Posponer la alarma del celular es riesgoso para la salud cardiovascular, según un experto
Este hábito común al despertar puede fragmentar el sueño, elevar el estrés y afectar el corazón
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El sonido irrumpe en la habitación cuando apenas amanece. Una mano busca el celular a tientas, pulsa “posponer” y vuelve a esconderse bajo las cobijas. La escena se repite una, dos, tres veces. Para muchos, es una forma de negociar con la mañana. Para la ciencia, en cambio, puede ser una señal de alerta para el corazón.
Retrasar el momento de levantarse se convirtió en una costumbre extendida, especialmente en contextos urbanos y de alta exigencia laboral. Sin embargo, especialistas advierten que este hábito no solo afecta la sensación de descanso, sino que también puede generar respuestas fisiológicas negativas en el organismo.

El radiólogo y profesor universitario José Manuel Felices llamó la atención sobre un efecto poco conocido del botón de “snooze”. Según explica, cada repetición de la alarma provoca un pico de tensión arterial. Es decir, el cuerpo reacciona como si enfrentara un estímulo de estrés repetido, incluso antes de comenzar el día.
El impacto invisible del “snooze” en el cuerpo
Cuando suena la alarma, el cerebro interrumpe el ciclo de sueño en el que se encuentre. Si la persona vuelve a dormirse por pocos minutos, el organismo intenta reiniciar el proceso, pero es interrumpido nuevamente. Este patrón genera microdespertares que fragmentan el descanso.
Dormir no es un estado uniforme. El sueño profundo y la fase REM son esenciales para la recuperación física y mental. Al interrumpirse de forma reiterada, estos ciclos no se completan, lo que deriva en un descanso superficial, aunque el tiempo total en la cama parezca suficiente.

A nivel hormonal, esta fragmentación eleva el cortisol, conocido como la hormona del estrés. Mantener niveles altos de cortisol desde la mañana impacta directamente la presión arterial y la frecuencia cardíaca, lo que somete al sistema cardiovascular a una exigencia innecesaria.
Dormir mal no es solo cansancio
Neurólogos y cardiólogos coinciden en que la alteración constante del sueño tiene efectos que van más allá de la somnolencia diurna. La desregulación de los ritmos circadianos se asociaron con hipertensión, resistencia a la insulina, alteraciones del colesterol y mayor riesgo de arritmias.
A largo plazo, la falta de sueño reparador se vincula con enfermedades cardiovasculares como infartos y accidentes cerebrovasculares. No se trata de episodios aislados, sino de un desgaste progresivo que muchas veces pasa desapercibido.
El uso del celular como despertador puede intensificar este problema. Tener el dispositivo cerca de la cama favorece la exposición a la luz azul antes de dormir y al despertar, lo que interfiere con la producción de melatonina. Además, la posibilidad de recibir notificaciones refuerza un estado de alerta temprana que aumenta el estrés.

Frente a este panorama, los especialistas no plantean soluciones drásticas, sino ajustes sencillos. Programar una sola alarma, evitar las repeticiones y garantizar entre siete y ocho horas de sueño continuo son recomendaciones clave. En algunos casos, despertar con luz natural o con sistemas de iluminación progresiva puede ser una alternativa más amable para el organismo.
Más allá de los detalles técnicos, el consenso médico es claro. El corazón y el cerebro agradecen la regularidad. Dormir y despertar a la misma hora, sin interrupciones constantes, es una forma silenciosa pero efectiva de cuidar la salud. A veces, el cambio no está en levantarse cinco minutos más tarde, sino en entender que cada alarma pospuesta deja una huella que el cuerpo que tarde o temprano pasa a cobrar.
Por María Paula Lozano Moreno
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