
Cuando, hace un par de meses, los diarios titularon sin rigor que un científico reconocido por la NASA había sido asesinado en un asalto, ninguno de ellos dio cuenta de quién era David Varlotta. Esta es la historia de un chico apasionado por la ciencia que, con un grupo de estudiantes, inventó un sistema de depuración de arsénico del agua, obtuvo reconocimiento internacional y el privilegio de que nombraran un asteroide con su nombre. Y que, al momento de su muerte, con 24 años, tenía miles de proyectos por concretar.
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Por Juan Carrá / Fotos de Ignacio Sánchez
“Un científico reconocido por la NASA fue asesinado en un asalto”, fue uno de los tantos titulares publicados a principios de junio en los diarios argentinos. Pero David Varlotta no era científico. Era un chico, casi un adolescente, que hace unos años terminó la secundaria. Un pibe al que le encantaba comer y compartir con amigos. David Varlotta no era un científico como se dijo por todos lados cuando se supo de su muerte, de sus logros. David era un joven religioso, solidario al extremo. Y eso, su solidaridad, lo hizo participar de una feria de ciencias en el colegio y así llegó a Estados Unidos y a que su nombre quedara para la posteridad en un asteroide en el espacio exterior. David no era un científico. Era un chico fascinado por la música. Alegre, divertido, compinche, carismático. Hijo, hermano, tío, amigo. Todo esto era David hasta que, la madrugada del 30 de mayo, lo asesinaron en la puerta de su casa.
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El 12 de febrero de 1992 David llegó al mundo amparado en el deseo de su padre, Jorge, y su madre, Mirtha, que después de tener dos nenas buscaban completar la familia con el varón.
–Tenía muchas dificultades para quedar embarazada. Mi hija mayor nació después de varios abortos espontáneos y después vino otra nena. El nombre David siempre lo tuvimos, pero no podíamos usarlo –cuenta Mirtha y sonríe. La luz de la tarde cenicienta entra por la ventana y le ilumina la cara cansada. Ella es enfermera, responsable en un centro de diálisis hace 16 años. Antes el trabajo era su pasión, pero ahora ya no quiere ir más.
–Cambiaron las cosas un poco –dice y contiene el dolor.
Mirtha cuenta que su marido, Jorge, es el único varón de su familia y como tal tenía la presión de continuar el apellido. Por eso, ella le pidió a Dios un hijo varón. Recién había perdido un embarazo. El médico le había pedido que volviera a los cuatro meses para poder emprender algún tipo de tratamiento.
–Cuando fui estaba embarazada de David.
El nene fue al jardín y a la primaria en Villa de Mayo. Pero cuando llegó a octavo año, Mirtha notó que la escuela a la que iba David “le quedaba chica”, le preocupó que no pudiera progresar. Pensaron con su marido qué hacer. No había dinero para una privada. Entonces se decidieron por la Capital. Averiguaron y en la Escuela Técnica N° 12 le ofrecieron un lugar. Por la equivalencia entre el sistema educativo de la Provincia y el de CABA, David entró en segundo año. Los primeros pasos en la nueva escuela le costaron bastante. Sobre todo en los talleres. No había tenido la formación que sus compañeros habían aprendido en primer año y, a pesar de que se daba maña con las herramientas, le costaba. Pero nunca dijo nada. Ante la queja de un profesor, fue su padre el que le explicó por qué no sabía soldar.
Toda la infancia y la vida de David estuvieron cruzadas por la religión. Hijo de pastor evangélico, siempre estuvo junto a sus padres en el camino de la fe. En 2014, una vez que terminó la secundaría, la iglesia de Choele Choel, Río Negro, lo becó para que fuera un año a capacitarse intensivamente a nivel teológico y en diferentes oficios. Siempre con un objetivo: ayudar al prójimo.
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El pastor Jorge Varlotta camina lento hacia la reja con la llave en la mano. Detrás de él salen dos perros chiquitos que ladran a más no poder.
–Cuidado con los perros –advierte y remata con humor–. No me los pisen.
Nos invita a pasar. Apenas se da vuelta, señala la trotadora:
–Acá quedó tirado David.

David era su hijo. El único varón, el que seguía sus pasos dentro de la Iglesia Evangélica Menonita. Tenía 24 años y entre la 1.30 y las 2 del 30 de mayo fue baleado en un intento de entradera en su casa de Sucre al 2500, Villa de Mayo, al noroeste del conurbano bonaerense. Los delincuentes que lo atacaron dispararon dos veces: una entró en el cuerpo de David y lo dejó en agonía durante cuatro días. Pero según dice Jorge, en ese breve tiempo que le lleva recorrer la entrada a su casa, el disparo no era para él, era para Mirtha, su madre, que salía a abrirle el portón.
–Él se les tiró encima para salvar a su mamá, se murió como un héroe –dice Jorge y señala en la pared del porche la ausencia de un pedazo de revoque, como la huella de un latigazo. Es el rebote de otro proyectil, el mismo que rompió la ventana y que jamás fue encontrado por la policía.
Ese domingo para los Varlotta había sido un domingo más: a la mañana estuvieron en el barrio de la localidad de Moreno donde llevan adelante su actividad cristiana. A la tarde, David se fue a Los Polvorines, ahí dictaba un curso para los hijos de los pastores de su congregación. Ese día trabajaron la lección 10: “La vida del apóstol Pablo y su viaje misionero”. En ese grupo estaban sus primos. Al terminar fueron a la casa del tío a cenar unas pizzas y se quedaron viendo una película. Por eso llegó cerca de la 1.30 a casa. Siempre que llegaba tarde, Mirtha se levantaba para abrirle el portón de rejas. Esa noche, ya estaba acostada leyendo. Lo escuchó, pero hasta que se preparó para salir de la cama, David había abierto el portón. Mirtha caminó hasta la puerta y apenas abrió vio entrar a dos personas agazapadas y con armas en la mano. Entonces cerró instintivamente. En ese momento escuchó dos disparos. Abrió de nuevo, vio a su hijo tirado en el piso, revolcándose de dolor, y a los dos atacantes corriendo. Llamó al 911. David gritaba que le dolía el abdomen. No le veían nada. El disparo había entrado por la espalda y no tenía orificio de salida.
Jorge se acuerda con precisión: David ingresó a las 2.07 al Hospital Doctor Federico Abete de Pablo Nogués. Lo sabe porque eso dice el certificado de internación. Mirtha era la única que lo acompañaba. En el primer informe le dijeron que estaba grave, que había que operarlo. Ella firmó los papeles necesarios y se quedó en “el desierto y silencioso pasillo”. Así lo nombra cuando cuenta aquella madrugada.
–Me quedé sola y en ese momento sentí una oleada que me decía “se va a morir”. “No, yo voy a pelear para que no muera”, me dije y empecé a pedirle a Dios. –También llamó a su hermano, pastor de la misma religión, y le pidió que oraran por David.
A las 9 de la mañana los médicos les informaron que el pronóstico no era el mejor, que David no viviría más allá de esa noche. Ella trató de tranquilizarse y siguió rezando. A la noche David mostró una importante mejoría: lo habían extubado y hablaba. Pedía agua. A la mañana siguiente, un amigo que Mirtha tenía en el hospital le avisó que David estaba muy bien, despierto y hablando. A la tarde lo ingresaron a quirófano de urgencia. Lo operaron y le retiraron algunos órganos necrosados. Era martes, todo se había complicado; para el viernes ya no pudo resistir más.
–Sentí que Dios me decía que se lo llevaba.
La causa judicial que investiga el asesinato de David se tramita en la UFI 19 de Malvinas Argentinas. Si bien tuvo tres detenidos, hoy solo uno de ellos, menor de edad, sigue vinculado al crimen.
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La oficina del club de Ciencias de la Escuela Técnica N° 12, General José de San Martín, del barrio de Retiro, tiene una atmósfera propia: limas que desgastan metales, la voz de profesores explicando algún circuito eléctrico, cables de colores, aserrín, planos, herramientas, olor a escuela industrial. Ahí pasa gran parte de su vida el profesor Daniel Frijón. Él está a cargo del Club. En su escritorio, una computadora y algunos papeles. En la pared de al lado, un corcho con planillas y algunas fotos. En una de ellas está el Colo. Así lo llamaban sus amigos a David. Y para Frijón, David fue mucho más que un alumno al que guió en sus primeros vínculos con la ciencia. David fue parte de su familia. Y así lo extraña.
–David tenía una actitud tremenda para convencerte de lo que él creía, te vendía un buzón con su carisma –cuenta Frijón y resalta que si había algo que a David le gustaba era jugar, como a cualquier chico. Frijón sonríe cando lo recuerda. Quizás esté pensando en la escapada que se hicieron al parque de diversiones de los Estudios Universal durante el viaje a Los Ángeles, en 2011, para participar de la Feria Internacional de Ciencia y Tecnología Intel ISEF. De esos momentos conserva algunas fotos: una en la que está David metido en las fauces de un tiburón, mientras él, Frijón, lo sostiene muerto de risa.
Se conocieron algunos años antes de ese viaje, cuando el profesor pasaba curso por curso para ver quién quería sumarse al Club de Ciencias. Esa práctica extracurricular típica de las escuelas técnicas que demanda estudio y tiempo fuera del horario de clase. David se sumó. Arrancó barriendo tornillos y aportando en pequeñas cosas. Alumnos más grandes que él ya trabajaban en dos proyectos: por un lado, una granja de cultivos que sustituía la tierra por el agua y, por otro, un proyecto que buscaba quitar la contaminación del agua infectada con arsénico por la minería a cielo abierto en Jujuy. La idea surgió de ese grupo de alumnos que, en una feria de ciencias nacional, habían convivido con chicos de Jujuy y ellos les habían contado las problemáticas de contaminación de la zona. Cuando volvieron le propusieron a Frijón hacer algo para darles una mano. El profesor aceptó y se pusieron a investigar sobre cuestiones químicas contactándose con otras escuelas técnicas de la ciudad que tenían profesionales en el tema. También mandaron mails a especialistas en el exterior. Uno de esos correos trajo parte de la solución desde Estados Unidos. Un ingeniero que trabajaba con plantas para quitar el arsénico les habló de la Pteris vittata. La felicidad fue completa cuando descubrieron que se trataba del helecho que suele crecer en las paredes como un yuyo. Así surgió la idea del Sistema Autónomo de Destilación de Agua (SADA).
A fines de 2010 David se sumó a estos proyectos junto a Elisa Bustamante, Julio García Guerra y Ruth Maurente Jaime. Todos adolescentes al mando de Frijón que, con la paciencia ancestral de los docentes, combinaba los talentos y las capacidades de los chicos para potenciar los proyectos. Bajo su tutela, los alumnos hacen desde juegos para escuelas de ciegos hasta proyectos complejos, como el potabilizador de agua, pasando por una especie de oasis artificial para que haya agua en zonas desérticas.

El prototipo en el que trabajaron David y sus compañeros, que los llevó a obtener el reconocimiento en la feria de ciencias local, en la nacional y en la internacional de Los Ángeles, parece una especie de antena parabólica y está destinado a quitar los contaminantes del agua.
–Lo que hace es calentar el agua con el sol hasta evaporarla y, en ese proceso, ya se pierde un porcentaje importante de arsénico; eso pasa a un segundo tanque, donde se termina el proceso por fitorremediación: hay unas plantas cuyas raíces absorben el arsénico. El objetivo del proyecto era solucionar un problema de contaminación que hay en Jujuy cerca de la frontera con Bolivia –explica Frijón y pone énfasis en la idea de ayudar a la gente–: Tratamos de poner el eje en lo solidario en casi todos los trabajos, si con la ciencia podemos ayudar a alguien, mucho mejor, primero porque se humaniza la ciencia y segundo porque ellos, los chicos, sienten que pueden hacer cosas que ayudan a los demás. Ese es el plus que tratamos de meterles a los trabajos.
El SADA obtuvo el tercer premio en la feria de CABA, el primero en la nacional de Tucumán, y eso le dio el pase a la internacional de Intel. Se encontraron con casi 1.800 trabajos de todo el mundo. Allí, el SADA, también inscripto en la categoría Ingeniería Ambiental, ganó el segundo puesto.
–Al volver a Buenos Aires se armó un revuelo bárbaro con esto, muy lindo, hasta tal punto que nos llamaron de Casa de Gobierno porque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner nos quería recibir. Para nosotros fue un orgullo que nos haya recibido, no había antecedentes de eso.
Cuando Frijón habla de David siempre nombra a los demás. Pero con él tiene recuerdos especiales:
–Era un alumno muy particular, siempre estaba de buen humor, tenía muy buen carácter. Era como un chico, más chico que la edad que tenía… se mandaba una atrás de la otra, también. A todos nos dolió muchísimo lo que pasó. Vivimos tantas cosas juntos: jugábamos todo el tiempo. Nos divertíamos mucho y me queda la satisfacción de haberlo acompañado siempre a todos lados.
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En la foto se la ve a Cristina Fernández de Kirchner vestida de negro luctuoso. Era mayo de 2011, David y sus compañeros habían vuelto hacía poco tiempo de Los Ángeles con el reconocimiento. Cristina quiso conocerlos. Él está vestido de traje: camisa bordó, corbata al tono.
–Para nosotros fue un honor que lo recibiera la presidenta –cuenta Mirtha y en el relato recuerda que cuando David era chico, a eso de los 8 ochos años, también estuvo en la Casa Rosada. Por entonces era parte de un grupo dentro de su religión que se dedicaba al arte. Fue Néstor Kirchner el que los recibió. Mirtha se acuerda de que el nene se sentó en el sillón presidencial y de que Néstor le tocó la cabeza y le dijo: “Por qué no… quizás en el futuro…”.
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A 2.503 años luz del sol orbita el asteroide Varlotta. Fue avistado por primera vez el 4 de octubre de 1991. Y lleva el apellido del estudiante argentino como premio al segundo puesto que obtuvo en la Feria Internacional de Ciencias de 2011.
Al regreso del viaje a Estados Unidos ni Ruth ni él sabían de este homenaje, hasta que les llegó una carta del Lincoln Laboratory con las coordenadas específicas de cada uno de los asteroides que llevarían sus nombres.
–Es costumbre en Estados Unidos que la NASA dé como reconocimiento nombrar a alguno de los pequeños planetas descubiertos con el apellido de personas o lugares que ameriten ser recordados. A los estudiantes que se distinguen en la Feria Internacional de Ciencias les dan un asteroide –explica Horacio Tignanelli, responsable del Programa Nacional de Ferias de Ciencias y Tecnología del Ministerio de Educación y Deportes de la Nación, uno de los miembros de la delegación de 19 alumnos de diferentes provincias que viajó a Los Ángeles junto a más de una decena de docentes.

Tignarelli, además es astrónomo y autor del libro Los nombres del cielo, en el que cuenta que en 1921, en el Observatorio de La Plata, el astrónomo Johannes Hartmann descubrió por primera vez desde nuestro país un asteroide: fue el 965, y lo nombró Angelika, en ofrenda a su esposa, Angelika Scheer, con quien tenía tres hijos, con quien cumplía 40 años de matrimonio. “En la actualidad, se conocen millares de asteroides en el sistema solar. Más de un centenar fueron descubiertos desde Argentina posteriormente a Angelika: la mayoría desde el Observatorio de San Juan”, cuenta Tignarelli en su libro. Así existen Evita, Libertadora, también Ana Diego, primer nombre de una desaparecida en el espacio.
Igual, para él y para su equipo de trabajo, Varlotta es mucho más que un punto en el universo.
–Los chicos lograron un premio destacadísimo en Estados Unidos. Para nosotros es relevante porque es el más importante de toda la historia de las ferias de ciencias. Fue un buen trabajo, muy bien expuesto por Ruth y el Colo. Ellos eran dos pibes muy laburadores.
Además, Tignarelli destaca el rol del Estado en el apoyo a los grupos de alumnos para poder concurrir con sus trabajos a Estados Unidos y puntualizó que este año se obtuvo un cuarto puesto en la misma feria.
Apoyados por el Pro-grama Nacional de Ferias de Ciencias y Tecnología, David y su equipo viajaron también a la XXI Feria Escolar Nacional de Ciencia y Tecnología de Perú, que se realizó en noviembre de 2011. Cristina Bottinelli fue uno de los miembros del equipo de Tignarelli que estuvo en esa comitiva. Ella recuerda al Colo como un chico muy solidario e inquieto.
–Le encantaba comer –recuerda entre risas y coincide en la misma anécdota que Frijón trae a colación cuando se le pide que lo describa a David un poco más allá de lo que era como alumno. Ambos recuerdan que se sorprendieron cuando a la comitiva argentina los organizadores le servían doble ración de comida.

–Uno de los coordinadores de allá nos preguntó si estábamos comiendo bien y yo le dije que sobraba comida. “Pasa que un chico vino ayer y dijo que se habían quedado con hambre”, respondió y ese chico era David. Esas cosas se le ocurrían a él –cuenta Frijón y se ríe.
En la oficina de Tignarelli y su equipo, que se completa, entre otros, con Guillermo Brito y Marina Galache, no faltan las fotos de David. Pero no están ahí por lo que le pasó, están porque para ellos, él y todos los alumnos que pasan por el equipo de las ferias de ciencias ocupan un lugar en su corazón.
El Ministerio de Educación de la Nación tomó la decisión de poner el nombre David Varlotta a la Tercera Feria Internacional de Emprendedorismo Escolar que se realizó a fines de junio. Ese día, el presidente Mauricio Macri se reunió con los padres de David y les manifestó su apoyo.
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Sobre la mesa de la casa de David hay una computadora. Mirtha la señala, dice que encontró un texto que su hijo escribió sobre su participación en el Club de Ciencias. Que quiere dármelo, que le gustaría que lo lea, pero que no puede “sacarlo” de ahí. La pantalla de la máquina está partida, se le había caído a David y, antes de morir, tenía en mente comprarse una nueva.
El texto se titula “Mi historia con el Club de Ciencias”, tiene poco más de tres páginas y está escrito con la prosa de un chico de secundaria. Un tanto formal, cronológico, solo por momentos con tono coloquial, sobre todo cuando quiere expresar sus sentimientos. Leerlo ahora es como escuchar su voz. Es como tener la palabra de él registrada en el grabador para completar los datos que su familia, profesores y amigos me han dado.

David escribió que en 2009 se integró al Club de Ciencias y que ahí trabajó en el proyecto Unidad Autónoma de Cultivo por Hidroponía y que, por los problemas con el agua potable, se pusieron a trabajar en el proyecto SADA y con él compitieron en la feria jurisdiccional. “Allí fue el primer lugar donde expuse junto a Ruth Maurente Jaime”, escribió. El proyecto logró el tercer premio y los habilitó para exponer en la Feria Nacional de Ciencia y Tecnología, que ese año se hizo en Tucumán. Ahí, volvió a ser destacado, y así el “valioso” pase a la Feria Internacional de Ciencia y Tecnología Intel ISEF, en Los Ángeles, Estados Unidos, en el mes de mayo de 2011.
“Algo que es bueno aclarar es que jamás se nos cruzó por la mente que tendríamos tal repercusión con esos proyectos. Cuando el profesor Frijón se acercó a ofrecernos pertenecer al Club de Ciencias, no era una muy buena idea, ya que significaba perder horas de clase, llegar tarde a casa, tener que venir a la escuela incluso días que no correspondía, trabajar en algo que no se te iba a premiar con buenas notas, pero incluso así y todo, seguí adelante”, escribió David con honestidad y agregó: “Cuando terminó la feria en Estados Unidos, del Ministerio de Educación de la Nación nos convocaron para colaborar con la Feria Nacional 2011, que se realizó en Tecnópolis. Fue una de las tareas más intensas que enfrenté desde que empecé a trabajar en el Club de Ciencias. Cuando al año siguiente nos preguntaron si queríamos colaborar, yo acepté sin siquiera meditarlo y volvió a ser una de las experiencias más intensas que viví y que volvería a vivir con gusto”, dice el texto.
David le dedica un párrafo al director de su escuela: “Gracias al Ing. Di Luciano, que es el director de la escuela que me vio crecer, hoy en día estoy desempeñándome como profesor, y así podré devolver algo de lo que recibí de este establecimiento, en este cargo siento los cuidados y el afecto que me dan todos mis actuales colegas (antes profesores) y los directivos que se preocupan por brindarme los datos importantes que requiere esta actividad”.
“Recibimos una de las noticias más importantes de toda nuestra vida, enterarnos de que tenemos un asteroide con nuestro nombre, que es literalmente algo de otro planeta, un regalo que no se espera pero que tiene un valor muy grande”, culminó David y firmó con su nombre y apellido.






