Crecer en el siglo XXI: la eterna adolescencia
Son, para muchos, los herederos de Peter Pan: chicos de clase media que no quieren convertirse en adultos. La extensión de la expectativa de vida, la incertidumbre sobre el desarrollo laboral y la sobreprotección paterna son algunos de los factores que inciden en un fenómeno de estos tiempos que promueve la independencia tardía y se extiende por el mundo
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María tiene 30 años, un master en Bélgica y en París, y otro en la Argentina. Cobra la mitad de lo que debería y todavía hoy vive con sus padres porque los números no le cierran. Silvia tiene 31 y es egresada universitaria. A cinco años de haber terminado su carrera, no encuentra un trabajo relacionado con su profesión. Pablo, en cambio, tiene 32 y todavía le faltan cuatro finales para terminar la carrera que empezó hace más de diez.
Demasiado grandes para ser adolescentes y con pocas posibilidades de ser adultos: éste parece ser el denominador común de una generación de jóvenes que hoy tienen entre 20 y 35 años a los que la vida, el destino o su propia inseguridad dejó parados en medio de grandes cambios y los obligó a estancarse en lo que algunos consideran una eterna adolescencia. ¿Comodidad? ¿Generación en crisis?
"No quiero ser nunca grande. Quiero ser siempre un niño", repetía Peter Pan, el niño de calzas verdes que habitaba en el País del Nunca Jamás.
Cuando James Barrie escribió el cuento, en 1904, seguramente no imaginó que el personaje que había creado –Peter Pan, el chico que no quería crecer– se proyectaría, para todos los tiempos, en el síndrome del mismo nombre.
"El síndrome de Peter Pan se puede presentar a cualquier edad. Pero generalmente comienza en la pubertad o en la adolescencia, es decir, en el momento en que hay que desarrollarse. En la pubertad, los jóvenes comienzan a crecer corporalmente, se van enfrentando con la realidad y ahí se realiza el aprendizaje de roles adultos", explica Graciela Peyru, médica psiquiatra y presidenta de la Fundación para la Salud Mental.
En su libro ¿El síndrome de Peter Pan?: los hijos que no se marchan de casa, el psicólogo español Aquilino Polaino-Lorente aborda el origen del problema, más allá de factores como la falta de inserción laboral, y hace referencia a una educación sin responsabilidades ni exigencias, rodeada de mimos así como de soledad. Respecto de este tema, la doctora Peyru explica que el síndrome se puede presentar tanto "por abandono como por exceso de protección, porque la sobreprotección es también una carencia: una falta de contacto con las necesidades verdaderas de los hijos, ya que el adulto se centra más en su necesidad de proteger".
Con 22 años, Agustina Fernández asegura: "Soy una chica posmo (posmoderna, en la jerga). Me da miedo irme de mi casa, porque acá tenés todo en bandeja. En mi casa me siento muy contenida a todo nivel: tengo compañía, diversión, amor, seguridad y ayuda económica". Suena lógico. Las comodidades que ofrece vivir bajo la protección paterna son numerosas: comida, ropa limpia y planchada, la cama siempre lista, contención. Ante este panorama, muchos jóvenes de clase media no encuentran atractiva la idea de independizarse, sino que la perciben como una experiencia en la cual no están dispuestos a aventurase.
"Hay que hacer una diferenciación entre adolescencia y juventud –aclara el doctor Alberto Dasso, médico hebiatra de los hospitales Penna y Garrahan–. La adolescencia es un concepto biológico mientras que el de juventud tiene un fuerte contenido social."
Para el especialista, es el deterioro del sistema industrial lo que hace que "no existan posibilidades de insertarse en el mundo del trabajo por más capacitación que haya. De ahí que esa etapa se expanda y que el concepto de juventud esté tan cuestionado."
En este proceso es fácil advertir también que la unidad económica familiar se prolonga para seguir albergando a jóvenes adultos sin salida laboral. "No responde tanto a una actitud personal como a un mecanismo de supervivencia condicionado por aspectos sociales", agrega.
Para el doctor Héctor Basile, presidente del capítulo de psiquiatría infanto-juvenil de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA), "es la falta de una perspectiva clara de futuro lo que hace que los jóvenes de hoy no lleguen a cumplir los objetivos que los convierten en adultos".
Juan Pablo, de 27 años, de algún modo lo confirma:
"No sé si tengo el síndrome de Peter Pan. Pero sigo viviendo con mis viejos. Trabajo hace 4 años y me quiero ir a vivir solo, pero lo que gano no me alcanza para nada."
La socióloga y psicóloga social Clarisa Voloschin recuerda que ésta es la generación de las crisis ("las tienen todas", dice), y adhiere a la idea de resaltar lo atractivo que resulta a los adolescentes el hecho de sentirse cómodos en casa de sus padres. En un trabajo que realizó con la cátedra de Sociología de la Infancia, Adolescencia y Juventud de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, concluyó que "los chicos tienen la aspiración de irse a vivir solos, pero con la condición de poseer el mismo nivel de confort que el que tienen viviendo con sus padres. Esto, a diferencia de las generaciones anteriores, que se querían ir de cualquier manera y que podían estar años durmiendo con un colchón en el suelo."
Esta generación "no tiene la necesidad histórica de definirse rápidamente. Antes nos exigían que resolviéramos todo en 10 años. La sexualidad, la carrera, una pareja para toda tu vida y la paternidad".
La extensión de la expectativa de vida es un factor clave en una sociedad de Peter Pan. "Hace que casarse para toda la vida signifique permanecer 50 o 60 años en pareja, mientras que antes eran 10 o 20 años en promedio. Ahora, tiempo es lo que sobra."
Redefinir
Desde el libro Historia de la familia en la Argentina moderna, la socióloga Susana Torrado lo confirma. Según su investigación, en la Argentina la esperanza de vida aumentó de 40 años en el 1900 a 75 en 2000. La investigadora demuestra cómo las edades de la vida se "multiplican y redefinen". La etapa de la adolescencia, "que ahora es masivamente experimentada por la población, debido a la expansión de la escolaridad secundaria y al consiguiente retraso en el ingreso al mercado de trabajo" es seguida por la de la juventud, "que también se extendió", y luego por la juvenilia, "un emergente segmento de la vida relacionado con la postergación de la entrada en el mundo adulto".
Gastón Di Castelnuovo, de 23 años, cree que el hecho de no dejar la casa de los padres no se debe necesariamente a la falta de empleo. "Yo creo que el que se quiere independizar se independiza, porque el que estudia puede conseguir un trabajo, y podés ir creciendo ahí hasta tener un sueldo como para ir a vivir solo. El tema es que si trabajás y estudiás no podés ver a tus amigos, ir al club, salir.Yo recién ahora encontré mi vocación y empecé a estudiar hace poco. No me iría ahora de mi casa, porque estoy muy bien ahí, y además prefiero terminar de estudiar y conseguir un trabajo. Creo que no hay que huir de tu casa y que tampoco hay una edad determinada para irte."
Síndrome de Wendy
Es cierto que los hombres se ven más afectados por el complejo de Peter Pan que las mujeres. Pero también es cierto que ambos están inmersos en una fiebre por cuidar los aspectos estéticos. O por mantenerse siempre jóvenes. Así, el síndrome de Wendy (la versión femenina del síndrome de Peter Pan) adquiere más relevancia, ya que en las mujeres se percibe más la presión social en el campo de la belleza.
"Me da miedo la vejez porque hoy el acento está puesto en lo estético y no en lo intelectual. Para triunfar, hay que mantenerse joven. Ya no importa lo que uno es", dice María del Mar Fernández Hermida, de 22 años, que vive con sus padres.
Así están las cosas, así está el diagnóstico: no crecer, no cambiar, por decisión propia o porque lo impone el contexto. Y mirando al futuro, falta el debate sobre las consecuencias que tendrá en esta generación la falta de independencia, o la independencia tardía.
Para los especialistas, lo mejor es que los adultos abran camino para que sus hijos tengan una vida propia, deseos propios, por más que a veces (y ésa es una deuda pendiente de la sociedad) los medios para lograrlos no estén al alcance de la mano.
De todos modos, y para dejar una pregunta abierta, Voloschin agrega una mirada menos pesimista: "Las generaciones anteriores tuvimos etapas de mucha ilusión, pero no fueron más que eso. Vivimos de una ilusión, como los adolescentes. El hecho de no tener ideales volvió a las nuevas generaciones mucho más pragmáticas, y eso es positivo para la construcción de una trama social. Ellos, desde el pragmatismo, están generando nuevos ideales, más concretos, más reales. No se tientan con tantas utopías, y generan vínculos más sólidos".
Por María Cecilia Escribano y Leonardo Blanco
Fotos: Daniel Pessah y Martín Lucesole
Para saber más
www.zonapediatrica.com/mod-htmlpages-display-pid-498.html
En otros países
- No sólo en la Argentina se prolonga la adolescencia debido a la crisis económica. Un estudio realizado por el Ayuntamiento de Barcelona, publicado en el diario español El País, indica que el 47% de los jóvenes de 25 a 29 años aún viven con sus progenitores, porcentaje que aumenta al 64% si se considera la franja que de edad que abarca de los 15 a los 29. Además, el estudio revela que el 70% de los jóvenes que aún conviven con sus padres considera que los problemas económicos son el principal impedimento.
- Esto demuestra que el síndrome de Peter Pan no es exclusivo de los países sumergidos en crisis económicas y sociales, sino que el complejo también se hace presente en sociedades del Primer Mundo.
A los 40
Aunque resulte extraño, cada vez con mayor frecuencia, el síndrome de Peter Pan se presenta en personas de 40 o 50 años. "Habría que preguntarse si la sociedad no pide Peter Pan. No hay nada más trágico que vivir bajo la presión de ser eternamente jóvenes", afirma Rodolfo Arce.
De hecho, la mayoría de las empresas sólo emplea gente de menos de 35 años.
¿Y la publicidad, los medios de comunicación? Abunda la gente joven.
Pablo Minces, director creativo de la agencia Agulla & Baccetti, explica que "no existe tal cosa como la manipulación de los medios a favor de la juventud y contra los ancianos". Sin embargo, luego reconoce que "los viejos no aparecen en las publicidades simplemente porque no son atractivos. Los viejos en la Argentina, a diferencia de otros países, no representan un sector de la población con gran poder adquisitivo. No hay nada para venderles si ganan dos mangos".






