
Es parte de nuestra vida cotidiana y nos acompaña toda la vida. Sin embargo, nadie habla de ella. Excepto el escritor y periodista Florian Werner, autor de La materia oscura: historia cultural de la mierda, uno de los libros más originales del año.
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En una baldosa cualquiera, de una vereda cualquiera de una ciudad argentina, hay una pequeña montaña de mierda. Está ahí, como un objeto más del decorado urbano.
Aunque cueste escribir y leer esta palabra -m-i-e-r-d-a- en una revista, en un libro, en una tesis de doctorado, esta sustancia existe, nos rodea.
Negarla no hace más que alimentar los fuertes estigmas sociales que carga desde hace siglos, aunque no desde siempre. La mierda está ahí, como el lado B de una cena fastuosa, como desechos con los que se fertilizan los campos, como materia prima para cierto tipo de arte (escandaloso, claro). No solo tapiza las calles y es eliminada de inmediato del otro lado de la puerta del baño, sino que –aunque suene asombroso– moldea también nuestro pensamiento, nuestras costumbres, incluso el mismo lenguaje. Acaso es el lugar adonde se manda a alguien al que no se le profesa mucho cariño.
Es el producto intestinal del que deriva el apodo de los hinchas de uno de los principales clubes de fútbol locales: bosteros.
Florian Werner desconoce estas vetas escatológicas del folclore argentino, pero sabe bien que la mierda no es solo una materia destinada a ser escondida en las entrañas de las ciudades, a ser invisibilizada del discurso. Desde hace varios años, este periodista y doctor en literatura alemán la estudia, la piensa. Con la ayuda teórica de Hegel, Freud, Bajtín, Bataille, Jung, Kundera y un batallón de pensadores que alguna vez la evocaron, analiza cada uno de los significados que irradia la mierda, el rol que desempeñó a lo largo de la historia en la literatura y en la evolución de la sensibilidad humana. El resultado de estas diatribas es La materia oscura: historia cultural de la mierda (Tusquets), uno de los libros más originales y llamativos publicados en los últimos meses. "Tenemos una relación controvertida con esta sustancia que nos acompaña toda la vida –cuenta Werner desde Berlín–. La mierda desempeña un rol importante en la cultura: incide en la construcción cultural del asco, en lo que llamamos civilizado, en lo que consideramos prohibido".
La mierda es el combustible de nuestros insultos. "Las malas palabras y agravios son tan fuertes como las barreras morales y los tabúes contra los que van dirigidos –dice el escritor–. En la mayoría de las culturas occidentales, estamos obsesionados con la higiene, así que ‘mierda’ conforma un fuerte tabú y una potente vía de ofensa".
Y aun así la negamos. Tanto a la animal como a la humana: hace unos años, el Instituto de Zoonosis Luis Pasteur estimaba que los perros dejan en la ciudad de Buenos Aires unas setenta toneladas diarias de excremento. Y, si se tiene en cuenta que en promedio una persona genera al año unos 85 kilos de mierda, una ciudad del tamaño de Buenos Aires produce al día una cantidad estimada de 670 toneladas en total.
Como señala Werner, las heces humanas se volvieron tabú en Occidente recién a comienzos de la Edad Moderna, con el desarrollo de la idea de yo y con la privatización del acto de ir al baño. "En la antigua Roma, defecar era una experiencia social, se cagaba acompañado en las letrinas públicas donde también se conversaba –señala–. Esos días ya pasaron. Hoy defecar es considerado uno de los actos más privados e íntimos". De ahí, modernización mediante, la mierda mutó en un tema que avergüenza e incomoda. "Junto al canibalismo y al incesto -subraya Werner-, la mierda y sobre todo la coprofagia, es decir, comer mierda, son los grandes tabúes de la cultura actual".
Así como la mierda bordea tangencialmente la literatura (aparece como tema en La insoportable levedad del ser de Milan Kundera y en Las correcciones de Jonathan Franzen, por ejemplo) y el cine ( Borat, Jackass, Slumdog Millionaire ), también tiene su presencia en el arte. En su libro, Werner recuerda la existencia del arte excrementicio o abject art, el llamado shit movement. Artistas como el suizo Dieter Roth, el estadounidense Paul McCarthy, el belga Wim Delvoye y el inglés Chris Ofili usan excrementos –muchas veces sus excrementos– como material de su trabajo plástico. Descendientes artísticos de Piero Manzoni (aquel que encapsuló sus excrementos en latas en 1961), buscan la reacción del espectador. Abrazan el escándalo.
Parte de nuestro ser, prolongación de nuestro cuerpo –de todos: del Papa, de Susana Giménez, de los presidentes y jugadores de fútbol–, la mierda es de aquello que no se habla. Ni en una cena ni en Twitter. Lo que no se muestra en Facebook, en YouTube, en Instagram. Es aquello de lo que no se escribe. Casi nunca. No es lo mismo. Como decía Roland Barthes, "la mierda escrita no huele".






