
Cristalería fina
En los tiempos que corren, cuando las economías mundiales amenazan con derrumbarse y tiemblan los mecanismos financieros y psicológicos que las sostienen, los especialistas sugieren que va a ser necesario reformular todo el sistema. El mundo podría convertirse en un lugar diferente, dicen. No es un mal momento para reflexionar sobre el tema del lujo.
El lujo, se sabe, constituye en términos concretos una zona específica de la industria que desde el comienzo del siglo percibe los latidos de la crisis y contiene el aliento ante la alarmante baja de sus ganancias. Según un artículo de la revista Vanity Fair de España, ese mercado se dirige a una elite que en cierto modo se supone protegida de los sobresaltos de la economía. Pero las cosas no son tan sencillas. Por ejemplo: después del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York se redujo drásticamente el tráfico aéreo, y esto resintió las ventas en el duty free , que constituye nada menos que el 20% de este mercado. Y lo mismo ocurrió en otras áreas. Por prudencia o por melancolía, no se sabe, las zonas ricas del planeta comenzaron a perder su apetito.
Los empresarios se dedicaron entonces a estudiar las posibilidades de los mercados emergentes, como Rusia, China o India, y al mismo tiempo negociaron con la realidad en sus propios territorios. Grandes marcas de alta costura abrieron tiendas nada lujosas para vender algunos de sus productos a bajo costo, y una célebre casa de cosméticos concentró su campaña publicitaria en la promoción del lápiz de labios: aun en el peor de los casos, decía el aviso, una mujer siempre puede darse un pequeño lujo como ése. La idea tuvo tanto éxito que dio lugar a un índice propio de ventas, el "lipstick index".
Nadie sabe qué va a pasar ahora. Son momentos de gran preocupación; tal vez más para los ricos, porque podrían tener más que perder. Otra gente que no es rica, mientras tanto, mantiene con el lujo una relación más subjetiva, algo que no necesariamente tiene que ver con el dinero. Carlitos Chaplin, por ejemplo, para sentarse a comer unos patéticos cordones de zapatos se prepara a sí mismo una mesa impecable, con vajilla y mantel, que inventa de una camisa vieja, un cacharro oxidado y una aristocrática dignidad.
No todos los lujos son caros en dinero. Hay mujeres que siempre, y no sólo en medio de una crisis terminal, disfrutan de la compra de un lápiz de labios. Que de ninguna manera comprarían una cartera al precio de un departamento de un ambiente -aunque tuvieran los medios- porque les parece una grosería. Personas que no necesitan autos diseñados como tanques de guerra para viajar bien.
La gente que vive a duras penas de su sueldo, por su parte, sólo puede darse lujos que pertenecen a una categoría económica transversal. Pueden darse el lujo, por ejemplo, de manejar sus propios tiempos. Hay incluso quienes se dan el lujo de no mentir. Cosas por el estilo, que no tienen que ver con los objetos de uso, sino con los modales del alma. Son lujos modestos, que por lo general carecen de público y no despiertan especial envidia. Apenas se repara en ellos. Pero tienen una ventaja importante: no dependen de las turbulencias del mundo, de nada que ocurra en el exterior. Quienes pueden darse estos lujos no tienen miedo; miran temblar las bolsas con educado interés y siguen cultivando su tesoro personal.
Pensándolo bien, un poco de envidia despiertan.
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La autora es periodista







