
Cromagnon y después
Pasaron dos años de la mayor tragedia provocada por causas no naturales en la historia del país. Los testimonios de sobrevivientes y el santuario levantado en el barrio de Once no sólo mantienen despierta la memoria: también explican cuánto cuesta volver a vivir
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"Fui a cubrir la información de un incendio, pero viví la peor pesadilla de mi vida. Pasaron 48 horas de la tragedia en el boliche República Cromagnon y hay escenas que jamás olvidaré y que no me dejan dormir.
"Eran las 23.30 del jueves y al fondo del boliche, en medio del humo que me ahogaba, encontré a un bombero que iluminaba los cuerpos inertes de un matrimonio abrazado a su hijo, de no más de 9 años, en el primer descanso de la escalera que da a la avenida Rivadavia. Segundos antes había encontrado cuerpos desparramados y manos que surgían del piso del boliche y tomaban los brazos de los bomberos y policías para que los sacaran de ese infierno (...) No me voy a olvidar del olor de la muerte, del humo que mató a más de 170 personas y que me hacía arder los ojos y me ahogaba casi hasta el vómito, a medida que avanzaba dentro del boliche. Adentro, el oscuro humo venenoso había convertido el boliche en un enorme ataúd de cemento."
(De Gustavo Carabajal, periodista de La Nacion, que logró ingresar en la discoteca en el momento en que muchos jóvenes yacían en el piso y otros intentaban desesperadamente escapar. Fragmento de su crónica, publicada el domingo 2 de enero de 2005).
* * *
El 31 de diciembre de 2005, al cumplirse el primer aniversario de la tragedia de República Cromagnon, el portal informativo de Internet Prensa de Frente publicó: "189 o 191? Durante días la noticia es el número, el listado. Poco se dijo de los pibes y pibas que fueron masacrados en Cromañón. Repasando las historias con otro enfoque, se evidencia que, una vez más, las vidas cercenadas pertenecen a una juventud humilde, trabajadora y solidaria". Luego, entre una gran cantidad de historias volcadas en no más de tres líneas cada una, contaba:
"Gabriela, 15 años, vivía en el barrio Adolfo Sordeaux, de Malvinas Argentinas; tenía pensado diseñar y vender ropa de rock con unas amigas para un local de ropa usada del barrio."
"Mario, de 31, vivía en Isidro Casanova y trabajaba con un puesto en la feria de La Salada."
"Pablo, 23 años, era aprendiz de matricero, empleado en un quiosco y estudiante de computación."
"Yaky, de 29, trabajaba de camarera, era periodista en una FM de Caseros y organizaba festivales solidarios para el Hospital Borda."
"Hugo tenía 26, era facturero en la panadería La Reina de las Flores y bajista de La Trifulca; vivía en González Catán."
"Emiliano, de 21, había sido cocinero en el club Sportivo Varela, estudió panadería y cerrajería, era bombero voluntario en Villa Soldati."
"Bárbara, 19, quería ser periodista deportiva y como la plata no le alcanzaba, trabajaba repartiendo volantes en Ituzaingó por cinco pesos al día."
"Sebastián, de 27, era vendedor de flores en la esquina de Beiró y General Paz". "Leonardo, 23 años, estudiaba para recibirse de contador."
"Florencia, de 18, completó la escuela nocturna, y aunque había trabajado de empleada en una cadena de hamburguesas, quería ser actriz."
"Pato tenía 21, trabajaba haciendo la limpieza en Cromañón porque nunca le había salido un crédito para poner un cibercafé o un servicio de mensajería con su compañera, con quien colaboraba en la Asamblea Barrial de San Telmo, donde la velaron."
"Mariana, de 17, vivía en Villa Escaso, González Catán, vendía cosméticos, ropa y comidas, y se había anotado para estudiar Relaciones Públicas, pensando que en dos años, con el título intermedio, podría trabajar."
"Nicolás, de 22, recién recibido de periodista en DeporTea, salía a buscar trabajo con su currículum lleno de experiencias radiales de barrio."
"Gustavo, de 21, era dibujante; se había anotado en Diseño Gráfico de la UBA: cuenta su hermano que para ellos la prioridad era estudiar, como les había enseñado el viejo, un laburante."
"Luis, de 28, trabajaba en Crónica TV, vivía en uno de esos barrios piqueteros de Monte Chingolo (el mismo de donde había salido Darío Santillán aquel día en que lo mataron en Avellaneda."
Todo lo que siguió a la mayor tragedia provocada por causas no naturales en la historia del país, y la tercera en importancia a nivel mundial si se toman en cuenta sólo las discotecas (el 26 de diciembre de 2000 murieron 309 personas en Luoyang, en el centro de China, y, también en China, el 27 de noviembre de 1994 234 personas perdieron la vida en Fuxin, provincia de Llaoning) fue una sucesión de críticas, acusaciones cruzadas, manejos políticos, explicaciones que no explicaban nada, justificaciones que no justificaban nada y ausencias que no tenían explicación ni justificación.
Dos días después de la tragedia, la psicóloga Susana Chames, coordinadora del programa Salud Mental en Situaciones de Desastre, del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, dijo: "No estamos en un momento para decir qué vamos a aprender de esto, pero sí que esta tragedia nos instala una invitación a tomar conciencia de cuáles son las consecuencias de nuestras actitudes. Se piensa en la respuesta frente a las situaciones, pero no tenemos una cultura con espacio para reflexionar sobre cómo reducir los riesgos".
Verónica: volver a dormir tranquila
El encuentro es en un bar de Rivadavia y La Rioja, a una cuadra de Cromagnon. Verónica, de 23 años, maestra, llega acompañada por su novio, Nahuel. Es una hermosa morena, de sonrisa amplia y ojos brillantes. Tres cicatrices en su brazo derecho es la parte visible de una experiencia que, dice, la marcó para siempre. Las otras huellas, las que anidan en lo más hondo de la mente humana, aflorarán, de a ratos, a lo largo de la charla.
–Ya pasaron dos años...
–Sí, y tengo el alta médica desde junio de este año, por las quemaduras. Ahí cerré la primera etapa, pero sigo con la asistencia psicológica porque todavía no tengo el alta. En el mismo Instituto del Quemado me atiende una psicóloga una vez a la semana. Por las quemaduras que sufrí estuve internada una semana. Tengo quemaduras en el brazo derecho, en los glúteos, en la espalda, en los tobillos y en el cuero cabelludo, y fui operada a fines del año pasado. Yo estaba en el VIP, en el primer piso, y me cayó encima parte de la media sombra. Tuve que estar en reposo absoluto, en mi casa, hasta junio del año pasado, cuando me dieron el alta laboral.
–No habrá sido sencillo, supongo.
–No, para nada. Fue un día a día... Por ahí estaba dando clases y pasaban los bomberos con sus sirenas, y el tema de los colectivos llenos de gente. Me ponía mal escuchar la sirena de los bomberos o de las ambulancias, y lo mismo cuando viajaba en colectivo, apretada entre la gente.
–¿Hoy ya no te ocurre?
–Y, más o menos. Con las sirenas, por ejemplo, tuve que hacerme a la idea de que no eran para mí, de que no venían por mí. Y con el tumulto de gente, hasta el día de hoy no puedo, no lo soporto.
–¿Cómo manejás los miedos?
–El pánico que me agarra se da cuando la seguridad no depende de mí. Si voy caminando por la calle, lo hago tranquila. Ahora, si tengo que subir a un colectivo, ahí la cosa cambia. Me dan pánico las barreras bajas... No sea cosa de que al colectivero se le ocurra cruzar las vías con las barreras bajas.
–¿Qué cosas lograste superar?
–Bueno, recién ahora puedo dormir sola y con la luz apagada. Antes lo hacía en la cama de mi mamá y con la luz encendida. También puedo entrar en un bar y sentarme tranquila a tomar algo...
–Y con las imágenes de Cromagnon...
–Están presentes... Todo el día... Todo el tiempo.
–¿Cómo eras antes de Cromagnon?
–Una persona muy segura de mí misma, segurísima. Nada me detenía y a nada le temía. Y la paciencia no era una de mis virtudes, pero esa noche, a pesar del pánico, mantuve la calma, logré pensar y tomé lo que creo fue la mejor decisión de mi vida: tirarme escaleras abajo y rodar para escapar de esa trampa. Yo caí de rodillas y sentía que me estaba quemando viva. Detrás de mí vino una avalancha, que me aplastó, que me apretó la cara contra el suelo; sentía que todo el mundo me caminaba encima. Hasta que alguien me sacó.
–¿Qué cosas de tu familia modificó Cromagnon?
–Lo que hizo Cromagnon fue unirnos más. Pero, claro, la que más cambió fui yo, que siempre fui la más orgullosa, la que se llevaba el mundo por delante...
–Bueno, todavía tenés edad para llevarte el mundo por delante...
–Sí, pero hay formas y formas. Ya no soy la misma, y no lo digo sólo por los miedos: lo digo por mi crecimiento como persona. Tengo 23 años, me siento de 23 años, pero Cromagnon me hizo crecer en otros aspectos.
–¿Seguís escuchando a Callejeros?
–Ahora no.
–Cuando estabas ahí adentro tratando de salvar tu vida, ¿qué imagen se te venía encima?
(Llorando) –Yo les veía las caras a mi abuelo Andrés y a mi padrino Omar, que ya fallecieron, pero yo sabía que ellos estaban conmigo y les pedía por favor que me sacaran de ahí.
–Algún día, tal vez, podrás cerrar tu historia.
–No lo creo. Siempre habrá una puerta abierta que me conduzca a Cromagnon.
Blas y Pablo: la tragedia
"Fue medio raro todo –recuerda Blas–. Primero se hizo como un hueco en la media sombra, que se había prendido, y la gente, que no paraba de cantar y saltar, se abrió dejando un gran círculo. Yo le dije a Pablo: no pasa nada, alguien lo va a apagar. Hasta que se cortó la luz. Y empezó el griterío... y enseguida el humo."
Blas Bonardi y Pablo Todesca son de la misma edad (21); estudian lo mismo (periodismo, en TEA); acostumbran organizar, con otros amigos, sus vacaciones (por lo general, en las playas de Gesell); casi siempre van juntos a los recitales (Callejeros, Las Pelotas, La Renga, Los Piojos...) y ese día, justo ese día, el día en que Pablo, ante el temor de siempre de su madre, le dijo "no te preocupés, vieja, ¿qué me puede pasar?", los amigos rumbearon hacia República Cromagnon. Un rato antes habían arreglado con Vicky, otra amiga, encontrarse en la esquina del boliche. "A la salida lo mismo –recuerda Pablo–. Si nos desencontramos en el boliche, nos juntamos en la misma esquina, después del recital." ¿Qué podía salir mal?
Es probable que muchísimos otros hayan pensado y planificado lo mismo. Y es seguro, también, que Gabriela, Nicolás, Mario, Pablo, Yaky, Hugo, Emiliano, Bárbara, Sebastián, Leonardo, Florencia, Pato, Mariana, Gustavo, Luis y los otros 179 que cayeron en Cromagnon, y los más de 700 que sufrieron heridas, y los más de 3000 que lograron escapar (a Chabán se le imputa, entre otras cosas, haber vendido unas cuatro mil entradas, cuando la habilitación del local permitía mil), hayan dicho ese jueves lo mismo: ¿qué podía salir mal?
Blas, en ese entonces con 19 años, acumulaba cierta experiencia en recitales. No había banda que no conociera ni boliche que no pisara. "En Obras, por ejemplo, cuando tocaba Las Pelotas la gente ponía los morteros en el piso y tiraban los petardos; eran bombas de estruendo, nada más, pero pegaban en el techo y caían al suelo, y se armaba un revuelo bárbaro, se hacían unas rondas terribles. Y era Obras, el lugar más seguro de Buenos Aires. Y nadie decía nada. En Obras siempre se tiraron bengalas y candelas, y nunca nadie dijo nada. ¿Sabés por qué nunca se dijo nada? Porque nunca pasó nada."
¿Qué podía salir mal ese día, entonces, si Pablo ya había estado en Cromagnon el domingo anterior, y también el martes?
Blas: –Mirá, por ahí van a pasar 50 años, yo voy a ser un anciano, pero lo que viví esa noche siempre va a estar en mi cabeza. Porque... ¿cómo hacés para borrar la muerte de tu cabeza? Cuando la viste tan pegada a vos, ¿cómo hacés para que eso desaparezca de tu memoria? Ahora, por ejemplo, que pasaron dos años, ya no me bajonea hablar de lo que viví, pero las imágenes están ahí. Sé que están ahí, pero ahora las veo distintas, como en blanco y negro.
Pablo: –Nosotros seguimos yendo a los boliches, pero ahora, cuando entramos, lo primero que hacemos es dar un pantallazo a todo el lugar: ubicamos la salida, los carteles indicadores, las puertas de emergencia; mirás el techo; nunca nos mandamos al fondo, siempre cerca de la salida. Me acuerdo de cuando íbamos a Cemento... Cemento era mucho peor que Cromagnon. Era un lugar mas largo, los baños no existían, no había agua, las paredes estaban pintadas de negro, los portones eran eléctricos... ¡y uno no se daba cuenta de esas cosas! Si lo de Cromagnon hubiese pasado en Cemento, la cantidad de muertos habría sido mucho peor.
Blas cuenta que logró salir del boliche gateando entre pilas de chicos muertos. Cuando alcanzó la puerta, alguien lo agarró de los brazos y lo arrastró hasta la vereda. Con la camisa desgarrada, la espalda lastimada por los vidrios, hollín en la cara y un sudor helado que subía y bajaba por todo el cuerpo, llegó a la calle y ahí se quedó, medio desmayado, con ganas de vomitar y llorando por el humo. Hasta que apareció una mujer que le acercó una botella con agua. "Tomá agua pero no la tragués", recuerda que le dijo. Y se fue para atender a otro chico. Nunca supo quién era esa mujer, pero no era médico ni enfermera. De a poco se animó a caminar, a dar vueltas; quería encontrarla a Vicky, y también a Pablo.
"Era desesperante... Las sirenas, los gritos, el humo, gente que corría por todas partes... Hasta que empecé a ver chicos muertos en la calle, puestos en hileras... Y yo no paraba de preguntarme qué había pasado, qué carajo pasó acá... Igual, ni se me cruzó por la cabeza que a Vicky y a Pablo les podía haber pasado algo."
De Cromagnon lo llevaron a una clínica de Villa Ballester en la que estuvo toda la noche internado. "Un amigo que me fue a visitar me dijo que habían muerto 194 chicos. Yo no lo podía creer. Veía las imágenes por la tele, pero era como que no quería darme cuenta de lo que estaba pasando... Porque yo seguía preguntándome qué carajo había pasado allá."
"Yo a Blas no lo vi sino hasta el otro día –recuerda Pablo–. A la vuelta de Cromagnon me encontré con otro chico de TEA y me acompañó hasta un locutorio. Quise llamarlo a Blas a la casa para ver si estaba ahí. Llamo y no me atiende nadie. Para colmo, mis viejos estaban en una quinta en Tortuguitas, y como no tenían tele no sabían lo que había pasado. Se enteraron mucho tiempo después. Yo me sentía bien, a pesar de que tenía el pecho como comprimido, como si te lo apretaran con las manos. Estuve tres días internado, dos en terapia intensiva. Había llegado al hospital con el 98 por ciento de monóxido de carbono en sangre. Los médicos me dijeron que si hubiese estado un par de minutos más aspirando esa porquería, me moría."
En su desesperación por querer encontrar a sus amigos, Blas cuenta que volvió a entrar en el boliche, algunos metros, porque más no se podía. No se veía nada. Estaba aterrado. Entró y seguía aspirando humo, humo negro. Volvió a la calle para recomponerse un poco. Hizo un segundo intento, pero no avanzó más de lo que había avanzado la vez anterior. Empezó a gritar los nombres de Vicky y de Pablo. Nada. Se oían otros gritos. Gritos desesperados, de auxilio. Volvió a retroceder. Y se chocó con dos chicos que estaban tirados en el suelo, semidesvanecidos. Sacó a uno, arrastrándolo por el piso. Volvió a entrar y sacó al otro –una chica–, que llevaba puesto un pantalón parecido al que tenía Vicky. Pero no era Vicky. "A Vicky la encontré más tarde, en la esquina. Estaba gritando. Y no paraba de llorar. Se caía al suelo, se levantaba, no paraba de llorar."
Blas y Pablo, dos años después
Pablo dice que Cromagnon les abrió la cabeza. "A partir de esa tragedia, empezamos a tener las cosas un poco más claras, a pensar distinto, a ir más al fondo... Qué se yo, por ahí seguimos en el boludeo en muchos aspectos, porque, bueno, estamos todavía en esa edad..., pero creo que ahora pensamos más, analizamos mejor las cosas de todos los días."
Lo que sigue a la reflexión de Pablo es un instante de silencio. No hay más palabras que las que se puedan intuir a través de las miradas. Al rato, después de que esas miradas recorrieran las paredes, Blas cuenta: "Un poco ahora evitamos hablar de Cromagnon con Vicky y con Pablo. Los primeros meses fueron los más jodidos, casi ni salía de mi casa, era como que estaba internado en mi casa; me sentía más seguro, además de que tenía que hacer reposo. Cuando salí de vuelta al mundo, empecé a trabajar, como siempre. En enero de 2005, al mes de la tragedia, fuimos con Pablo y otros chicos de vacaciones a Villa Gesell. Y fuimos porque ya lo teníamos arreglado mucho antes. Yo creo que ahí, definitivamente, caí de todo lo que me había pasado. Me acuerdo de que entramos en un bar... Era la primera vez que yo entraba en un bar después de la tragedia, y justo estaban pasando una canción de Callejeros. ¡Me puse a llorar como un chico! Lloré durante toda la canción. Escuchaba la canción y me daba una tristeza terrible. Pero me pasó algo raro ese día, porque a mi memoria no llegaron las imágenes de los chicos muertos. Yo sólo tenía tristeza".
Con el tiempo, Blas y Pablo comenzaron a notar que algo estaba cambiando en ellos: identificarse con los sobrevivientes. Dicen que a medida que asimilaban la muerte de 194 chicos, el acercamiento hacia los sobrevivientes y familiares se hacía más intenso. "Vicky, Pablo y yo empezamos a sentir como si fuéramos todos una sola persona. Sí..., los dos mil y pico de sobrevivientes somos, en realidad, una sola persona."
El Santuario
Buscarán excusas mil.
Volverán sus manos a lavar
para sus conciencias acallar
y así tranquilos poder descansar.
Querrán que el tiempo pase por fin
y que el olvido llegue porque sí,
que nadie recuerde lo que pasó
una oscura noche, allá en Cromañón.
(Fragmento de una poesía sin título dedicada a Jorge Emiliano Giralt, socorrista. Está firmada por: "Mamá")
Hay fotos, poemas escritos en papeles sucios, ramos de flores secas, camisetas, remeras, pañuelos ennegrecidos, banderas, un Cristo de cerámica. Hay zapatillas –Topper blancas, casi todas– atadas de los cordones a los alambres que rodean el santuario, y que cuelgan como flecos inmóviles.
Hay dibujos, rosarios de plástico blancos, celestes, rosas; un reloj de pared con las agujas clavadas en las 2, gorras, collares. Hay una cruz de madera justo allí, en el centro del santuario.
Hay mochilas, un libro ajado, vinchas, banderines. Hay cuatro ositos de peluche, en un costado del santuario, que el jueves aquél los tapó de hollín.
Hay un árbol de Navidad repleto de estrellas plateadas, en cada una de las cuales hay una foto y en cada foto, un apellido; juguetes, muñecas, 13 sillas donde la gente se sienta a llorar en silencio, como lo hace Mario Mansilla, el padre de Jorge, que antes de entrar en Cromagnon llamó a su mamá "para decirle dónde estaba y que iba a llegar un poco tarde; y para preguntarle, de paso, qué iba a preparar de rico esa noche para comer porque iba a volver pasado de hambre".
Hay 194 nombres escritos en el paredón del santuario.
Opinión
Por Susana Chames (*)
A lo largo de la historia, los desastres naturales han sido la preocupación del hombre, adecuando a las características de cada época un modo de conceptualización, un modo de significación de estos eventos y la búsqueda de una estrategia para su enfrentamiento o dominación.
En nuestro tiempo, caracterizado por la precariedad, por la no percepción de riesgo ("aquí no puede pasar") o de predominancia de la negación como mecanismo de defensa ("a mí no me puede pasar") y otros factores, se construye un terreno apto para la ocurrencia de desastres. Ya no son sólo los excesos de la naturaleza los que azotan a las sociedades, corriendo el velo de las propias vulnerabilidades, sino que factores humanos, socioculturales, intervienen en la ocurrencia de desastres y en el agravamiento de las consecuencias.
Los desastres generan no sólo pérdidas económicas, sino que enfrentan a los damnificados con pérdidas de afectos, de seres queridos, de lugares y objetos con un valor simbólico importante. Producen un impacto psicosocial que sobrepasa la capacidad de la trama social afectada de afrontar y elaborar, profundizando la vulnerabilidad propia del ser humano. Estas situaciones son vividas como acontecimientos que marcan un antes y un después. Ya nada es como era. Las personas pasan a estar tomadas por un impacto que tiñe todo, y comienza un tiempo que parece que no acaba. Impacta lo sorpresivo, lo inesperado. Se ve interrumpido el curso de la vida de las personas: sus actividades cotidianas y sus proyectos.
La capacidad habitual de recuperación frente a las diferentes crisis de la vida suele resultar insuficiente para enfrentar las consecuencias de sucesos adversos de gran magnitud. El desafío, para la recuperación y reconstrucción de la trama social de sociedades afectadas por desastres, es favorecer procesos de cambio que incidan en los factores socioculturales para desarrollar canales de participación de la comunidad y sus instituciones hacia la reducción de desastres.
(*) Lic. en psicología
Coordinadora del Programa Salud Mental Desastres y Desarrollo (Dirección de Salud Mental, Ministerio de Salud GCBA)
Para saber más: www.sapsed.org.ar






