Cuento breve de Navidad (inspirado en hechos reales)

Crédito: Unsplash
Pablo Plotkin
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24 de diciembre de 2018  • 10:45

En el sur del golfo Nuevo se levanta una casona antigua convertida en hostal. Alrededor solo hay viento y un cañadón que recorta la estepa, un pasadizo cavernoso que alguna vez fue el fondo del mar y hoy es un camino de ostras fosilizadas, mandíbulas de cordero y arbustos hechos polvo. Sentado en una roca, un joven de 22 años al que llamaremos Ramón se saca terrones de las botas con una rama, más que nada para fijar la vista en algo mientras cuenta su historia.

Ramón es el peón de la estancia y parece un gaucho –pantalón cargo, pulóver, boina–, pero tiene acento venezolano. Hasta hace un año no sabía nada del trabajo rural. Nació y creció en Sucre, en las afueras de Caracas. Trabajó de albañil y en un comercio de reparación de celulares. El local cerró en septiembre de 2017 y Ramón hizo changas mientras vivía en la casa de su novia Rita, una chica de 20 años, junto a la madre y la abuela. Cuando Rita quedó embarazada en noviembre, la familia comía una vez al día y no había perspectiva de mejora. Como muchos de sus amigos, Ramón decidió irse. Su plan era conseguir trabajo en otro país y ahorrar hasta mandarle un pasaje a su novia. Con 15 dólares en el bolsillo, viajó durante 17 días por las rutas sudamericanas, casi todo a dedo. En Lima vendió golosinas y pasó la Nochebuena en la piecita de una anciana que se la alquilaba por nada. Desde ahí le envió a Rita una postal, en la que aseguraba que celebrarían juntos la próxima Navidad .

Cuando ahorró lo suficiente se subió a un micro a Buenos Aires. Llegó a la ciudad el 30 de diciembre y a los diez días consiguió trabajo en un garaje. El sueldo apenas le pagaba la pensión y la comida. En febrero, el encargado le dijo que el dueño tenía un hostal en la Patagonia, que era un lugar confinado y necesitaban a alguien que se hiciera cargo del mantenimiento después del verano. Le mostró unas fotos en el celular. El lugar parecía increíble y la paga era muy superior, sin contar que casi no tendría gastos. El tipo le preguntó por su experiencia en el campo; Ramón le dijo que algo sabía, y que lo demás lo aprendería rápido.

Viajó en marzo, cuando todavía había huéspedes. El primer mes fue duro, pero el trabajo lo mantuvo entretenido y se hizo amigo de sus compañeros: el cocinero, las dos empleadas de limpieza y la joven encargada. Mientras tanto, en Caracas, la panza de Rita se hacía más grande y la situación económica seguía igual. A partir de abril, solo y con el hostal cerrado, Ramón conoció la soledad en su estado más puro. El trabajo le gustaba y hasta aprendió a vivir con ese frío prácticamente inentendible. A lo que nunca se acostumbró fue a matar corderos: la resistencia del animal, el berrido y la mirada negra mientras corría la sangre. La primera vez le costó dormir y lloraba a cada rato.

Pedro Ramón nació el 30 de julio. Durante agosto, después de recibir los primeros videos del bebé que goteaban por el wifi débil de la estancia, Ramón sentía que iba a enloquecer. Pero llegó la primavera y el hotel volvió a ponerse en marcha. Cuando la encargada reapareció para la nueva temporada, Ramón le dijo: "Sobreviví".

A comienzos de diciembre pudo pagar un ticket aéreo. Rita y Pedro, de cinco meses, llegarán a Buenos Aires este lunes. Se van a alojar dos noches en el monoambiente de un amigo y después vuelan al sur. Ramón tiene que trabajar, así que no podrán pasar la Nochebuena juntos, como decía la postal navideña, pero el miércoles 26 volverán a verse luego de un año. Ramón dice que está ansioso y feliz. También tiene miedo y no sabe bien por qué. "Quizás sea la soledad de este tiempo –dice–. Espero ser un buen padre".

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