Coronavirus. Varado en Santa Fe, junto a una amiga idearon un plan para mantener su negocio
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Los pasteles de nata, originarios de Portugal, son conocidos también como Pasteles de Belem gracias a una pastelería que es parada obligatoria para cualquiera que visite Lisboa, la fila es permanente y venden treinta mil pasteles por día. Pero su masa de hojaldre y el corazón de pura crema pastelera puede disfrutarse en Buenos Aires gracias a Luis Infante Da Cámara, un hombre de 60 años que divide sus días entre Portugal y Argentina.
La cuarentena lo encontró en su casa en Santa Fe sin posibilidad de moverse por las normas del país y por temas de salud: a Luis lo operaron del corazón, fuma mucho y tiene un enfisema pulmonar, es un paciente de riesgo. Entonces llamó a su amiga Sofía para que lo ayude con el negocio.

La ayuda de una amiga para sobrevivir a la cuarentena
Sofía Lima vive en Argentina hace 21 años, trabaja para unos inversores que tienen negocios de hotelería y gastronomía. Lo conoció a Luis en una de las tantas reuniones que se hacían en la embajada y se hicieron amigos.
Cuando se autorizó la opción de delivery en el sector alimentos, Luis le pidió ayuda para manejar su local "Nataría Portuguesa" en Recoleta. Tiene otro local ubicado dentro de un hotel en microcentro que al no poder trabajar tapeó el frente por seguridad, así que Luis llevó a sus dos empleadas a trabajar al de Recoleta.
Corrieron las mesas, acercaron el mostrador a la puerta para evitar que la gente entrara y adoptaron todas las medidas de prevención y cuidado. Al ser más empleados se pueden permitir reducir los horarios y el tiempo de exposición en el trabajo.
"Nataría Portuguesa" hacía un poco de delivery a través de Rappi, pero el 90% de las ventas era de gente que iba al local y consumían ahí o llevaban a sus oficinas. "Llevamos tres semanas, se ha facturado muy bien y eso ayudó a hacer frente a los gastos porque estuvimos las tres primeras semanas sin facturar nada y es complicado porque es una pyme muy chica", explica Sofía.
La primera ventaja al ser un monoproducto es que su preparación es más sencilla, además el packaging del producto ya estaba armado como para delivery e incluso Sofía recomienda guardarlo en el freezer que dura tres meses y de esta manera abaratar los costos del envío al comprar varios pasteles de una sola vez, también aconseja buscar la app que resulte más económica según la dirección; otro punto a favor que tuvieron es la cercanía de un supermercado, con el distanciamiento social las filas son tan largas que llegan a la puerta del local y muchos aprovechan para probar el producto.
Las complicaciones de la virtualidad
Pero las complicaciones llegaron por otro lado: se inscribieron en todas las aplicaciones de delivery que hay vigentes, "para los chicos del local son sistemas nuevos, a veces se cae la red de internet y entonces llega el repartidor y no está el pedido computado. A eso se suma el estrés natural al estar en atención al público más allá de los cuidados que tenemos para que los chicos estén cómodos trabajando", se sincera Sofía que, además, cuenta que las apps están colapsadas y cuesta mucho conseguir alguien de las empresas que pueda ayudar ante un inconveniente, por otro lado las comisiones son muy altas y les cambió el plan de negocios. Otro desafío fue con la parte de cafetería, "los vasos descartables, las tapas para los vasos, ahora todo es take away y los proveedores se quedan sin insumos y con la inflación hay que salir a buscar precios porque cambian mucho. También hicimos un gran esfuerzo a nivel comunicación con el social manager porque no es un producto tan conocido en Argentina, él armó toda la estrategia de marketing para redes", cuenta Sofía.
Por su parte Luis no duda en considerarse un poco anticuado de redes, "entiendo poco y no quiero entender mucho, pero tenemos que saber rodearnos bien y, si das en la tecla cierta, es fantástico", dice un hombre que siente que hace muchos años da en la tecla acertada.
El desembarco en Argentina

Luis creció en los campos que tiene su familia por Portugal y se dedicó a trabajar en ellos. Pero hace 23 años un amigo le dijo que quería invertir en Argentina, país al que Luis nunca había visitado, "no tenía muchas ganas de emigrar, tenía familia, tres hijas chicas, era complicado. Pero lo charlamos, vinimos a conocer y me encantó. En tres meses me vine yo solo a buscar campos para hacer una inversión. Compramos uno en Bariloche para hacienda y otro en Salta para invertir en siembra de maíz, soja y poroto para Brasil", al año decidió traer a su familia a Buenos Aires
Pero a los cuatro años y medio la relación con el dueño no iba bien y Luis decidió abandonar el proyecto. Aun así, Argentina le gustaba y le parecía una buena opción dónde invertir. Así que su familia se volvió a Portugal, él se quedó acá y alquiló campos, tuvo su proyecto inmobiliario y compró un campo en San Javier en la provincia de Santa Fe, donde vive. "Toda la familia vive en Portugal menos yo que voy y vengo. No tengo fecha de ida ni de vuelta, puedo estar seis meses seguidos o solo un mes", cuenta Luis que disfruta de viajar y estar en el lugar donde lo necesiten.
La llegada de los pasteles de nata
Entre tantas idas y vueltas la familia pensó en la posibilidad de llevar algo de Portugal. Buscando ideas a su hija se le ocurrió la opción de traer los famosos pasteles de nata a nuestro país, "Le dije estás loca, no es fácil y nunca fui pastelero. Seis meses después me puse en mi cocina junto a la cocinera que trabaja conmigo desde que llegué a Santa Fe a probar y no salía nada. Entonces, vino un mes un cocinero de Portugal que nos enseñó. Agrandé la cocina, importé todas las máquinas y al año tenía una fábrica de 300 metros cuadrados al lado de mi casa. A quienes les compré las máquinas me enviaron un pastelero que recorre el mundo enseñando a hacer los pasteles de nata, estuvo acá dos meses y le enseñó todo a mi cocinera. Hoy ella sabe tanto o más que el jefe y lo maneja perfecto", cuenta Luis del nacimiento de su propia marca con todos empleados y pasteleros argentinos.
Se encontró con muchas dificultades en el camino al no tener conocimiento del tema pero con paciencia y el entusiasmo que lo caracteriza sacó a flote su proyecto. La idea original era hacer distribución por todo el país pero terminó abriendo dos locales en Buenos Aires hace dos años y tres meses, uno en un hotel en microcentro y el otro en Recoleta.
Muchos le han discutido el construir una fábrica en otra provincia pero es que Luis disfruta de vivir en San Javier: "Ya conozco a todo el mundo, tengo amigos, conocidos, el terreno, la fábrica está a veinte metros de mi casa. Era una cuestión de abaratar costos porque si no tenía que comprar terreno en Buenos Aires, mudarme y me sale más barato transportar un camión propio una vez por mes con los pasteles", explica.

Uno de los mayores desafíos fue encontrar los ingredientes locales propios, si bien los ingredientes son sencillos (harina, azúcar, margarina, huevos) lo difícil fue encontrar la mejor combinación de marcas para dar con un producto de calidad. "Hoy tenemos productos de primera y todo nacional", cuenta con orgullo. Que todo sea nacional no es un dato menor para él, esto le permitió no tener trabas para poder seguir cocinando en tiempos de crisis.
"Si te digo que durante mis 35 años en Portugal comí diez pasteles es mucho", se sincera entre risas. Hoy con su propia marca se ha vuelto un experto en sus pasteles que prueba, disfruta y no tienen nada que envidiar a los que se venden en Portugal. Solo vende pasteles y café italiano que consigue en nuestro país para no tener que complicarse con las importaciones, es que Luis lo que quiere es disfrutar de su negocio y no enredarse con la burocracia. "Mucha gente pide que haga algo más porque Portugal es conocido por lo dulce, pero prefiero hacer una sola cosa bien hecha que diez mal, yo sin ser pastelero ya me doy por hecho en hacer esto muy bien", explica acerca de su concepto de mono producto.
Sus pasteles van congelados en su camión que transporta 60mil pasteles a una cámara de frío que tiene en Buenos Aires y luego se distribuyen entre sus locales. "En mi fábrica tengo la capacidad para producir 10 mil pasteles por día, quiero llegar a esa cantidad y ahí parar. Veré si con locales propios, franquicias o locales que vendan entre otros productos mis pasteles. Todavía me falta para llegar a la meta, hoy vendo 1200 pasteles por día y en cuarentena entre 400 y 600 que es bastante bueno, nunca pensé en vender esta cantidad". Luis se siente un privilegiado.
Al cierre de esta nota Luis y Sofía se fueron en un vuelo que brindó la embajada de Portugal para atravesar la pandemia junto a sus familias.
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