Congelados en el tiempo: el exitoso negocio “extinguido” que perdura en el barrio porteño más cool, “Esto termina conmigo”.
Marcos Rago es uno de los referentes de su rubro; sobrevivió porque supo actuar rápido en los cambios de época
10 minutos de lectura'

Cuenta un videoclubista (sí, todavía los hay) que, hace no demasiados años, más precisamente en 2004, él y muchos de sus colegas llenaron el salón más grande del hotel Bauen de la avenida Callao. El objetivo era crear una comunidad que los uniera para negociar con las editoras de películas. Una cámara. El ejemplo da cuenta de lo masivo que era ese rubro.
Antes de que llegaran las plataformas (streaming), el videoclub era el lugar por excelencia a donde todos iban a alquilar films. Entrar en uno de ellos era una experiencia emocionante, casi lúdica. Se podía estar horas ahí dentro, dejándose llevar por el olor de las cajas y la variedad de títulos y colores en los posters.
No existía un control sobre su distribución, calidad o cantidad, como sí ocurría, por ejemplo, con las farmacias. Eso no lo medía nadie. Podía haber hasta 6 en una manzana. O 10. Hoy la cifra es muy diferente. Marcos Rago, uno de los sobrevivientes, cuenta que esa abundancia desregulada fue uno de los factores que hizo desaparecer a la mayoría.
El trato personalizado y la piratería: “Están en extinción”
Repartidos en distintas ciudades del país, unos pocos videoclubes todavía se las ingenian para subsistir. En toda la Argentina perduran unos 200, mientras que, en la ciudad de Buenos Aires, menos de 10. Sobre ellos hay una verdad casi heroica: los pequeños, los de barrio, le ganaron la pulseada a Blockbuster. ¿Quién lo hubiera dicho? “Nosotros teníamos algo que ellos no”, explica Rago, y detalla: “brindábamos trato personalizado”.
Por supuesto que el gigante estadounidense no fue el único obstáculo que tuvieron que sobrellevar. Previamente, debieron enfrentarse con la piratería: con los “manteros que vendían cualquier película, pero trucha”. Y hoy, los pocos que permanecen estrujan sus mentes, se esfuerzan horas y horas para diferenciarse de Amazon Prime, Netflix, Paramount+ y otros modelos de suscripción: “Buscamos la manera de ofrecer algo diferente”.
Marcos, que es “un loco del cine francés”, todavía mantiene su local: es el manager de “Blackjack”, que está en pleno Palermo Soho, a pocos pasos de plaza Armenia, metafóricamente “congelado en el tiempo”. Asegura que allí tiene “joyitas difíciles de conseguir”.
En contra de toda lógica y corriente, se mantiene estable en el mercado, le compite a todos y renta cientos de películas al mes. Hasta tiene abonados y clientes fijos. Y sus ingresos mensuales le bastan para pagar el alquiler y vivir bien. Nada parece ponerlo nervioso: ni el auge de las plataformas ni la piratería de films. Se fía de que sus clientes siempre van a volver porque “Netflix tiene un algoritmo, pero yo... yo soy un algoritmo viviente”.
“3 pesos con 30 centavos”
En el secundario, Marcos era el único de sus compañeros que contaba con una videocasetera. “Todos se auto invitaban a mi casa para ver películas”, dice. Él ya era un enfermo del cine: había visto La naranja mecánica “más de un millón de veces”.
Blackjack abrió el 20 de noviembre de 1989, pero él no era propietario. Lo había inaugurado Gabriel, un amigo suyo, con dos socios. Ellos querían hacer una diferencia y vender. Y Marcos se oponía a eso, pero no podía hacer nada, él era un simple cliente...
Entonces le propuso a su amigo la idea de abrir un local juntos. Pero, antes de recibir una respuesta, pensó en una idea incluso mejor: comprarle a los socios de Gabriel sus respectivas partes y y quedarse ellos dos con el negocio. La ejecutó. Un tiempo después adquirió la porción de su amigo y quedó como único propietario. Marcos estaba “en su salsa”.
-¿Cuánto cobraste por el primer alquiler de tu vida?
-Recuerdo el número perfectamente: ARS 3,30.
-¿A quién le compraban las películas?
-A las editoriales. Ellos te mostraban el catálogo y te ofrecían esto o lo otro. Pero vos podías tener tu imaginación también, decidiéndote por películas viejas, de directores que te interesaran. Era una tarea de cinéfilo, te diría que hasta de curaduría de museo.
-¿Cuál fue la primera película que te alquiló un cliente?
-Recuerdo que empecé con dos películas. Eran bastante berretas, je. Una se llamaba Stanley e Iris, con Robert de Niro. La segunda era Lover boy, sobre un repartidos de pizzas que recibía consejos de amor de mujeres ricas.
Del Betamax al VHS y del VHS al DVD
Los videoclubes debieron atravesar muchos puentes peligrosos. Uno de ellos fue la aparición de las películas en la televisión de cable. Otro, el surgimiento del DVD. Luego vino el auge del Blu-Ray, un fracaso en el cual varios invirtieron mucho dinero que nunca pudieron recuperar...
Todas esas circunstancias actuaron como peldaños peligrosos. Como filtros en los cuales algunos emprendedores tuvieron que cerrar negocio. Pero Blackjack fue de los primeros en adaptarse al formato CD, lo que le permitió sacar ventajas ante la competencia y ante los cambios de época.
“Yo trataba de explicarles a mis clientes que los casetes no se iban a editar más y que tenían que ir pensando en comprarse reproductores de DVD”, cuenta Rago. “En el 2001 todavía había decenas de editoras de VHS, mientras que solo 5 o 6 de DVD. Pero eso se dio vuelta rápidamente”, agrega.
-¿Cómo calculabas el stock necesario para que fuera un buen negocio?
-Si salía un estreno importante como hoy lo es Top Gun Maverick, podía llegar a comprar ocho ejemplares. Blockbuster tendría 50 del mismo. 50 contra 8. Las películas de las que más ejemplares tenía eran Titanic y Jurassic Park 1, con 12 de cada una.
Él se adaptó al cambio exitosamente. Lo mismo hicieron muchos otros locales. Sin embargo, la inauguración de la era digital, que conllevaba la aparición de la banda ancha, generó nuevos estorbos. Por un lado, se masificó la piratería: muchos jóvenes comenzaron a descargarse el material desde internet.
De ella llegó la competencia desleal, con los manteros vendiendo material en la calle. También la leal: en las zonas más populares llegaron a haber hasta 6 videoclubes por manzana, hasta 3 pegados en fila. Incluso más.

Para generar algo de unión en un rubro anárquico, en 2004, la gran mayoría de los video clubistas argentinos formaron la Cámara Argentina de Videoclubes. Sirvió para el trato con las editoriales argentinas; para negociar precios y beneficios con ellas. También les fue útil para juntarse -sin éxito- contra un impuesto que les sustraía el 10% de sus recaudaciones mensuales, el “impuesto a los videos grabados”.
-¿Cómo era y cómo es ahora tu sistema de alquiler?
-Siempre fue así: si la caja de la película está es porque la tengo disponible. Antes era de un día para el otro, yo rogaba “traémela mañana”. Si no cumplían, cobraba una multa de demora. Hoy te la podés quedar hasta una semana, al menos que sea un estreno, ahí te pido que la traigas a los dos días. El alquiler cuesta ARS 300. Y la compra, ARS 700.
-¿Cómo definís el precio?
-Sale más o menos parecido al cine en el día de promoción. Un poco menos. También me guio por el precio del alquiler en Alemania. Recuerdo que en 2014 la gente dejaba un euro en una jarra. Entonces me fijo que, más o menos, el alquiler cueste un euro.
-¿Cuántas películas tenés?
-Tengo alrededor de 15 mil películas.
-¿Qué dirías que es lo más especial de los videoclubes hoy en día?
-Mi negocio (el mío, por lo menos) no es solamente tener el estreno, no es tener... Top Gun Maverick. Yo busco ofrecer una de Godard o una de Fellini… Esas no las encontrás en las plataformas.
-¿Sigue existiendo el sistema de socios?
-Eso sí, lo tengo. Te ofrezco un abono de 5, 10, o 20 películas. Lo pagás por adelantado y te dura hasta un año. Tenés 365 para llevártelas y verlas.
-¿Hay gente que se las queda, que no las devuelve?
-Poco y nada... La gente que viene acá decide ver algo diferente y lo valora. Es raro que alguien se quede con la película. Puede ser por un olvido, pero no porque tengan la intención.
-Más o menos... ¿Cuántos clientes recibís por día?
-Pueden venir 20 personas. Eso es lo normal. Pero eso no quiere decir que alquile 20 películas al día. Hay gente que viene a charlar y no se lleva nada. Y luego hay otros que vienen y se llevan muchas.
-¿Cuál es el promedio de edad de tus clientes?
-Reconozco que la mayoría son mayores de 50, pero vienen de todas las edades. Por ejemplo, el otro día vinieron dos estudiantes de cine, dos jovencitos. Empezaron a mirar, bien curiosos. Era como si estuviesen entrando a un museo…
-En un tiempo no muy lejano se van a dejar de fabricar las reproductoras de DVDs, ¿qué solución ideás para cuando llegue ese momento?
-Ese miedo está, pero yo veo que en EEUU aun las fabrican y aun venden películas en DVD. Mientras allá exista el mercado, por derrame va a seguir acá. Además, cuando no haya reproductores, los DVDs todavía se podrían ver en una laptop conectada al televisor con un cable HDMI.
“Le gané a Blockbuster porque soy un apasionado”
-¿Qué le pasó a Blockbuster?
-Blockbuster llegó a la Argentina para hacer un negocio y se fue cuando notó que no funcionaba más. El videoclub, como negocio, está extinguido. Yo sigo porque soy un romántico y un apasionado de lo que hago. Además tuve la suerte de no haber tenido ningún Blockbuster tapándome. El más cercano estaba a seis cuadras.
-¿Todavía te rinde alquilar películas?
-Sí, sí. Si no, no estaría acá. Además yo sigo porque no es un negocio con mucho poder de reventa.
¿Por qué fue desapareciendo el videoclub?
-Yo creo que el videoclub se mató solo. Porque en el momento, cuando podíamos trabajar bien, la gente era muy individualista. Todos se querían salvar solos. Hacían cualquier cosa, atendían mal y, para colmo, no supieron contrarrestar la piratería. Además abrían uno al lado del otro... Vos tenías que ser inteligente y abrir en una zona donde no hubiera locales. Había demasiados… Eran como termitas que se iban consumiendo y que le quitaban lugar a los buenos.
-¿Tenés alguna “joya inconseguible” en tu catálogo?
-Tengo una joya que no sé si es inconseguible… Una edición del Malba de “Invasión”, una película argentina guionada por Borges y Bioy Casares. Es una joyita.
-Dijiste que te gusta mucho el cine francés. ¿Una recomendación para los lectores?
-Te voy a dar dos. Manon del manantial y Jean de Florette, con Daniel Auteil, que es mi actor francés favorito. ¡Ah! Una más, La sombra del pasado; no es francesa pero es un peliculón.
Rago sabe que su negocio está congelado en el tiempo. Especialmente porque, a diferencia de otros colegas, él no incursiona en el negocio de los libros o los vinilos. Solo vende y alquila DVDs. Ante la pregunta sobre el futuro de Blackjack, es determinante: “Esto termina conmigo”.
1Este es el tipo de magnesio ideal para prevenir el estreñimiento a corto plazo
2En fotos. Desfile de argentinas arriba y abajo de las pasarelas de Paris Fashion Week
3Efemérides del 11 de marzo: ¿qué pasó un día como hoy?
4Laura Romano, nutricionista especialista en dietas: “Ni las medialunas engordan ni las tostadas light adelgazan”






