Clase 2: establecer prioridades saludables

Eduardo Chaktoura
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26 de octubre de 2014  

Crédito: Eva Mastrogiulio

En nuestra primera clase, como punto de partida, coincidimos en la necesidad de identificar dónde solemos hacer foco a diario. Es decir, en qué cuestiones, y en qué personas y estilo de relaciones invertimos nuestro tiempo, energía y dinero. Así como nuestra mente se pone al servicio de esta primera instancia de selección (atención, percepción, interpretación, significación) de lo que rescatamos de nuestro entorno, lo que sigue, inmediatamente, es la puesta en marcha de nuestro criterio de jerarquización.

¿Qué cuestiones elijo (selección) y cuáles (y cómo) priorizo (jerarquización)? Como lo hace un periódico o un noticiero de radio o televisión, cada uno de nosotros elige o decide qué temas, situaciones y/o personas son más o menos relevantes o trascendentes. Así como define, acorde al interés, recursos y posibilidades, el tratamiento que merece cada una de estas cuestiones.

En este sentido es por demás interesante tomar conciencia plena de nuestra primera plana emocional.

¿Qué títulos tiene la tapa de tu diario de hoy? ¿Cuál es el gran título? ¿Cuál, la imagen o la foto del día? ¿Cuánto espacio ocupa en tu mente? ¿Hay otros temas? ¿Son cuestiones que arrastramos de días anteriores? ¿Desde hace cuánto tiempo? Más allá de identificar cuáles son los aspectos que nos ocupan (y/o preocupan), este ejercicio es una gran ayuda para identificar no sólo los asuntos, sino también cómo administramos nuestro tiempo.

¿Qué dice tu agenda cotidiana? ¿Qué dice tu agenda emocional? ¿Qué nos ocupa, qué y cómo nos impacta? ¿Qué evitamos, postergamos o creemos imposible? ¿Qué estamos esperando? Más allá de esos días, semanas o meses especiales, en los que un evento o situación en particular acapara toda o gran parte de nuestra atención es recomendable revisar la cantidad (y calidad) de horas que comprometen nuestros días laborales, así como nuestro tiempo libre.

El profesor en psicología Mihaly Csikszentmihalyi, pionero de la psicología de la vida cotidiana, propone pensarnos en torno de tres ejes temporales: el trabajo, el mantenimiento y el ocio. Se entiende por tiempo de trabajo el que dedicamos a generar dinero para la supervivencia y la comodidad. ¿Cuántas horas al día trabajamos? ¿Con qué fin? (Intenten responderlo, aunque parezca una obviedad.)

El tiempo de mantenimiento responde a las horas que destinamos a conservar el cuerpo (comer, asearse, vestirse), a movilizarnos (conducir, usar transportes públicos) y a tareas domésticas (cocinar, comprar, limpiar). ¿Seremos de los que trabajan duro tan sólo para conservar el cuerpo o nuestras posesiones? ¿Cuánto de lo que tenemos o deseamos es realmente necesario?

El ocio, tal como lo definirían los antiguos griegos, sería el tiempo dedicado al desarrollo de uno mismo: el aprendizaje, las artes y la actividad política. ¿Qué entenderemos hoy por ocio? ¿A qué dedicamos nuestro tiempo libre? ¿Deportes, música, cine, salidas, medios, tecnología? ¿Cuánto destinamos al encuentro con nuestros afectos?

Una vez que hayan logrado identificar sus tareas (y el tiempo habitual destinado) , atrévanse a definir y diferenciar sus ocupaciones (y preocupaciones) en relación a otras tres columnas: lo que es (o sería) urgente, lo que es (o debería ser) importante y lo que, verdaderamente, resulta necesario. Seguramente no resulte sencillo identificar las diferencias y complementariedades. Asuman el desafío. Es necesario, importante y, en muchos casos, urgente.

Algo importante: que todo lo que surja o resulte de nuestro ejercicio de hoy, así como de todos los que vienen, esté lo menos viciado posible de juicios y críticas. Aceptemos la información que aparezca, aunque incomode, aunque creamos que no podremos revertirlo. Hemos dado otro gran paso.

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