
Carlos Alvarez: El vicepresidente, modelo de padre político
Tiene cuatro hijos de tres diferentes madres, y carga con la cruz de los políticos: el tiempo para dedicarles siempre es mezquino
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Difícil ser padre y ser político. Mas aún repartirse entre cuatro hijos de distintas uniones que reclaman su justa porción de afecto cada fin de semana, y concentrarse en las necesidades de 35 millones de argentinos con amenazantes rabietas de lunes a lunes. Sin embargo, en el semblante del vicepresidente Carlos Chacho Alvarez no hay signos de insomnio, tal vez porque sus hijos ya han crecido lo suficiente o porque ha comprobado en carne propia que al país no se lo arregla de la noche a la mañana.
Tenía 21 años y la loca manía de querer abarcar el mundo, arreglarlo entre gallos y medianoche, cosa que no logró, al menos antes de recibir a Ramiro, su primer hijo. "Estábamos casados hacía muy poco tiempo, menos de un año y medio, y son esas cosas a mitad de camino... Uno siempre quiere el primer hijo. Pero entonces era complicado ser padres, eran tiempos difíciles para todos aquellos que de muy jóvenes nos dedicamos a la actividad política, y Ramiro nació en 1971, una época de conflictos. Se vivía con mucha vertiginosidad, y los chicos debían adaptarse a la vida de sus padres. Había muchos hombres y mujeres que no tenían más remedio que llevarlos a las reuniones políticas, como yo", cuenta, sentado en el bar del estudio donde se realizó la sesión fotográfica a la que fueron llegando sucesivamente Dolores, María y Lucía, las tres hijas. Aunque no todas posaron, ellas dejaron sus actividades con tal de verlo un ratito y almorzar con él. Esa mañana el entuerto entre Machinea y Santibañes ardía en el celular, situación difícil que el vicepresidente disimuló con suma elegancia política.
"Vivíamos en un departamento muy chiquito, de un ambiente, donde hacíamos las reuniones, a veces hasta muy tarde. Un caso extraño: uno siempre se queja de las suegras, pero yo sólo tengo para ella un gran agradecimiento porque aun sin vivir en la ciudad -mi mujer de entonces era de Olavarría-, se encargó del nene más de una vez."
Acostumbrados a verlo poco y a saber más de él por los diarios, sus hijos debieron hacer de padres a la hora de comprender una verdad perogrullesca a la que la política no escapa. "Es difícil cuando se abraza una vocación, más la política, que tuvo un nivel de riesgo en la Argentina. Los chicos sufren las consecuencias. Si uno hace política con mucho compromiso y le dedica la vida, en general el afecto y la pasión que uno pone en la vocación es pasión, afecto y tiempo que les saca, en este caso, a sus hijos", dice, buscando la complicidad de las hijas, ansiosas de aprovechar al máximo el encuentro.
"Eso uno lo sabe, queda una suerte de deuda dando vueltas. Después lo entienden: yo siento que es así, que ellos tienen un gran respeto por lo que he hecho yo toda mi vida, saben que lo hice por un ideal. A veces tienen bronca, quieren que pasemos más tiempo, pero entienden que no es desapego ni desamor, sino el costo de hacer lo que uno eligió. Pero, emocionalmente, sé que la demanda está. Es que ellos son como un sindicato, con reclamos, marchas y todo."
Durante el Proceso militar el mundo vio nacer a Dolores y María, una seguida de la otra, hijas de unas segundas nupcias. De su actual vínculo con Liliana Chiernajowsky llegó Lucía, de 15 años, con quien convive regularmente. Dice trabajar para juntar al rebaño más seguido, porque ya no le alcanzan los sábados de tenis con Dolores y Lucía.
"La relación entre ellos es muy buena, se sienten hermanos y se quieren, comparten, se llaman por teléfono y todos me reclaman de la misma manera, nadie alega discriminación positiva. En general con mis hijos hay una concepción de la vida bastante común, y eso, aun con la falta de tiempo, se les pudo transmitir. Lo que piensan sobre la vida y lo material, todos están cortados por la demanda del ser más que el tener. Eso les dejo: un sistema de valores para que se defiendan en la vida."






