De refugio del rock a estacionamiento
El 30 de diciembre de 2004, mientras Callejeros empezaba su show en Cromañón, Sancamaleón se preparaba para tocar en la trasnoche de Cemento. Omar Chabán y Raúl Villarreal iban de un punto a otro, tratando de cubrir las necesidades de los dos locales que administraban, pero a las 22.50 detonó la pesadilla y Cemento no abrió nunca más. Mario Díaz, encargado de mantenimiento, vivió dentro del boliche durante un par de años. A fines de 2010, el gobierno porteño compró el inmueble a sus antiguos propietarios, el matrimonio Clausen, por 2.780.000 pesos. Desde entonces es una playa de estacionamiento para empleados del Ministerio de Educación.
En una noche fría, como de invierno punk, el lugar reabrió por unas horas el miércoles para una doble función de Cemento: el documental, dirigido por Lisandro Carcavallo y estrenado en el marco del Bafici. Un gueto de rockeros nostálgicos de los 80 y 90 se congregó frente a una pantalla puesta donde alguna vez estuvo el escenario. Con la cuadra cortada al tránsito, el patrullero sobre Estados Unidos contribuía a la viñeta retro, sólo que había seis patovicas de traje controlando el acceso.
Cemento fue el bloque de diseño brutalista que Chabán y Katja Alemann inauguraron en 1985: una caja de hormigón de más de mil metros cuadrados ideada para desplegar los sueños artísticos de la pareja y la euforia del retorno democrático. En los comienzos dominó el teatro experimental, pero poco después, para hacerlo sustentable, Chabán lo desarrolló como local de shows. Para el rock argentino, su valor simbólico es difícil de exagerar.
La película cuenta la historia a través del entorno fundacional -Katja, el abogado Joe Stefanolo-, periodistas, managers y músicos (una lista que va del Indio Solari a Miranda!), y revela archivos inéditos en VHS. La carga emotiva del film es alta, y aumentó en ese hábitat que para muchos desplazados fue lo más parecido a una casa de fin de semana, un antro mugriento y destemplado en el que pasaban cosas entretenidas, peligrosas, familiares e inesperadas. El documental es también un tributo, una vindicación colectiva de Chabán como padrino artístico. Su problema central -más allá de cierta redundancia en los testimonios- es la supresión narrativa del tramo final de la historia de Cemento. La segunda camada de rock barrial, que sostuvo el negocio en los últimos años, es el desaparecido del relato (sólo una mención de Walas en el cierre aporta una referencia).
¿Se puede contar la historia de Cemento sin mencionar a Callejeros? Fuera de campo y hecho maldito, la banda de Pato Fontanet cumple aquí el rol de verdugo de la contracultura "real". Esta perspectiva quedó expuesta en la carta que leyó, antes del estreno, un habitué militante: República Cromañón aparece desde esa visión como el resultado de una emboscada en la que cae Chabán, una trampa tendida por un rocanrol ilegítimo. Pero la historia de Cemento, en tanto criatura de Chabán, tiene dosis de romanticismo y tragedia, y es imposible entenderla si se borran las pistas que llevaron a su desenlace. La noche de Cromañón fue también el colapso -fatalmente desproporcionado- de una forma de gestión que encarnó Chabán. Destino triste para un hombre que había trabajado por el arte y la libertad, pero hay que bancarse la contradicción en honor a tantos muertos.
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