
Cocinando con Jackson Pollock
El lado más entrañable y hogareño del artista de los mil demonios en un libro con recetas –su pastel de manzanas llegó a ganar concursos–e historias "que permiten ver detrás de su imagen narcisista y autodestructiva", cuenta la autora, Robyn Lea
1 minuto de lectura'


SOUTHAMPTON
"Obviamente tenía sus demonios. Grandes demonios. Pero no creo que sea justo caracterizarlo exclusivamente en base a sus falencias. Nadie se merece eso. Y además de ser uno de los grandes genios de la pintura del siglo XX, era muy cálido y generoso. Por peor penuria económica que estuviera atravesando, en su hogar siempre había una cafetera humeante y panes y tartas caseras listas para compartir con todo quien pasara por la puerta."
Quien le cuenta esto a La Nación revista es Robyn Lea, la autora del it libro del último verano en los Hamptons, Cooking with Jackson Pollock. Y naturalmente está haciendo referencia al gran pope de la pintura arrojada y vecino ilustre de estas playas. Las palabras que siempre se asocian con Pollock –más allá de lo extraordinario de su arte y del hecho que, en noviembre de 2006, su cuadro Número 5 se vendiera por US$ 140.000.000, convirtiéndose así en la pintura más cara del mundo– son siempre dos: alcohólico y adúltero. Sin ir más lejos murió aquí al estrellar, borracho, su auto contra un árbol acompañado de su amante mientras su mujer, Lee Krasner, estaba en Europa. Pero al rescatar su costado culinario, Lea asegura haber descubierto un aspecto mucho más entrañable y hogareño de su personalidad que suele quedar olvidado.
"Sus recetas de cocina y las historias que sus amigos nos contaron sobre cómo era Pollock entre ollas y sartenes nos permiten ver detrás de su famosa imagen narcisista y autodestructiva para llegar al hombre que también supo tener una vida doméstica apacible, guiada por el movimiento de las estaciones en su huerta y las fiestas gastronómicas de lo que entonces era un pequeño pueblo costero", subraya. Para Lea, fotógrafa nacida en Australia, todo comenzó cuando fue a visitar la casa de Pollock y Krasner en East Hampton, ahora convertida en museo. Todo el mundo siempre se deslumbra por los pisos, donde quedan las manchas de los baldazos de pintura que Pollock lanzaba sobre sus más célebres lienzos, pero a ella le llamó mucho la atención que, en la cocina, hubiera ollas y sartenes marca Le Creuset y que la loza fuese Eva Zeisel. Algo que típicamente distingue a los foodies de hoy, pero que en los 40 y 50 no tenía nadie, menos en Springs, una zona perdida en los bosques de East Hamptons que había devenido una suerte de humilde colonia de artistas, lejos de las fabulosas mansiones de los veraneantes.
"El descubrimiento de Pollock cocinero ocurrió por casualidad. Yo quería fotografiar la casa y punto para un proyecto editorial, pero como soy obsesiva de la alimentación, siempre terminaba en la cocina y la alacena, retratando alguna delicada canasta de rattán, o las viejas ollas de barro. Las evidencias de una intensa vida doméstica estaban por todas partes, en los cubiertos de plata manchados, las cucharas de madera de todos los tamaños, el horno quemado. Helen Harrison, directora del museo, me ubicó 16 recetas originales manuscritas de Jackson y Lee para hacer pan, panqueques de papa y budín de limón. Me puse a investigar y logré encontrar docenas de recetas más, escondidas en los forros de sus libros de cocina y en los bolsillos internos de unas carpetas de consejos domésticos de The New York Times de 1942."
Para ella, eso fue el comienzo de una aventura que la llevó a rastrear a todos quienes conocieron a Pollock para que le contasen de ese costado de panadero y repostero apasionado, jardinero dedicado y amante de la naturaleza. "Mi libro es un homenaje a un tiempo más simple dentro de una vida compleja", resume.
¿Cuáles fueron las principales sorpresas que encontró?
Que las recetas emblemáticas de Pollock eran de repostería pura y dura. Para eso se requiere de paciencia y precisión, dos cosas antagónicas al concepto que se suele tener del hombre que se hizo famoso por tirar baldazos de pintura al piso. Y su obsesión por la confección de panes muestra que, de hecho, disfrutaba de al menos algún tipo de disciplina en el procedimiento. Por otra parte Pollock creaba menúes basados en comida siria, por ejemplo, y hacía sofisticados picnics en las playas salvajes de Montauk recreando un ambiente oriental. Pero su corazón estaba en la comida vernácula americana y su pastel de manzanas se volvió tan famoso después de ganar el concurso de la feria anual de los pescadores locales, que cada año se ofrecía en subasta y la gente pujaba por anticipado para tener más oportunidades de llevárselo a casa.

¿Qué tal resultaron las recetas al probarlas?
A primera vista lucen recetas muy austeras, pero hay que recordar que esto era en la época de posguerra. Jackson y Lee eran muy pobres. Muchos de los ingredientes que hoy consideramos tan básicos como la leche, el azúcar, la harina y la manteca eran considerados lujos entonces. Así que no quisimos juzgar las recetas hasta haberlas probado varias veces. Y el maravilloso descubrimiento fue que resultaron deliciosas. Su sencillez de ninguna manera resta en cuanto a sabor, sino todo lo contrario. Que también es una buena lección para cuando cocinamos hoy con tanta disponibilidad de ingredientes.
Uno de los platos más celebrados de Pollock eran los fideos con tuco…
Sí, suena muy básico, pero Jackson, que creció en la América profunda, recién probó los espaguetis por primera vez a los 18 años. Fue en la casa de Thomas Hart Benton, bajo cuya tutela estudio arte en la década del 30. Cuando la pasta llegó a la mesa, Jackson no estaba seguro de cómo comerla. Divertida y encantada con la inexperiencia provinciana de Jackson, Rita, la mujer de Benton, le enseñó cómo envolver los fideos en el tenedor, y prácticamente lo adoptó desde entonces. Durante la Gran Depresión, Rita se lo llevó a Jackson a su casa de Martha's Vineyard, lo alimentó regularmente con los platos del Norte de Italia con los que ella creció y le enseñó a salir al bosque en busca de ingredientes salvajes para darle un toque interesante a la comida aún en épocas duras.
El encuentro con Robyn Lea es en una cena en la casa de fin de semana de unos grandes mecenas de la cultura en Southampton. El grupo de invitados es bastante representativo de lo que queda en el balneario cuando se termina el verano. No hay Kardashians ni multimillonarios haciendo rugir los motores de sus Ferraris, y las socialites están de temporada bien lejos en Palm Beach. Pero sí hay muchos pintores, fotógrafos y escritores que se instalan aquí todo el invierno para enfocarse en su trabajo sin distracciones, salvo, naturalmente, grandes festines con la comida de las granjas de la zona y los frutos del mar. Farm to table o de la granja a la mesa es el término de moda entre la gente cool de Nueva York, que implica conciencia verde por el énfasis en el consumo de productos locales sin necesidad de transporte que emane dióxido de carbono. Hasta en esto, aunque naturalmente por motivos estrictamente económicos, Pollock también fue de avanzada.
Y, por supuesto, la charla gira sobre el artista. Aunque de Andy Warhol a Julian Schnabel pasando por Childe Hassam y Roy Lichtenstein muchos de los grandes popes del arte americano se hayan instalado en un momento u otro en los Hamptons, ninguno dejó una marca tan fuerte en el imaginario popular como Pollock. Las anécdotas abundan. Una de las mejores la contó Dan Rattiner en su libro In the Hamptons. Resulta que el hijo de un farmacéutico local cierta vez pasó a buscar a Pollock, su compañero de tragos nocturnos, por su casa de Springs. Gritó desde la puerta el nombre del artista sin respuesta. Como la puerta estaba abierta, se decidió a pasar al interior por si éste estaba en la parte trasera y no lo podía escuchar. Nunca lo encontró, pero al salir se dio cuenta de que entre el ir y venir había pasado varias veces por encima de una pintura gigante de Pollock puesta a secar en el piso y que sus huellas habían quedado marcadas. Al día siguiente volvió para confesar lo ocurrido, a lo que Pollock simplemente le dijo: "Me di cuenta. Quedó bien. Lo incorporé a la obra".
Hasta la última sobra

También están todas las teorías conspirativas. Muchos siguen creyendo –y hay cierta evidencia al respecto– que Pollock fue utilizado como un arma de la Guerra Fría, y que el expresionismo abstracto fue promovido por la CIA para devaluar el realismo social y sus denuncias explícitas al capitalismo. También las teorías médicas, que dicen que tanto la genialidad como los problemas de comportamiento de Pollock hoy serían tratados como un trastorno bipolar. Y, por supuesto, están todos los escándalos respecto de los Pollock falsos. Desde el documental Who the *$&% Is Jackson Pollock? sobre el camionero que en 1992 compró por cinco dólares en un mercado de pulgas un cuadro luego adjudicado por algunos especialistas a Pollock hasta el hundimiento de Knoedler, una de las galerías más prestigiosas de Nueva York, por vender en 17 millones de dólares un cuadro de Pollock que luego se comprobó tenía un pigmento amarillo que no existió hasta 1970.
Y sobre todo están las charlas sobre cuán espontáneo o no era su arte. Un grupo de físicos estudiaron los trabajos y la técnica de Pollock y sostienen una polémica teoría de que la matemática fractal está detrás de varias obras. Especulan, incluso, con que podría haber intentado expresar la teoría del caos más de una década antes de que esta fuera formalizada.
"Bueno, Pollock siempre negó lo accidental en su obra –sostiene Lea–. Decía que sabía exactamente dónde cada gota de pintura iba a aterrizar. Los estudios científicos nuevos muestran una enorme estructura en su obra, que no es cómo el común de la gente piensa de sus creaciones. Pero si uno mira su cocina desde esta perspectiva de diseño más intencional y estructurada, hay una gran conexión con la forma en la que pintaba."
¿Por qué los Pollock decidieron mudarse a East Hampton en 1945?
Después de las privaciones de la Segunda Guerra, y el racionamiento en Nueva York, Springs era como un auténtico Jardín del Edén. En la primavera y el verano había una auténtica cornucopia de frutas y vegetales prácticamente –si no totalmente– gratis. Para Jackson, que descendía de granjeros, era un gran orgullo regalar frutos perfectos de su huerta a sus conocidos. Pronto convencieron a otros artistas de instalarse en Springs cerca de ellos. No es sorprendente que muchos compartieran su interés por la comida, y una apreciación exaltada del color, la forma y la belleza de los ingredientes naturales que podían conseguirse en el campo, y su presentación final del plato. Se armó lo que hoy llamaríamos un círculo foodie a ultranza. Desde un punto de vista artístico y creativo, para Jackson también resultaba un paraíso por estar lejos de las distracciones y, sobre todo, tentaciones de la ciudad.
¿Y para Krasner?
Muy distinto. Una casa en los Hamptons en vez de un departamentito en el West Village de Manhattan como el que tenían le significaba la posibilidad de invitar gente influyente a pasar el fin de semana, cementando así sus contactos comerciales con los poderosos del mundo del arte para su marido. Pronto en este círculo artístico-gastronómico que habían armado empezó la competencia. Amigos eran dejados de lado en las invitaciones a las fabulosas cenas de Lee para que ella pudiera cimentar las relaciones con los curadores, galeristas y críticos y la atención recayera exclusivamente sobre Jackson. Su confianza en la cocina iba creciendo con cada estación en Springs, y, a la par de esto, su determinación de promover la fama de Jackson con los poderes culinarios de ambos. Empezó por invitar a un asistente de Peggy Guggenheim y terminó invitando a Peggy Guggenheim misma, copiando para ella a los surrealistas que hacían festines inspirados en Medio Oriente. Un préstamo de Peggy les había permitido comprar la casa de East Hampton. No era el momento de parar.
No todo era alegría en la cocina, sin embargo. En ella Pollock hacía intentos desesperados por superar su adicción al alcohol, con recetas en base a licuados de repollos de Bruselas y diente de león. "Encontramos un folleto escondido dentro de un libro de cocina de Nueva Inglaterra con un régimen que se suponía mejoraría su salud y eliminaría su necesidad de beber, que se notaba cómo había sido leído, resaltado y ensayado infinidad de veces. Y hay varias recetas, como una de borscht, donde más allá del sabor y nutrientes de la sopa de remolachas, lo que se buscaba era que fuese una cura natural para sus problemas", cuenta. Pero fuera para agasajar a sus invitados o para intentar desintoxicarse y abandonar el alcohol, a todo lo preparaba de la misma manera: "Aprovechando hasta la última sobra; guardando todos los restos para la próxima; usando un color o forma y luego otro. Nunca había nada para tirar", sostiene su sobrina Francesca Pollock, en el libro de Lea. "La pintura, como la cocina, para él era una forma de vida".





