afuera. No distinguís el adentro del afuera". Conductor del ciclo El Arqui (Telefe), Espasandin no solo se detiene en aquellas zonas favorecidas por el desarrollo inmobiliario, sino también en otras en cuyas ochavas puede palparse el lenguaje idiosincrático de la ciudad. Su respiración, su estilo. Barrios que no aparecen en las app turísticas, pero que reflejan, cabalmente, la inefable belleza vernácula. "Cada barrio tiene su personalidad", asegura. "Mataderos tiene algo. También Floresta, con sus casa chorizos. Villa Luro o Villa Crespo con sus PH. Boedo, lo mismo".

Para Espasandin, Buenos Aires tiene un atributo poco frecuente en urbes de su escala: es plana. "Las ciudades amigables son aquellas que la gente puede caminarlas –dice–. Lugares como San Telmo, Colegiales, Chacarita, Belgrano o incluso La Paternal tienen la condición que tuvo la ciudad a principios del siglo XX, que después se perdió y luego se recuperó, que es la de poder recorrerlos", completa.

En su obra magna Buenos Aires, vida cotidiana y alienación (1964), Juan José Sebreli canoniza la figura del flâneur, o caminante, un sujeto baudeleriano típico de la Buenos Aires de los años 30 que, no exento de un aura romántica y por tanto mitificada, recorría a pie la ciudad porque esa era la mejor manera de conocerla y conocer a sus personajes. Buenos Aires era, por entonces, una enorme explanada humedecida por el perfume francés de muchas de sus fachadas y por el hierro británico de sus estructuras.

Con el paso del tiempo y el aumento inapelable del tráfico automotriz, esa figura del ciudadano errante se fue desdibujando. Actualizado a comienzos de esta década, el libro de Sebreli es un elemento capital para entender los humores y las transformaciones de la ciudad, además de ser un exhaustivo tratado sobre la personalidad de los porteños. Su cambiante y a veces desconcertante temperamento. En uno de sus nuevos aportes, Sebreli también desentraña los hábitos de los ciudadanos contemporáneos: "La antigua bohemia era sedentaria, se pasaba horas alrededor de la mesa del café. La nueva es nómada, itinerante, adiestrada por el zapping, el flash y el videoclip, se mueve velozmente; el teléfono celular es el medio adecuado de comunicación para gente que no está en ninguna parte. De un día al siguiente, a veces en la misma noche, cambian de un barrio de la ciudad a otro".

Esa cualidad paradojal de Buenos Aires que mencionábamos tuvo –todavía tiene– su mayor expresión en la convivencia, con escasos metros de distancia, de la Villa 31 de Retiro –brote amargo del menemismo– con los aires patricios de las adyacencias del hotel Alvear o incluso las exclusivas calles de Barrio Parque.

En veinte años, lo que parecía un asentamiento aislado se convirtió en un barrio precario y popular. La iniciativa oficial que busca relocalizar a muchas de esas familias en los bordes del mismo barrio, construyendo viviendas con materiales de alta tecnología, como el steel frame o los paneles solares, ya logró la construcción de cien casas nuevas, diez locales y juegos para chicos en un predio en el que, hasta no hace mucho, vegetaban los contenedores.

¿Es lo que sucede en ese costado de la ciudad un ejemplo de lo que hoy se conoce como proceso de gentrificación, fenómeno por el cual los habitantes de una zona remozada deben abandonarla por la suba del precio de sus alquileres? No precisamente. Lo explica el arquitecto Adrián Gorelik, doctor en Historia e investigador del Conicet, quien asegura que es complicado usar ese término porque "en el caso de Buenos Aires, ese tipo de proceso todavía no es muy evidente. Su patrimonio está dividido en muchos propietarios, de generaciones. Eso hace que la gentrificación no sea tan sencilla como en las ciudades inglesas o norteamericanas, que es donde el concepto se acuñó, y donde existen propiedades alquiladas. Me parece difícil por la dinámica económica de Buenos Aires que eso llegue a ocurrir. Se pueden gentrificar sectores muy pequeños", explica en la revista Márgenes. Autor de La grilla y el parque, un ensayo fundamental sobre la ciudad, Gorelik advierte que "hay un proceso de palermización de todo el noroeste. Digamos, la línea que va de Palermo a Villa Urquiza. Todo ese sector está transformándose fuertemente, pero parece muy difícil que eso se extienda hacia el sur de la ciudad".

Esa palermización de la que habla Gorelik se observa con mayor intensidad en distritos como Chacarita y Villa Ortúzar, beneficiados por la ampliación de la línea B del subte. Este último es uno de los barrios más pequeños de la ciudad y experimenta un proceso de transformación desde hace quince años, con la proliferación de edificios de cuatro pisos en dúplex y el consiguiente desarrollo gastronómico y comercial, con la particularidad de la apertura de un puñado de salas de ensayos y espacios de grabación como Estudio uno, Records MCl y Otra historia studio.

A su lado, Chacarita atraviesa hoy una transformación importante con el levantamiento de un complejo de edificios que forma parte del proyecto de urbanización de la villa Fraga. Ubicados entre Fraga, Teodoro García, Céspedes y Av. Triunvirato, los departamentos estarán listos en mayo de 2019 y contarán con más de 1200 unidades. Hoy ya existen unas 500 sobre la calle Fraga, donde viven cerca de 1000 familias. "¿Si Buenos Aires es joven? Sí, claro que lo es, es una ciudad que todavía tiene mucho para desarrollar –responde el historiador y escritor Daniel Balmaceda–. Es una ciudad con grandes posibilidades y que vive cambios. Todavía hay muchos por hacerse. El Golf Municipal, por ejemplo, es un gran espacio en el que se concentra un grupo pequeño de personas. Y así, muchos lugares. No nos olvidemos que, por ejemplo, se creó todo un paseo hacia la Costanera Norte hace solo 80 años. O la Ciudad Universitaria. Sin duda, Buenos Aires todavía acomoda sus piezas".

Pero así como la ciudad está poblada de hitos arquitectónicas que la hacen irresistible, también alberga en su solapa un hilo acuático que es una postal de la desidia: el Riachuelo. Optimista, Espasandin cree que en esa mancha líquida reside el futuro: el Riachuelo. "Sin duda alguna que el Riachuelo es el lugar donde pueden empezar a pasar cosas en la ciudad. Es el barrio claramente con más perspectiva. Lo mismo, La Boca, que siempre me pareció que es una perla olvidada." Gorelik coincide con este diagnóstico: "Yo recuperaría el Riachuelo como un eje fluvial productivo y deportivo, me parece prioritario".

Caótica, sexy, arrogante y por lo tanto viva, Buenos Aires es muchas cosas a la vez. Su heterogeneidad y su eclecticismo, "su belleza imperfecta", según Espasandin, es lo que la distingue. También sus caprichos, incluso sus absurdas decisiones. Porque, según acertó Sebreli, "la identidad con la ciudad o el barrio es una cualidad especial, un clima peculiar creado por la combinación de insignificancias, a veces azarosas, que permiten reconocerlo y diferenciarlo de otros lugares".

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