
Confirmado: existe la gente feliz
La Revista salió a la calle un lunes a la mañana, bien temprano, el peor día y la peor hora de la semana. La consigna era: si encontramos una persona sonriendo, debería revelar su secreto: ¿cómo es posible alcanzar el Nirvana entre tanto nerviosismo y stress?
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E l objetivo de encontrar gente feliz un lunes parece inalcanzable. No han pasado cinco minutos y fotógrafo y cronista ya están desanimados.
Es como buscar un vestido de bambula en el placard de Mariana Nannis.
Sin embargo, de manera sorpresiva, entre el odio aparece una cara que silba. El tipo va por la vereda en la que da el sol; fotógrafo y cronista van por la de la sombra.
-Todos los días me levanto feliz -dice el hombre. El silbador se llama José Martínez y tiene 47 años-. Siempre trato de quitarle importancia a las cosas negativas y de dársela a las positivas", explica.
Está contento porque viene haciendo unos cursos de climatización (es técnico en esa área y tiene una pequeña consultora con dos socios), porque aprendió a manejar computadoras y porque sus cuatro hijos están bien, entre otras cosas. Se separó hace cinco años, pero ni siquiera eso parece haber alterado su silbido.
-Para vivir feliz trato de programar de un día para otro todo lo que tengo que hacer, ya sea positivo o negativo. Y a la mañana me levanto con lo positivo en vista, mientras que lo negativo pasa a un segundo plano. Yo creo que basta con estar vivo para ser feliz. La gente se queja, pero si no te gusta la sombra te podés pasar a la vereda donde hay sol.
Sus amigos le decían Isidorito por su tendencia a juntar unos pesos y partir todo el fin de semana a Mar del Plata. A Martínez también le gustan las mujeres, se nota, pero no tiene novia. "Me gustaría", dice, y deja entrever que no ha encontrado a la señorita que comparta su optimismo.
F otógrafo y cronista se despiden de Martínez con la convicción de que no habrá otro igual. Ambos son huéspedes permanentes de la noche porteña y no sabían que todo era tan feo un lunes a la mañana. En realidad, fotógrafo y cronista desconocían el significado de la expresión lunes a la mañana. Ahora comprenden de qué habla Ernesto Sábato cuando alude a la realidad atroz.
El fotógrafo, que es un excelente profesional, observa a alguien contento. Es un muchacho que va con su walkman. Tararea algo, por lo que se puede suponer que lo que escucha es música y no un informativo de AM; si está tarareando las noticias, ese muchacho precisa ayuda psicológica urgente. Pero no: es un cassette de La Renga, un grupo argentino de rock.
-La música me pone muy bien -dice Marcelo Galván , de 20 años.
-¿Y estás feliz, más allá de la música?
-Sí. Pero no tengo idea por qué. Quizá porque en la vida me van bien muchas cosas. Por ejemplo, estoy hasta las manos con mi novia. La conocí hace tres meses. Ella era lo que me faltaba.
Galván, que es empleado en una casa de comidas, sostiene que pudo solucionar algunos problemas familiares. "El problema era yo, pues salía mucho, y lo modifiqué. En el colegio me va bien y mi laburo me gusta." Posee una fórmula para estar contento y la comparte: "No hay que dejarse llevar por lo que pasa en la calle".
"Tengo lo fundamental para estar bien -concluye-. Sólo me falta terminar el secundario y empezar a estudiar psicología. Con eso voy a estar completo."
M uy de tanto en tanto aparecen personas contentas. Algunas no quieren fotos ni entrevistas. Arguyen apuro o directamente se escapan; deslumbra la habilidad que tienen para sortear gente a la carrera. Es probable que piensen que todo es un truco para sacarles una foto y vendérselas, aunque deberían advertir que el fotógrafo carece del imprescindible pony.
Atención, amigo lector: ahí, por Florida, va una chica joven, alta y muy bonita. Va sonriendo, y es lógico. Es una mujer hecha para sonreír toda la vida. Dice que está contenta, que se llama Grisela Loureiro y que tiene 22 años. Y sigue contenta a pesar de que el fotógrafo es obsesivo y la somete a una sesión exigente, como corresponde a todo gran profesional.
-¿Y por qué estás contenta?
-Qué sé yo... Me fue bien en los parciales. Estudio Administración de Empresas. Además, estoy enamorada.
-¿Hace poco que estás de novia?
-No estoy de novia, todavía. Somos amigos de la Facultad. Yo estoy reenamorada y él también de mí. Pero es como todos los hombres: tiene miedo de decírmelo porque tiene miedo de rebotar.
Loureiro debe ir a ocupar su puesto de secretaria en el Ministerio de Economía. Tiene trabajo, belleza, salud y amor; es evidente que no necesita de ninguna pitonisa, de ningún brebaje. La pregunta que sigue surge de manera casi burocrática, porque la respuesta es obvia.
-¿Sos feliz, entonces?
-Nadie es feliz.
-¿Cómo?
-Nadie es feliz. No me siento una mujer feliz. En la vida hay tantas cosas felices como infelices. El trabajo en el que estoy no me gusta nada y las cosas con mi familia no están mal, pero tampoco excelentes.
Además, estoy acomplejada con mi cuerpo.
-¿Acomplejada? ¿Vos?
-Sí. Sé que no soy fea, que no soy una gorda horrible, pero podría estar más flaca. Podría estar mejor -dice.
He aquí una persona más inconformista que el Che Guevara. No puede ser que este adorable junco no esté conforme con su peso.
E n la vereda del Palacio de Tribunales una pareja joven es muy feliz.
Ríen. Caminan apretaditos. Son muy juguetones. Si se dedicaran a tocar música del Caribe, bien podrían llamarse Los Reyes del Arrumaco. Los otros juristas que caminan por esa vereda tienen cara de pleito perdido. En cambio, la pareja ha ganado un juicio multimillonario.
Pero no son abogados. Claudia Jablowski , de 23 años, se recibió hace poco de maestra y trabaja de empleada administrativa; Martín Askenasi , de 26, estudia Ingeniería de Sistemas y anda buscando trabajo.
Están felices porque se encontraron en la calle de casualidad, aunque él admite que ayudó un poco al azar. "Somos pareja desde hace cuatro meses y nos llevamos más que bien. Y estar con alguien con el que te llevás tan bien es una parte importante de la felicidad", afirman.
De nuevo a la calle Florida. Una señora feliz no quiere hacer declaraciones. Otra señora contenta se escapa. El fotógrafo, que es un gigante del deporte, propone un recurso expeditivo: el tackle. El cronista le explica que al entrevistado lo precisan vivo. El fotógrafo finalmente olvida su delirio de All Black, entre otras cosas porque ahí, en una galería, parece haber algo.
Es un muchacho que tiene traje y teléfono celular. Mira la vidriera de una óptica. A esta altura, ya no hace falta ver una sonrisa o escuchar un silbido o un canto para encontrar a la persona feliz. Porque el hombre no sonríe ni silba ni canta, pero es como un monumento a la placidez entre tanto monumento a la tensión. Se le nota que es feliz.
"Generalmente, a la mañana estoy feliz. No tengo razones para no serlo.
Yo creo que soy feliz", confirma Ricardo Dujo, de 30 años.
Las razones de su alegría son sus dos hijas. Ambas son lo mejor que le pasó, junto con haber conocido a la mujer con la que vive. "Fue hace seis años -recuerda Dujo-. Ella cambió mi vida en un ciento por ciento." A pocas cuadras de ahí, una mujer sonríe. No le sonríe a nadie...
-Venía sonriendo porque en la empresa donde trabajo, acaban de elogiarme mi labor de todo el año. Y eso me pone muy bien -relata Viviana Mangicavalli , de 27 años y profesora de inglés-. ¿Si soy feliz? ¿Por qué no serlo? Tengo unos padres y unos hermanos maravillosos, unos amigos bárbaros y mi trabajo me encanta. Creo que no hay una clave para ser feliz, aunque es bueno no hacerse problemas por cosas insignificantes.
La búsqueda continúa. El objetivo de los cronistas es más que osado: se trata de encontrar una persona mayor que sea feliz. Y el fotógrafo la observa; cual cola de mastín ante la presencia de una liebre, su brazo se estira, se pone rígido y señala la presa. Junto a una boca de subte está el hombre que se necesita. En realidad, hace treinta años que está allí: es el eterno lustrabotas de esa esquina, y se lo ve jocoso.
-Soy completamente feliz porque vivo mi vida y tengo una familia bárbara: un hijo -que lustra acá cerquita-, una hija, una nieta y un bisnietito que es lo más grande de todo -dice Agustín Hortensio Gómez y muestra su llavero, en el que sonríe el bisnietito.
Gómez empapeló una de las rejas de la boca de subte con entrevistas suyas que han aparecido en diversos medios. También hay fotos en las que se lo ve más joven y más fuerte, con varios años menos de los 63 que tiene.
-¿Es feliz con su trabajo?
-No me puedo quejar de lo que hago, pues me permite sobrevivir. Y el trabajo es muy importante. Yo no falto nunca, caiga lluvia o piedra.
Aunque no lustre un solo zapato, vengo. Si me sacan este trabajo me muero, porque tengo muchas amistades, y muy buenas. Yo creo que una persona que anda un poco desviada en la vida es porque no quiere andar.
El momento más feliz en la vida de Gómez fue cuando se arrodilló ante Juan Domingo Perón, durante su segunda presidencia (la de Perón). Y se arrodilló para lustrarle los zapatos. Pero Gómez, firme de espíritu, no medró con su cercanía al poder: "Yo pude estar muy bien, pero nunca le pedí al general una casita o algo. Lo mío lo hice yo, a sudor".
Gómez está separado de su esposa. No es muy claro en este tema. Dice que ella se enfermó y que sigue enferma. Se pone a evocar la piecita que él tenía en Lavalle y Esmeralda, y guiña un ojo.
-¿Por qué guiña el ojo?
-Porque yo bajaba del departamentito mío y me iba a milonguear, a comer a los restaurantes.
-¿Y su esposa?
-Ya estaba solo. Mi mujer se había enfermado mentalmente. ¿Si eso me afectó? No, porque eso lo manda Dios. Además, si una persona está mal, para qué vamos a estar mal los dos.
Según él, la clave para ser feliz si se está casado es la siguiente: "Que vos salgas a la mañana y tu mujer tenga un beso y una sonrisa y vuelvas a la noche con un beso y una sonrisa". Y la otra clave es religiosa: "Yo me levanto feliz, siempre con Dios. A la mañana salgo con Dios en la cabeza y vuelvo a la noche con Dios en la cabeza".
También dice que le gusta divertirse.
-¿Las mujeres son una parte importante de su felicidad?
-Sí.
-¿Qué es lo que lo haría más feliz todavía, Agustín?
-La felicidad más grande que Dios me podría dar es la de sacarme un premio importante y poder irme al campo. Y tener una flor de Chevy. Y un chofer. Y unas buenas hectáreas con animales: todas ovejas. Y un caballito o dos para los sábados y domingos.
-¿Para correr mujeres?
-Para correr en las cuadreras, papá. Y para ir a comer asado. Y para ir a las milongas. Eso es lo mejor.
E l Centro se va poniendo más espeso. Es un grumo de gente. Fotógrafo y cronista vuelven a lanzarse al grumo.
-Ahí. Mirá ese pibe. Está sonriendo. ¿No ves nada, vos?
Eso dice el fotógrafo, que ya está un poco agrandado. Descubrió dos o tres personas felices y se lo refriega en la cara al cronista. Será un excelente profesional, pero como ser humano deja muchísimo que desear.
-Lo que pasa es que venía con un amigo. Comentábamos lo que había pasado en un casamiento al que fuimos el sábado -dice Jorge Castro.
No es una explicación razonable. No es posible que la alegría del sábado haya llegado hasta el lunes a la mañana, teniendo en cuenta que hubo un deprimente anochecer de domingo entre ambos días. La explicación la da el propio sonreidor:
-Soy feliz. Tengo buenos amigos y tengo unos padres espectaculares; mi padre es como un amigo para mí -dice Castro, que tiene 24 años, estudia Ciencias Económicas y trabaja como cadete en un estudio contable-. Me ocurren cosas malas como a todo el mundo, pero no hay que darles demasiada importancia. Esa es la clave.
Estos dos talentosísimos trabajadores del cuarto poder tienen ganas de tomar un café. Evalúan la posibilidad. Pero tienen también una inusual contracción al trabajo y saben que, cuanto más temprano hagan la búsqueda, más genuinamente feliz será la gente feliz que encuentren. A la hora del almuerzo, por ejemplo, hasta al más desdichado se le puede caer un gesto de alegría, sobre todo si su futuro inmediato pasa por un tenedor libre o por un robusto sánguche completo de milanesa (el término sándwich debe aplicarse cuando lo que va entre panes es algo un poco más glamoroso que una milanesa o unas fetas de morcillón).
Buscar gente feliz agota, da hambre y pone de muy mal humor a cualquiera. El fotógrafo, que es horrendo como ser humano aunque excelente como profesional, dice, estoico, que hay que seguir trabajando. Deciden buscar un entrevistado más y a otra cosa mariposa.
Por la calle viene una moza de bar. Lleva una bandeja sobre la cual humea un cortado muy espumoso. El mensaje divino es clarísimo: "Muchachos, paren para tomar un café; se lo merecen porque son dos grandes profesionales, sobre todo el fotógrafo". Pero el fotógrafo no capta la señal divina. Es un Robocop de la imagen: no come ni duerme hasta encontrar la toma ideal.
Cuando las miradas se desvían del cortado, comprueban que la mujer que lo lleva va sonriente, plena.
-Estoy feliz porque es un día lindo. En realidad, siempre estoy feliz - dice Eliana Acosta, de 18 años-. A pesar de todas las cosas que pasan, me va bien. Soy feliz porque tengo dos hijos, que son lo más importante de mi vida, y porque con mi familia está todo bien. Además, mis compañeros del café en el que trabajo son muy buenos. Eso es importante. Y aunque no gano demasiado, la plata me alcanza.
Su primer hijo lo tuvo a los 14 años, y el segundo a los 15. Acosta no está casada ni en pareja. Simplemente tuvo los hijos. Y no los ve como una carga.
-Para nada. Al contrario. Me encanta haber tenido dos hijos. Es mejor tenerlos de joven. Me crio con ellos y aprendo más de la vida. Con ellos aprendí mucho más.
Para ella, la vida es linda y, si le pasa algo malo, trata de olvidarlo rápido. "No me gusta estar mal", explica, y dice que sería más feliz aún si pudiera formar una pareja e independizarse, pues vive con su madre.
-La clave para ser feliz es dejar los problemas de lado. Yo tengo problemas, pero no pienso en ellos. Mi papá murió hace un año y ese hecho me bajoneó. Pero lo superé. Estuve muy mal, pero ya pasó. Pienso que él está bien donde está; él me dejó muchos recuerdos muy lindos -dice con dulzura-. Lo que más quiero ahora es que mis hijos crezcan bien y que también sean felices. Nada más.
Texto: Hernan Ameijeiras Fotos: Daniel Pessah






