
Claves para lidiar con la mala sangre
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El lenguaje popular entiende que algo le debe pasar a nuestro torrente sanguíneo cuando dejamos que el ánimo se nos amargue en demasía. Por eso se llama "mala sangre" a la intoxicación emocional y, sin dudas, también física que signa a quienes dejan entrar en su circulación anímica una perspectiva oscura, viscosa, que hace mal y no sienta bien.
Podríamos decir que todos somos dados a la mala sangre. Asiduamente, o cada tanto, se pegan las ideas amargas, se fijan los ojos en lo trágico o lo que funciona mal, se mastican broncas de manera rumiante, redundante, densa? y la mala sangre hace lo suyo, quitándole oxígeno a la vida.
Es obvio que la mala sangre tiene siempre como punto de apoyo algún tipo de lógica. Así como dice Chesterton que "el loco pierde todo menos la razón", podemos decir que la mala sangre tiene como sustento un sinnúmero de razones y más razones, todas ellas irrefutables.
Nunca faltarán argumentos para hacerse mala sangre, ya que el mundo es cruel, hay cosas que funcionan muy pero muy mal, hay gente mala y artera, muchos tránsfugas se salen (aparentemente) con la suya y las tostadas, se sabe, caen siempre, pero siempre, del lado de la mermelada?
Sin embargo, el ser humano ha comprobado que, aun en las más amargas circunstancias, puede sufrir, sí, pero no aquerenciarse en la mala sangre. Campos de concentración, esclavitud, guerras y calamidades de todo tipo han generado dolor, tristeza, escarnio, quebranto? De todas esas experiencias han salido personas que amargaron su espíritu y otras que no.
Es que la mala sangre no es una emoción, sino que es producto de cómo se conducen las emociones, de acuerdo con lo que se entiende que la vida es. Por ejemplo, aquel que cree que el mundo debiera ser de determinada forma y se pelea contra la realidad tiene más posibilidades de hacerse mala sangre que aquel que, a partir de aceptar las cosas como son, genera actitudes y conductas para mejorar esas cosas, sin gastar pólvora en chimangos quejándose por el diseño de la existencia como si éste fuera una clara afrenta a sus ideales.
Es importante distinguir que la mala sangre no es tristeza, ni es bronca, ni es angustia, sino que es un "combo" rumiante de emociones, las que intoxican porque no salen de sí mismas hacia una acción reparadora o, al menos, oxigenante, volcando el ánimo hacia "adentro", en clave tóxica.
Así como la respiración es lo que nos vincula con el ambiente y purifica nuestra sangre con el oxígeno, podemos decir que la posibilidad de compartir nuestro ánimo con intención de hacer circular lo que sentimos ayuda a que la sangre y el espíritu se mantengan libres de toxinas. En castellano esto es estar en red con otros, pero no para "descargar", sino para hacer circular nuestras emociones. Éstas, como el agua, al circular se van purificando y dejan de lado el riesgo de la mala sangre.
A su vez, el horizonte ayuda también, ya que permite avizorar una perspectiva que ofrece sentido a las cosas. El horizonte, sabemos, no es futuro, sino que es presente con proyección.
Se ha visto que cuando las personas comparten su ánimo, a veces no solucionan sus problemas desde el punto de vista "técnico", pero sí se sienten mejor, al no verse exiliadas y presas de su circunstancia.
La mala sangre a veces es inevitable, pero no es inevitable perdurar indefinidamente en ella. Porque si bien tiene sus razones, no tiene siempre todas las razones. De allí que cuando el tóxico nos atrape, respirar se impone como deber. Para ello hay que llenar los pulmones y, además, hacer circular los vínculos como si fueran aire, para que el ánimo se refresque y que no nos gane la amargura.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta
@MiguelEspeche





