
Carmina, su propia historia
María del Carmen Díaz, la asturiana que inspiró el libro Mamá, de Jorge Fernández Díaz que ya va por su sexta edición, habló con la Revista sobre su vida
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Necesitó atravesar el Atlántico para enterarse de que se llama María del Carmen Díaz. Eso decía el pasaporte, sellado en el puerto de Vigo, en 1947. Pero para ella las letras eran un embrollo que descifraba con demasiada dificultad y que apenas alcanzaba a garabatear. Cuando en el barco la llamaron por su nombre completo para que se presentara en la oficina del capitán, ni siquiera se mosqueó. Tenía 15 años y en la aldea de Almurfe, donde se deslomaba en la siembra y el ordeñe, siempre había sido Carmina. A secas. La pelea contra la miseria no le dejaba tiempo para andar esforzándose en leer el documento de identidad. "Allá no iba al colegio. Había intentado pero los chicos me trataban mal y no aprendía, era una burra", cuenta ahora, en su departamento de Palermo. Pero la vida da revancha. En suelo argentino, se enamoró de don Fernández, como llamaba a Marcial cuando empezó a noviar con él en los bailes domingueros del Cangas de Narcea. Se casó y parió dos hijos: Jorge, escritor y periodista, y Mary, directora de escuela.
Carmen, la chica semianalfabeta que a los 16 años tuvo que entrar a segundo grado de la escuela nocturna, se reconcilió tanto con la letra escrita que hasta desarrolló intuiciones de editor.
Cuando Jorge ya era Jorge Fernández Díaz y se ganaba la vida en el periodismo, Carmen le dio un consejo: "Mirá, Jorge –cuenta que le dijo–, el día que te dediques a escribir lo que fue nuestra vida algo te va a salir". Y vaya si le salió. Editada por Sudamericana, con el título Mamá, la historia que Carmen le confió a su hijo en cincuenta horas de charla va por la sexta edición en la Argentina y ahora se publicará en España.
–¿Qué sintió cuando vio Mamá en las librerías?
–Me puse a llorar. Fue en una librería de la calle Santa Fe. Vi el libro ahí, paradito en la vidriera, con la foto de mi pasaporte de 1947 en la tapa, y se me estrujó el corazón por la tristeza que tenía mi mirada. Es que entonces pasábamos hambre. Sólo el que tiene hambre sabe lo que es; no tiene nada que ver con lo que uno siente al hacer dieta. Una vez le dije a mi mamá: He visto que una vecina, Teresa, va a pedir por los pueblos y le dan pan y un poco de carne. Voy a ir a pedir porque yo tengo hambre y mis hermanos también. Mi vieja casi me mata. Eso jamás, jamás, jamás –me retaba apuntándome con el dedo–. Jamás vas a ir a pedir. Hay que trabajar para comer. De mi madre aprendí a valerme, a trabajar de sol a sol. Mi padre fue un turro. Fue un padre que nos abandonó. Embarazó a mi mamá, se casó con ella por orden de mi abuelo, y se fue a Cuba. Once años más tarde, volvió, y mi madre lo recibió. Entonces nací yo. Era un tipo desalmado. Un buen día él se vino a la Argentina donde tenía a su hermana Consuelo, casada con Marcelino. Le decía a mi madre que alguna vez nos íbamos a juntar todos. Mi vieja le creyó. Cuando ya no daba más, mi tía le ofreció que mandara a una de sus hijas a vivir con ella. Me mandaron a mí.
–¿Cómo juntó coraje para contarle a su hijo las cosas más íntimas de su vida?
–Coraje siempre tuve, aunque algunas cosas me daban un poco de reparo. Pero le conté todo lo que pasó. Hasta lo más triste, como cuando salí de Vigo. Tengo ese puerto fijado en la memoria. Cuando subí al barco estaba el sol y cuando soltaron las amarras estaba todo brumoso y el mar picado. Tenía miedo. Todavía escucho la voz de mi madre diciéndome: Baja, por favor, baja, cuando ya estaban soltando las amarras.
–¿Tuvo ganas de bajarse?
–No, sabía que era imposible. Siempre fui realista. El barco ya estaba saliendo del muelle. Era inútil soñar con bajar aunque tuviera muchísimo miedo. No conocía a nadie, era muy chica, ni siquiera sabía cómo me llamaba... creía que iba a morir en el viaje. Pero llegué a Buenos Aires. Era de noche. A la mañana siguiente, mi tía me sirvió medialunas en el desayuno y me dijo: Aquí nunca más vas a pasar hambre; en la Argentina no hay hambre. Y era verdad. Veía tachos de basura llenos de trozos de asado y no lo podía creer. Esto no puede ser –les decía a mis tíos–. A los argentinos, los va a castigar Dios. ¿Cómo pueden tirar toda esta comida? Jamás pensé que años después iba a ver gente comiendo de esos tachos. La primera vez que vi a un señor comiendo fideos de la basura creí que me moría.
–¿Cómo fue el estado depresivo que padeció hace algunos años?
–Eso fue cuando dejé de trabajar. Me sentía mal, no sabía qué quería, lloraba, peleaba con mi marido. Ya no quería vivir. No me interesaba nada. Cuando todo el mundo está deseando jubilarse y vivir tranquilo, yo no. ¿Por qué? No sabía explicar qué me ocurría; soy gallega. Para mí, se había terminado la parte útil de mi vida. Siempre me había sentido muy útil trabajando. Atendía el comedor de la empresa Eveready. Ganaba bien, tenían deferencias conmigo. Yo los servía como si fuera una familia grande. Soy así: sirvo para atender a la gente. Ahí pasé los mejores 20 años de mi vida de trabajo, porque me levantaban la autoestima.
–¿Cómo podía tener baja la autoestima con todo lo que hizo partiendo de casi nada?
–Me lo hicieron sentir así desde chica. Mi vieja me decía que no servía para nada. Mis tíos me decían lo mismo porque yo no hacía lo que ellos querían. Sólo cuando empecé a trabajar afuera me sentí valorada. Luego, cuando ya no tenía trabajo, sentí otra vez que había dejado de servir. Pensé que se me terminaba la vida.
–¿Le costó aceptar el consejo de su nuera de que hiciera terapia?
–No, saqué un turno con el supervisor psiquiátrico de la obra social y tuve una entrevista con él. Casi no podía hablar a causa del llanto. Me derivó a una psiquiatra y allí empezaron dos años de revolver toda la vida. Lloré muchísimo y también lloró la psiquiatra. Uno sufre, pero si tienes una buena terapeuta, eso te ayuda. A mí me ayudó a tomar decisiones que sola no me atrevía a tomar. Esa psiquiatra para mí fue la salvación.
–Su hijo escribe que un asturiano le dijo: No hay que tener esperanzas para no tener desilusiones. ¿Comparte ese modo de ver la vida?
–No creo que eso sea bueno. Uno tiene que ser feliz cuando es feliz. En la vida hay que tener esperanza, hay que vivir con ilusión. Yo viví de ilusiones.
–¿Cuáles eran esas ilusiones?
–Una de mis máximas ilusiones fue ir a trabajar y ganar mi dinero. No me importaba levantarme a las 5 de la mañana ni tener que ir al trabajo de lunes a sábado. Y luego, esa cosa de cobrar el sueldo... Ustedes a lo mejor no le dan mucha importancia porque han vivido de otra manera. Pero para mí, agarrar ese sobre con el dinero que me había ganado, era algo indescriptible. Cuando me pagaron la primera quincena, fue como si hubiera estallado el cielo en estrellas. ¿Cómo uno no va a tener ilusión de eso?
–Con todos los dolores que pasó y superó, ¿ya no hay nada que la haga llorar?
–Sí que hay. Lloro cuando veo a los chicos desprotegidos. La gente grande se defiende, pero los chicos son indefensos porque están a merced de los adultos. Los mandan, los violan, les hacen cosas. ¿Cómo puede ser que todavía exista en la Argentina gente tan ignorante como para permitir que violen a sus hijos? Cuando yo llegué acá, tuve que soportar a mi tío que era un tipo acosador. Y eso me quedó marcado para siempre. ¿Cómo me iba a hacer eso una persona que se suponía que me había traído a la Argentina para protegerme? Por eso me dan mucha pena los chicos. También me da pena de la gente que tiene que pedir. Pero tampoco estoy muy segura si piden por necesidad o porque son vagos. A mí nunca nadie me dio nada. Lo poco que tengo lo gané trabajando. Y a los argentinos, cuando eran ricos, no les gustaba mucho trabajar.
–¿Cómo es ahora su relación con los bienes materiales?
–Mis hijos dicen que tengo el síndrome de la pobreza. Que siempre guardo. Pero tampoco tengo tanto para guardar. Lo único que me dejó mi vieja fue una parte de la casa. Hace dos años, mi hermana me la compró en 7000 dólares. Giré el dinero de España para acá, vino el corralito y el Banco Francés se quedó con ellos. ¿Hay derecho? ¿Quiénes son ellos para alzarse con mis ahorros? Yo ya no tengo más tiempo de recuperar mi dinero. Pero los argentinos se quedan callados. El día que un millón de argentinos decida salir a la calle, ese día tiembla todo.
–¿Cómo reacciona cuando su nieta Lucía, de 17 años, sueña con emigrar?
–Me pongo loca porque veo que la gente se quiere marchar de la Argentina, así tan frescamente. Creo que muchos van afuera a buscar cosas que no van a conseguir. Durante muchos años soñé con volver a España, pero ya no quiero irme. Siento que éste es mi mundo.
La conversación lleva más de una hora cuando Carmen gira la vista y observa al fotógrafo.
–Mirá lo que ha armado ahí –se asombra–. ¡Ni que yo fuera Bettiana Blum! ¿Para qué todo eso? Sacame una sola, así nomás.
–Si él hace eso, lo echan.
–¿Usted quiere que me quede sin trabajo? – le dispara el fotógrafo a sabiendas de que dará en el blanco.
–Ahh, no. Para nada. Eso sí que no. Nunca. Si es así, hacé lo que tengas que hacer. Pero yo te pregunto, ¿crées que yo merezco que me hagan todo esto?






