
De banquero a diseñador
Fue un hombre de finanzas hasta que, después de la crisis de 2001, decidió cambiar de vida y fundar Airedelsur, una marca de artesanías argentinas de lujo que se posicionó en las tiendas más lujosas de Europa y Estados Unidos. Hoy, Rania de Jordania, Tom Cruise y Salma Hayek, compran sus productos, y Lucini continúa exportando
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Escena uno: Marcelo Lucini, el menor de seis hermanos, hijo de una familia porteña y patricia, se levanta soliviantado de la mesa familiar donde comen, además de sus cuatro hermanas mujeres y su hermano Pablo, su madre Alba y su padre Jaime. Tiene unos 18, quizás 19 años, y acaba de anunciar, ante un padre que ha vivido de sus propios campos en Pergamino y de actividad financiera, que quiere ser embajador. "Y mi padre me dijo: «Pero vos sos pelotudo? ¿Qué vas a hacer con eso?»". Mi viejo quería que yo siguiera con el campo, las finanzas. No un mundo diplomático, político. Yo quería viajar, hacer relaciones públicas. Entonces esa noche me enojé, dije: «Váyanse a la mierda», y me fui de casa por dos días."
Escena dos: Marcelo Lucini, 21 años, estudiante de Administración de Empresas en la Universidad Católica Argentina, recién llegado de un training intensivo en un banco de Nueva York, anuncia a Alba y a Jaime, su madre y su padre, con todo tino, para que no se sientan abandonados, que con el dinero que ahorró piensa comprar un departamento, pero claro que no para irse a vivir solo, sino para pasar, digamos, un fin de semana cada tanto, reunirse con amigos. Alba y Jaime lo miran aliviados: el benjamín, finalmente, sigue en casa. Meses después, Marcelo Lucini pasa más tiempo en su departamento nuevo que en casa de sus padres. Al fin, se queda en su nueva casa, solo.
Escena tres: Marcelo Lucini, 36 años, quince de trabajo impecable en instituciones financieras locales, está en Miami, reunido con dos amigas paquetas, coquetas, implacablemente enteradas de todo lo que se debe hacer para ver y ser visto, para comentar y ser comentado en esa ciudad babélica, y saca, tímidamente de debajo de la mesa, un bolso, y del bolso, unas bandejas de plata y cuero, una jarra de plata martillada, un cuerno de vaca. Dice: "¿Les parece que esto se podría vender acá?". Las amigas -paquetas, coquetas, implacablemente enteradas- dicen "sí", dicen "yes", y se llevan a Marcelo Lucini hasta una tienda, tres calles más allá, donde él muestra su bandeja, su jarra, su cuerno de vaca, y sale, diez minutos después, con su primera venta hecha y un soponcio prepánico: le acaban de encargar una buena cantidad de cosas -cientos de cosas- para ser entregadas un mes más tarde.
Escena cuatro: Marcelo Lucini, 36 años, recién llegado de Miami, abre la puerta de su departamento en Avenida del Libertador, a tres cuadras de la casa que lo vio nacer, con vista a la plaza donde jugaba desde chico; se aferra al teléfono y empieza a llamar: a Salta, a Santiago del Estero, a Jujuy. A todos esos artesanos dispersos a los que visitó durante meses, los autores de aquellas bandejas, jarras, cuernos de vaca, a los que tiene que convencer para producir, lo más rápido que se pueda, más jarras, más bandejas, más cuernos engarzados en plata. Y ése, así, es el principio de Airedelsur.
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Sentado en el living de su departamento -pececitos Lalique sobre la mesa baja, una flamígera pieza de Murano, banquetas de catálogo, un hogar a leña encendido, sillones de anticuario-, Marcelo Lucini dice que ésa es, en realidad, la tercera casa en la que vive desde que se fue de la casa natal.
-No me gusta mucho cambiar. Soy muy estable. Me gusta tratar de mantener las cosas lo más posible. Las amistades, la familia, la gente con la que trabajo. Mi asistente, por ejemplo, es la misma asistente que tenía mi viejo. Cuando me voy de viaje durante mucho tiempo, no veo la hora de llegar a casa, y llego acá y digo ay, qué lindo, mi almohada, mi cama, la milanesa, el bife.
Sin embargo, a los 20 sabía que iba a trabajar en las finanzas hasta los 40, y que entonces se iba a dedicar al arte, esa cosa que le quitaba el sueño desde chico, que lo hacía recorrer anticuarios buscando chucherías para los cumpleaños de toda su familia, ir a galerías, y comprar su primer cuadro a los 15.
-Yo estudié administración de empresas, y después me dediqué a las finanzas, a trabajar en un banco. Pero cuando fue el caos, en 2001, me decidí. Largué todo y pensé, primero, en poner un hotel. Salí a recorrer el país. Tenía claro que si encontraba un lugar que me gustara, me iba a quedar. Y de a poco, en esos viajes, fui conociendo artesanos, gente que trabajaba la lana, la madera, el cuero. Me iba a un cerro, trepando ocho horas para ver cómo las señoras de tal lugar trabajaban con el telar. Me llevó meses de búsqueda, y los fui contactando de a poco. De repente, tuve a todos estos artesanos. Un día viajé a Miami, por otra cosa, y tenía unas piezas artesanales. Me dije: "Ma’ sí, las llevo", y esas dos amigas me llevaron a aquel negocio y vendí. Volví muerto de miedo porque no sabía lo que era producir eso, si lo iba a poder exportar, nada. Volví, contacté a los artesanos, y fue todo un tema, porque ellos tampoco sabían lo que era cumplir con un plazo, mantener una calidad pareja. Al principio devolvía muchísimas cosas, porque todo tenía que ser impecable, pero ahora devolveré, no sé, el diez por ciento de lo que me mandan. Hice esa primera exportación, y una cosa fue trayendo otra. Al año ya tenía doce clientes, entre Miami, Nueva York y Chicago.
Así, empezó a exportar una línea de artesanías utilizando plata, cuerno, cuero, maderas, piedras semipreciosas. Produjo una línea de bandejas, bowls, cubiertos, jarras, candelabros, lámparas, pequeños muebles, productos artesanales de lujo con diseños de Lucini y mano de obra de más de ochenta artesanos regionales.
-Además, a ellos les servía, porque mil veces habían intentado vender acá, en Buenos Aires, y los habían jorobado con la plata. No les pagaban nunca. Todo esto es dinero que les vuelve a ellos, también. Hay gente que se pudo hacer una casa, que mejoró su calidad de vida.
Y si al principio todo se depositaba y se empacaba en el living de su casa, con la ayuda de la familia, con el tiempo tuvo que ampliar el horizonte porque nuevos -y más o menos impresionantes- clientes empezaron a aparecer: Neiman Marcus, Barney´s, Bergdorf&Goodman. Y Rania de Jordania, y Oprah Winfrey, y Salma Hayek, y Tom Cruise.
En 2008 abrió su primer local en Buenos Aires, en la galería Promenade Alvear, y ahora, en 2009, el segundo, en Fitz Roy 1855. Tiene cuatrocientos clientes en Estados Unidos, además de vender en tiendas de lujo de Londres, Madrid, Barcelona, Mónaco, Portugal, Alemania, Grecia, Turquía, Kuwait.
-Yo sabía que podía hacer esto. La verdad es que me siento una persona feliz. Me gusta esto: la gente trabaja con cosas de su tierra, y estoy llevando la Argentina a lugares a los que el país no había llegado.
Para saber más: www.airedelsur.com/






