Como la hiedra

Guillermo Jaim Etcheverry
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22 de mayo de 2005  

Al admirar la frondosa hiedra que adorna el jardín, comprendemos que ha crecido como lo ha hecho gracias al apoyo firme que le brindó la pared que cubre. A la vez que le proporcionaba sustento, ese muro oponía resistencia a su desarrollo. En otras palabras, al limitar y ordenar el que podría haber sido su crecimiento anárquico, la pared permitió que la hiedra se elevara en lugar de reptar a ras del suelo.

Durante su reciente visita a Buenos Aires, Fernando Savater volvió a glosar esa metáfora que, a propósito de la educación, utilizó hace un tiempo en su libro El valor de educar. En uno de sus párrafos señala: "Los niños crecen en todas las latitudes como la hiedra contra la pared, ayudándose de adultos que les ofrecen juntamente apoyo y resistencia. Si carecen de esa tutela, no siempre complaciente, pueden deformarse hasta lo monstruoso".

Esta es, tal vez, una de las síntesis más logradas acerca de la esencia de la tarea que enfrenta quien asume la responsabilidad de educar a niños o jóvenes. Lo es porque conjuga los dos elementos que definen toda educación: el apoyo resistente. Apoyo porque educar es, ante todo, alentar, estimular el crecimiento, entusiasmar. Pero ese apoyo es inseparable de la resistencia que es imprescindible ofrecer para educar, tarea que –como afirma Savater– no siempre complace.

Apoyar limitando, estimular guiando, ésas son las condiciones esenciales que debe respetar quien encara las etapas precoces de la educación. Cuando, como en estos tiempos, aceptamos que los recién venidos al mundo no sólo no requieren apoyo de los adultos, sino que hasta llegamos al absurdo de sostener que somos nosotros quienes debemos aprender de los niños, destruimos el principio mismo de la educación, que consiste, precisamente, en brindarles esa compañía inicial que les permita introducirse en un mundo que ya está allí cuando ellos llegan. Hoy, la convicción de que el mundo comienza cada día, con cada nueva generación, está haciendo imposible todo esfuerzo serio de enseñar algo.

Por otro lado, se generaliza la idea de que la educación es una imposición intolerable sobre la libertad del otro. En lugar de pensar que constituye un requisito, una etapa para poder ejercer plenamente esa libertad, se sostiene que la coarta. Por eso es que la absurda tolerancia actual, la cómoda resignación ante la dificultad de enseñar, el horror ante la necesidad de hacer respetar reglas, no oponen resistencia alguna a las personas, lo que las deforma hasta lo monstruoso. Lo mismo que le sucede a la hiedra cuando carece de apoyo y de límites.

Nuestra rápida retirada de la responsabilidad de cumplir la función de adultos –el muro que apoya y limita– es lo que explica mucho de lo que sucede en la sociedad actual. Creciendo como organismos salvajes, abandonadas, sin reparos firmes, las personas exhiben hasta con orgullo sus deformidades; entre ellas, la ignorancia producto de nuestro desinterés. Ser padre o maestro –en otras palabras, intentar educar– supone estar ahí durante el período de formación; como la pared, apoyar, ejerciendo una resistencia incómoda, antipática, poco agradable. Implica brindar, como también afirma Savater, ese "apoyo resistente, cordial pero firme, paciente y complejo que ha de ayudarlos a crecer rectamente hacia la libertad adulta. En esencia, los mayores representan para los hijos o los jóvenes algo muy poco simpático que es el tiempo, la necesidad, la tradición. Son testimonio del hecho de que, de alguna manera, nadie viene al mundo a iniciarlo, sino a soportarlo y, si acaso, a intentar mejorarlo. Si puede". Educar a una persona es apostar a que podrá hacerlo.

El autor es educador y ensayista

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