
Debut en el billar, entre expertos y vasos de vermut
Un cronista se acerca a este deporte guiado por manos expertas y en su más clásico reducto porteño
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"Las reglas son fáciles, el juego es complejísimo", me advierte Hugo Luis Ojeda, que se encuentra de pie apenas afuera del perfecto rectángulo de luz que baja perpendicularmente sobre la mesa de billar. "Está considerado por muchos un juego más difícil que el ajedrez: en el ajedrez uno no necesita usar el cuerpo, mientras que en el billar, además de saber, hay que tener una actitud física privilegiada", agrega quien será mi tutor esta noche en una suerte de clase informal que constituye mi primer contacto con una mesa de paño verde sin troneras.
El escenario es inmejorable para estos fines. Estamos en el subsuelo de Los 36 Billares, centenario establecimiento que, además de contar con reconocimientos como el haber sido nombrado Bar Notable de la ciudad de Buenos Aires o Lugar Histórico Nacional, ostenta por estos días una cara renovada tras su reapertura hace un año. Vale aclarar que el proceso de restauración que atravesó no impide que las 11 mesas de billar (más las 6 de pool y una de snooker) sigan conviviendo hoy con las arañas francesas y la boiserie original de un local inaugurado en 1894, y cuyo salón vio pasar desde entonces personalidades de la talla de Federico García Lorca.
Sin embargo, quienes cotidianamente traspasan la puerta de Avenida de Mayo 1271 no lo hacen con la intención de rememorar viejas épocas. El billar, aprenderé rápidamente, es un puro presente, o, mejor aún, es un estado en el que el tiempo se suspende. La intensidad mental que demanda su práctica hace que fácilmente uno pierda noción del reloj. Hugo, de 52 años de edad, juega desde los 11 y me regala una anécdota al respecto: "Horas me pasaba yo de chico jugando -cuenta-. Me acuerdo de una vez que mi mamá mandó a mi papá a buscarme al bar porque ya era tarde, y mi papá terminó quedándose a jugar...".
"Los 36 Billares es mi casa, es donde estoy permanentemente", dijo hace un rato Osvaldo Berardi, en una suerte de ceremonia de comienzo del evento "Hoy Vermut", organizada por Cinzano, que reunió en este Bar Notable a muchos expertos en billar para compartir anécdotas y, también, sus conocimientos. "Berardi fue para el billar argentino lo mismo que Vilas para el tenis", asegura Hugo, y tira un par de datos: Berardi no sólo ganó 69 campeonatos nacionales y 19 sudamericanos; en 1967 fue campeón del mundo.
Pero ¿qué es el billar para quienes lo practican? "Yo empecé por el juego, por el placer del juego", dirá Berardi, para luego recordar: "Con mi barra de amigos íbamos al Club Inca, en Villa Urquiza, a jugar contra gente más grande".
El billar es, también, un lugar de reunión. Cuenta Hugo que las mesas de Los 36 Billares siempre tienen gente. "Hay momentos típicos, como la hora del almuerzo, en la que los que trabajan cerca vienen a jugar con la excusa de comer: se piden unas empanadas y, mientras, juegan", dice. Está luego la hora del vermut, que se extiende hacia la cena: "Hay gente jugando todos los días hasta la medianoche", agrega.
Táctica y estrategia
"El primer precepto que tenés que tener en cuenta es que hay que hacer una carambola: con la bola con la que vos ejecutás le tenés que pegar a las otras dos", me explica Hugo, y me enumera sintéticamente las principales formas de juego: libre (donde "sencillamente" hay que hacer carambola), a tres bandas (donde la bola propia, blanca o amarilla, debe rebotar contra tres de los lados de la mesa antes de hacer carambola) y fantasía. ¿Fantasía? "Poné en YouTube billar fantasía y mirá; es una locura". (Sigan su consejo, es la mejor forma de explicarlo).
Hugo coloca la bola blanca, la amarilla y la roja sobre la mesa en una determinada posición, y tira. Carambola. Vuelve a acomodar las bolas en posiciones cada vez más complicadas, pero el resultado es, prácticamente siempre, carambola. Ante cada nuevo tiro, Hugo me explica la lógica de la jugada particular: su dificultad, su estrategia y la forma especial de llevarla a cabo. Hay líneas generales: "Con cada tiro lo que uno tiene que hacer no es sólo una carambola, sino también acomodar las bolas de forma tal que en el siguiente tiro uno puede hacer carambola fácilmente. Y, también, prever que en cada nueva disposición de los elementos, uno no esté ayudando al contrincante a que, si le toca el turno, pueda hacer carambola fácilmente", explica.
La bola roja es neutra, aprendo, y la blanca corresponde a un jugador y la amarilla al otro. El jugador sólo cede turno a su contrincante cuando en un tiro falla en hacer carambola. Claro que, entre expertos, esto no sucede tan seguido como uno esperaría. Basta citar la anécdota del Campeonato Continental de Costa Rica, donde se enfrentaron Berardi y Manuel Girves. Girves comenzó el partido haciendo cinco carambolas, pero al fallar cedió su turno a Berardi, que se mandó (literalmente) 500 carambolas al hilo.
"Para quienes no son fanáticos de este deporte, ver un partido de billar libre en el que un jugador puede hacer 400 o 500 carambolas seguidas, en que cada carambola es exactamente igual a la anterior y en donde quizá las bolas sólo se desplazan un par de centímetros en cada tiro, puede ser aburrido. De ahí el billar fantasía", dice Hugo, y me pasa el taco: "Ahora jugá vos".
Con el taco en mis manos, me apresto a mi primer tiro. Hugo acomoda las tres bolas sobre el paño verde y me señala lo que debo hacer para lograr una carambola. Presto atención, aunque instintivamente mis ojos buscan las troneras. "Esto no es pool", me digo, y hago un esfuerzo por concentrarme. Sus explicaciones son aparentemente sencillas: "Si pegás acá, la bola va para allá", "Tomá en cuenta que la línea de luz que se refleja sobre la bola marca siempre su centro", "El taco debe estar lo más paralelo posible a la mesa", y así. Tiro y... carambola. ¡Soy todo adrenalina! ¡Quiero más!
Hugo me felicita como debe de haber felicitado a cientos de novatos a los que les preparó una primera e infalible jugada. Vuelve a disponer de una forma precisa las bolas sobre la mesa y aporta nuevas instrucciones. Tiro y, de nuevo, ¡carambola! Un parroquiano se levanta de una de las mesas, se acerca y me felicita: "Ya podés venir a jugar a Los 36", me dice, y ahí caigo en la cuenta de que mis tiros son atentamente observados por habitués del bar, con décadas de billar a sus espaldas. Siento cómo me pongo colorado de vergüenza, y al mismo tiempo descubro el grado de abstracción del entorno que genera este juego.
"Ahora vengo", me dice Hugo, y señala el taco que tengo en mis manos: "Tiene 105 años, no tiene precio". Me quedo lívido mirando el taco, y ahí sí veo todo el cuidado trabajo de bajorrelieve que posee. Para cuando Hugo vuelve con un vaso de Cinzano Rosso con soda, yo sigo mirando maravillado ese objeto.
Pasan las jugadas. Hugo plantea escenarios cada vez más complejos y, como es de esperar, el porcentaje de carambolas por tiro va descendiendo. Entonces me empieza a hablar de geometría: "Como verás, los lados de la mesa están marcados con diamantes, separados siempre por la misma distancia -explica Hugo-. Hay muchas teorías en torno a cómo jugar que nacen de un análisis de la geometría de la mesa".
Hugo pone un ejemplo. Coloca la bola blanca en una esquina, y las otras dos en la esquina más cercana: "Si apuntás a este diamante, vas a hacer una carambola de tres bandas", dice, señalando un punto en el otro extremo de la mesa. Con una incredulidad que en parte es hija de mis escasos conocimientos de geometría, tiro y... carambola. "Hay jugadores teóricos y jugadores intuitivos, yo soy un intuitivo" dice.
-¿Qué es ser intuitivo? -pregunto.
-Uno aprende pasando horas y horas jugando.
Entonces, no puedo dejar de imaginar a Hugo jugando hasta cualquier hora con su viejo, el mismo que había ido a rescatarlo.






