
Carlos Barrese: el papillón argentino
Pasó los primeros 30 años de su vida encerrado en institutos de menores y cárceles. Después, viajó a Nueva York, recorrió el mundo con identidad falsa y regresó a su ciudad natal, La Plata, donde puso una pizzería que lleva su apodo y es una institución: Carloncho
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Que te quede bien dicho. Yo nunca maté a nadie."
Carlos Barrese tiene 64 años, 34 de hombre libre y se camufla tras un apodo inocente: Carloncho.
-Sólo robos y estafas. Que te quede bien dicho.
Es dueño de una pizzería emblemática de la ciudad de La Plata -Carloncho, cómo no- y sabe poner voz de locutor de pueblo cuando se emociona con su propia saga. Sobre el pecho, una cadena con cruz de un dios en el que no cree.
-Pasé treinta años de mi vida encerrado, y hace treinta y cuatro que no mato ni una mosca. Esta es una historia tan conmovedora. Un ejemplo de vida. Acá en el libro lo pongo todo.
Nadie, hasta ahora, había aceptado publicar su libro Corazón de hierro (la historia de Carloncho), pero el Concejo Deliberante de la ciudad de La Plata decidió editarlo en su propio sello y declararlo de interés provincial. Lo que Carlos Barrese tiene para decir podría resumirse en unas líneas: nativo de La Plata, hijo de una madre que no podía mantenerlo, vivió en un instituto de menores hasta los 17, y luego de tres brevísimos años de libertad fue encarcela- € do por diez más. Cuando salió voló a los Estados Unidos donde se hizo pizzero, y en la década del 80 regresó a la Argentina a poner su pizzería propia en La Plata. Se puede contar así, o en las casi cien páginas del libro que nadie quería publicar.
Antes de los 3 años, Carlos no recuerda nada. Ni siquiera el beso de su madre el día que los llevó, a él y a su hermana un año mayor, hasta la puerta del reformatorio Riglos. Los dejó encerrados toda la vida, que es lo mismo que decir la infancia. Aprendió rápido que el amor es cosa mala: cuando llegaba su madre los días de visita se volvía loco. Se alborozaba. Ella era hermosa y era, también, toda desilusión: se quedaba un rato, hablaba de nada.
-Yo la adoraba. Porque tenía que adorar a alguien.
Ni juegos ni juguetes, nada tuvo. A los 12 lo llevaron a un instituto de Pehuajó, donde padeció unos revolcones sombríos a manos de un celador.
-Por eso siento un asco, un odio por Pehuajó.
Tenía 16 años cuando salió y vio por primera vez la calle plena. El cielo libre. Fue a vivir con su madre, a La Plata, pero en los institutos lo habían hecho distinto. Era el hijo de nadie. Se hizo amigo de cinco como él. Salió a robar.
-Estuve instruido para ser delincuente en los institutos de menores. No había asistentes sociales ni derechos humanos. Fui programado para delinquir. Tres años estuve libre y los viví de un apuro. Me hice una barrita y salíamos a delinquir. Pero de los hechos no quiero hablar. Un día me enamoré. Una hermosa mujer. Pero me dijo un amigo: "¿Sabés que te está engañando? Trabaja. Es yiro". Un día la sigo y entra a un hotel con un tipo. Yo estaba armado. Los iba a matar a los dos, pero al tipo lo dejé. A ella empecé a pegarle, pegarle, la molí a palos. La desfiguré. No me arrepiento. Tiene que estar contenta de que no la haya matado. Ella sabía toda mi desgracia y se rió de mí.
Después de esos tres años de libertad volvió al encierro.
-De los hechos, de por qué fui preso, no quiero hablar. Pero ahí empieza el segundo suplicio de Carloncho. En Olmos estuve seis meses en la celda de aislamiento. Seis meses. Contaba los pasos.
Hacía eso, y se entregaba varias veces por día a la fatiga de imaginarlo todo para no tener nada. Pasó diez años entre Caseros, Devoto, Olmos. Un lugar de pasillos húmedos igual a otro con camas sórdidas. Cuando salió, desde los pabellones se alzó un ruido de lata contra lata: "¡No te des vuelta, esto no es para vos!" Le tiraron sal.
-Se hace para que no vuelvas nunca.
Nunca volvió.
Poco después de haber salido de la cárcel, un amigo le avisó que lo buscaban -la policía- para matarlo. Barrese no aclara ni cómo ni por qué, pero dice que el paso lógico -el paso lógico- fue éste: sacar el pasaporte, treparse a un avión hacia Estados Unidos y caer, traje de verano y pleno invierno, en Manhattan. Vivió durante días debajo del puente de Brooklyn. Consiguió un trabajo en una pizzería de la calle 42, y estuvo ahí siete años, entre el horno y la pizza. Aprendió el oficio y se hizo bueno. Lo que ahorraba lo gastaba en viajes por el mundo con un pasaporte falso: fue Manuel García Casiano, puertorriqueño de nacimiento, para las autoridades de Inmigraciones del mundo entero. Viajó por Francia, España, Italia. En la década del 80 volvió a la Argentina. En la esquina de 51 y 5, en La Plata, puso su primera pizzería. La llamó Carloncho I.
-Hoy, Carloncho es sinónimo de la ciudad -dice, sin modestia.
Tiene dos hijos que no son de su sangre -Sergio y Raúl- y varios nietos, pero la historia de la adopción de los hijos quedará, también, en las sombras.
-Ellos tenían su padre, sus madres, pero creyeron que yo era mejor papá. Hoy son casados, tienen hijos, y me dicen papá a mí. Ellos son todo para mí. Ellos y mi nieto Lucas. El día que nació llené un camión de juguetes y se lo llevé a la clínica, para que tuviera todo lo que yo no tuve. Ahora quiero ir a las cárceles a hablarles a los presos, a decirles que se puede salir. Las cárceles no sirven para nada. Al preso hay que hablarle. Yo hice esto para que otros no pasen lo que pasé yo. Tengo rencor por todos los males que me hicieron a mí. Papillon es un poroto al lado mío. Pude contar al mundo entero lo que es salir de esa catacumba.
Se cansa. La voz abandona el registro de preso promedio con buen corazón.
-Todavía me acuerdo cómo escribíamos con la mano en la cárcel… a ver...
De a una, en el aire, dibuja las letras, el idioma mudo de los pasillos carcelarios.
-La y, la o, la e, la ese, la te, la u, la ve, la e...
Sigue así, un rato. Al final lo dice.
-Yo-es-tu-ve-pre-so.
Se mira la mano. Como si fuera de otro.
-Mirá vos, che. No me ol-vidé.






