De los "padres helicóptero" a los "padres topadora"

Fuente: LA NACION - Crédito: Shutterstock
Juana Libedinsky
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6 de abril de 2019  

NUEVA YORK.- Los "padres helicóptero", es decir aquellos que sobrevuelan con ansiedad por encima del hijo protegiéndolo en cada decisión y que fueron el gran tema de 2018 son tan. 2018. En 2019, quien quiera estar en la última en cuanto a pedagogía infantil y juvenil -y en la Gran Manzana, eso quiere decir, absolutamente todos- solo puede hablar de un concepto: los "padres topadora".

El término "padres topadora" (también llamados "padres ratrack" en las zonas nevadas, o "padres camión cortacésped" en los suburbios) hace referencia a aquellos que van por la vida adelante del hijo, allanándoles brutalmente el camino y removiendo cualquier obstáculo que pudieran encontrar.

Obstáculos que incluyen, naturalmente, cualquier potencial fuente de frustración o desencanto. Si bien el término existe desde hace años, que se esté discutiendo en todos los medios se debe a un reciente escándalo que tuvo como protagonistas a un grupo de hombres y mujeres poderosos, principalmente en California, a quienes The New York Times calificó de "el epítome de los padres topadora". En concreto, lo que ocurrió es que se encontraron pruebas de que estrellas de Hollywood, grandes ejecutivos, cabezas de megaestudios de abogados y presidentes de fundaciones habían hecho trampas burdas para que sus hijos entrasen en universidades de prestigio, como Yale y Stanford.

Algunos de los casos muestran cómo, a través de un complejo sistema de coimas, conseguían que otra persona diera los exámenes estandarizados en reemplazo de sus hijos, o que entraran en la plaza reservada para eximios atletas sin serlo. Las historias salieron a la luz de casualidad: a un empresario se lo estaba investigando por otro tema y decidió ofrecer la información de toda esta red a la Justicia norteamericana para acogerse a los beneficios del arrepentido y obtener reducción de pena. Los detalles que se publicaron de estos más de 50 casos son, literalmente, increíbles. Personas cultas, sofisticadas, comprometidas con causas sociales, que parecían "topadoras" elementales cruzando límites legales y éticos a toda máquina. Por ejemplo, hacían alterar digitalmente fotos de deportistas de elite en acción y reemplazaban sus caras con las de sus hijos en las carpetas que enviaban para ser evaluadas en el proceso de admisión a las universidades.

Pero el tema de las topadoras empieza desde temprano. El Times cuenta del caso de una joven que abandonó la universidad porque no le gustaba la comida con salsa. Toda su vida sus padres la habían ayudado a evitar la salsa, llamando a la escuela para controlar el menú y a los amigos a cuyas casas iba de visita para evitar que se le mezclara salsa con la comida. En la universidad no supo cómo manejarse con las opciones que le daban -todas cubiertas en salsa- y no pudo seguir adelante.

Julie Lythcott-Haims, quien trabajada como decana de los alumnos de primer año de Stanford, contó que en la universidad veía estudiantes que daban por sentado que sus padres les armarían las salidas con sus nuevos compañeros como habían hecho toda la vida y que si no conseguían una pasantía deseada simplemente esperaban que los padres llamasen a los empleadores para quejarse y torcer la decisión a su favor.

"El tema es preparar a los chicos para el camino y no el camino para los chicos", declaró al matutino. Pero a la salida de las escuelas, estos días, cada persona parecería tener alguna historia más y más extrema sobre padres topadora para reportar. Aun así, consultadas las amigas de esta redactora que tienen chicos que están en el proceso de aplicar a las universidades en EE.UU., estas colocaron ciertos paños fríos sobre el asunto.

"Los de las noticias eran los padres de malos estudiantes que querían entrar en universidades enormemente competitivas. Lo que se ve en el ambiente de las escuelas ultraexigentes de Nueva York es todavía, más bien, padres helicópteros, que les están encima a los chicos todo el tiempo, pero con los chicos mismos que se exigen muchísimo", explica una mamá argentina con hijos en uno de los colegios más antiguos de Estados Unidos.

Para ellas, como para tantos, el sistema meritocrático de las grandes universidades privadas de EE.UU. sigue siendo más que admirable, a pesar de las historias sobre estrategias, muchas veces polémicas, para conseguir alumnos de minorías y para conseguir fondos. "Es un escándalo lo que pasó, pero funciona de historia aleccionadora respecto de que la verdad, al final, sale a la luz, y abre un debate que siempre es bueno", resumieron.

Entre los temas que son parte de este debate caliente, a la cabeza se encuentra una práctica bastante difundida, que es conseguir que un médico particular certifique que un alumno tiene algún tipo de problema de aprendizaje y, con eso, que la escuela le otorgue un tiempo extra en los exámenes estandarizados de la secundaria, fundamentales para el siguiente paso.

"La solución fácil sería conseguir que una institución estilo Sanidad Escolar fuese la única que pudiera certificar esos casos de excepción -sostienen las argentinas-. Pero eso iría en contra del espíritu americano de evitar en lo posible que se inmiscuya todo organismo oficial".

Demandas colectivas

¿Qué va a pasar a futuro? Para los cincuenta padres topadora del escándalo en los medios, el tema es cada vez es más complicado. A sus problemas originales con el Departamento de Justicia se suma que inmediatamente después de que saliera la noticia distintos grupos de padres les iniciaron una demanda colectiva por la plaza que consiguieron para sus hijos con trampa y que fue negada a otros. Un argumento común es que un graduado de una universidad Ivy League, por ejemplo, gana en promedio una cierta cantidad de dinero a lo largo de los años. Un graduado de una universidad menos prestigiosa gana menos. Los padres con chicos con características que les hubieran permitido aspirar a una Ivy y no entraron porque otros, con trampa, tomaron su lugar, reclaman, ahora, el lucro cesante. Y con mucha furia, porque el entrar en la universidad soñada es la razón de vida por muchos años no solo de los chicos, sino también (o posiblemente más) de muchos padres.

Pero la realidad es que en una sociedad extremadamente competitiva y en la que la institución donde se estudia sigue teniendo un valor simbólico y muchas veces económico desproporcionado, los padres "tigre" (de moda hace unos años, basados en el estilo asiático de empujar y exigir excelencia a los chicos sin ningún miramiento hacia las tendencias más "blandas" de occidente) posiblemente seguirán rugiendo.

Los padres "helicóptero" seguirán sobrevolando y los padres "topadora" allanando como sea el camino para sus criaturas. Pero las instituciones educativas están viendo cómo ayudar a los chicos cuando estos son los grandes perjudicados en el asunto, ofreciendo clases para lidiar con el fracaso. En el ultraprestigioso Smith College, uno de los cursos más populares se llama "Failing well" ("fracasar bien"). Este busca desestigmatizar el fracaso y a la vez fomentar la resiliencia. Si no cambian las presiones de la sociedad y de las familias, al menos para los alumnos significa la oportunidad de una experiencia de aprendizaje, sin duda académico, pero, sobre todo, de vida.

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