
Cómo hacerle frente al malhumor crónico
Si usted tiene un día de malhumor, es posible que estas líneas le parezcan pobres, banales y tontas. Si fuera así y, por ejemplo, estuviera leyendo el diario matinal con el café con leche, probablemente sentirá que el mundo es un error de los dioses, y que el café está frío, tanto como gomosa la medialuna.
Quizá deba recordar si al levantarse lo hizo ubicando sobre el piso el pie izquierdo en primer lugar. Algunos adjudican a ese detalle la existencia del malhumor, ese estado crispado u oscuro que hace que toda la realidad sea vista como hostil y negativa, como si todo pensar fuera por un camino que termina en el comentario "mala onda" del caso, sin demasiados términos medios.
Universidades primermundistas deben haber gastado sus buenos dólares para desentrañar si la causa de ese malhumor, sobre todo el crónico, se origina en algún recóndito gen, en una fallida química cerebral o, quizás, en causas externas, de esas llamadas "ambientales", sean éstas conscientes o no.
Las conclusiones de esos estudios seguramente suenen más creíbles que aquello del pie izquierdo, explicación folklórica que de hecho señala lo arbitrario del aparecer del malhumor, al menos, en un gran número de casos.
Algunas mujeres lo atribuyen a temas hormonales, algunos hombres lo relacionan con la derrota de sus equipos de fútbol; otros, sean mujeres o varones, no tienen la menor idea de cuál es la causa por la que, ese día, y no otro, amanecieron con ganas de nada, con irritabilidad, con poca paciencia hacia sus seres queridos y una propensión al conflicto generalizado, con riesgos de peleas a la hora de manejar, conflictos en el trabajo y, por supuesto, los consabidos problemas conyugales o con la familia, con la cual el malhumorado se las "agarra" con facilidad.
Los prudentes sabrán que si ese estado de ánimo perdura días, meses y hasta años, ameritará una revisión que abarque cuerpo y alma para entender a qué se debe la amargura del caso.
Si la vida no es feliz, si hay alguna dolencia oculta, si hay que modificar circunstancias o ideas de la vida para andar por ella de mejor talante, podremos decir que el malhumor es un buen mensajero de ese "algo" que hay que revisar y que, posiblemente, se barre bajo la alfombra.
Pero digamos que no todo malhumor es tan dramático. A veces es cansancio acumulado, una disputa no resuelta que molesta como piedra en el zapato o una manera de "engancharse" con temas cotidianos que, al no encontrar salida, quedan dando vueltas. Banal o no, el malhumor dice algo de nosotros, de ese día en especial o de la vida que estamos viviendo.
Es verdad que si usted gusta de ver siempre lo que falta, pretende que otros le solucionen la vida, o busca los defectos a todo, la retroalimentación del malhumor lo llevará más allá de las fronteras de lo insufrible.
Hay maneras de pensar que propician el malhumor. Por ejemplo, una cierta ingratitud frente a la vida, que nos ha dado mucho, pero no todo lo que creíamos que merecíamos. Tienen malhumor asegurado aquellos que se sienten acreedores de la existencia, y viven buscando que esa existencia les pague "lo que les debe". Tampoco hay que malhumorarse con el malhumor. Es parte de nuestra vida y esa pretensión "zen" de andar con sonrisa beatífica perpetua no lleva a buen puerto.
Quizás haya que ser cuidadosos en las mañanas, con aquello del pie izquierdo? ¿quién sabe? Ante el misterio de tantos malhumores que vienen y van, más allá de que muchos pueden explicarse, vale la prudencia, no sea cosa que hoy sea uno de esos días y nos perdamos el rico gusto del café con leche y lo crocante de la medialuna que nos tocó en suerte.






