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Historias para conocer

Desde 1969. La confitería de Barrio Norte y el producto estrella que crearon dos primos de buen comer

Agustina Canaparo
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1 de julio de 2020  • 18:56

En este caso, Caren va con "C" y su nombre no es en honor a una mujer (como muchos suelen suponer). La clásica confitería de Barrio Norte se llama así por la conjunción de los nombres: Carlos y Enrique, sus dos fundadores. Desde 1969 este emprendimiento familiar se destaca por sus productos artesanales que traspasaron generaciones: masas, tortas,turrón de almendras, marrón glacé y hasta bombones. Sus sándwiches de miga también son conocidos en todo el barrio.

Carlos Vázquez, quien era ingeniero agrónomo, y su primo Enrique no tenían experiencia en la gastronomía, sin embargo a ambos le gustaba el buen comer. Adoraban visitar las confiterías más emblemáticas y descubrir cuáles eran sus confituras más representativas. Fue durante una de sus recorridas por la ciudad que se les ocurrió crear un emprendimiento. Al principio iban a revender productos, pero decidieron apostar a la elaboración propia. Buscaron varios locales con ubicación estratégica hasta que apareció el indicado: Av. Pueyrredón 1881, allí antiguamente había una mueblería.

"Empezamos de cero y con mucho sacrificio. Carlos era una persona muy carismática y emprendedora. Pedimos un crédito para comprar el local y luego arrancamos con las reformas", rememora Aurora, su esposa, quien actualmente tiene 85 años y previo a la pandemia se encontraba en el local casi todas las tardes atendiendo amablemente a sus clientes y dándoles de probar sus bombones. Auro, como le dicen cariñosamente los clientes de toda la vida, también tiene otro apodo puertas adentro: Juanita. El nombre surgió porque un día, en el que tenían muchos pedidos, Carlos la llamaba continuamente y ella entre risas le dijo: "No me digas más Auro, llamame Juanita" (en referencia a la ayudante de Doña Petrona C. de Gandulfo). Desde entonces, ella empezó a firmar con las iniciales JCV (Juanita Caren Vázquez).

Luego de los meses de reformas, el local abrió sus puertas un 15 de septiembre de 1969 y aún conserva la estética y mobiliario de fórmica italiano. Sus colores más representativos siempre fueron el marrón, blanco y beige. Entrar a Caren es como transportarse a 50 años atrás. Por aquella época surgió el slogan que identificó a la marca durante años: "Para exigentes" (estuvo durante muchos años en la vidriera).

Como una familia

Los Vázquez armaron el equipo con ex empleados de SIMO, la emblemática confitería de la calle Maipú en pleno microcentro porteño. Entre los tres pasteleros que comenzaron desde el primer día se encontraba Bernardo Artigues y de vendedoras se sumaron Mirta y María Esther. Aurora también se encargó de la atención al cliente. "Con el tiempo aprendí a tomar la pinza, poner las masas en la bandeja, sugerir qué sándwich era el indicado para cada cliente. Me encanta, disfruto mucho hablar con la gente", dice, quien es fanática de la crema Chantilly. Y rememora a una de sus empleadas emblemática a la que le tiene gran afecto. "Amalia trabajó más de 30 años con la familia, muchos pensaron que éramos hermanas. Era una excelente vendedora, a todos nuestros clientes les encantaba su atención. Ella se encargó de enseñarle el oficio a los que continuaron". Actualmente Sergio, otro de los empleados, sigue con su legado.

Caren desde sus orígenes conquistó al barrio con sus sabores artesanales. Toda la producción se elabora en el local con materia prima de calidad. De hecho, aún conservan las mismas máquinas desde hace cincuenta años: batidora, sobadora y hornos con base de ladrillos refractarios. En la década del 70 salían mucho los dulces de mazapán, los florentinos y los petits fours. También el marrón glacé (confitura de castaña en almíbar glaseada), hoy en día muy apreciado por la gente mayor ya que se consigue en pocos lugares de la ciudad.

Entre sus clásicos no se puede dejar de mencionar el turrón de almendras (blando). Está hecho con dos obleas, relleno de crema de miel y claras de huevo con almendras tostadas y por último bañado en chocolate. Otro imperdible es la torta austríaca Pischinger con obleas, crema de avellanas (Nougat) y baño de chocolate. Varios clientes de siempre van en busca de la torta "Sambayón", un bizcochuelo de vainilla relleno con sambayón y castañas en almíbar.

De su repostería europea se destacan las masas y facturas alemanas como el rol de canela con pasas de uva; manzana con crema pastelera y ricota con pasas. Además, ofrecen bombones artesanales (de leche, semi amargo y amargo). "Muchos tienen la costumbre de llevar las cajitas de latas de bombones para el aniversario", dice Aurora y recuerda una frase que repetía Amalia, entre risas,: "Aunque hagan 50 grados se venden los bombones". Para el día de la Madre o el Padre se pedían muchísimas masas y durante las Pascuas las empanadas hojaldradas de pescado.

Secreto de oficio

Augusto Vázquez,uno de sus hijos, desde hace más de treinta años que trabaja en la confitería. Tenía diez cuando sus padres comenzaron con el negocio y desde pequeño, mientras apilaba las planchas con el fiambre para los sándwiches de miga, aprendió los secretos del oficio. "Se parte de un pan de molde (el pan inglés) de 10 kilos, le sacamos la corteza y luego, al momento de prepararlos, rebanamos las planchas en una máquina especial. Como cortamos la miga en el momento queda esponjosa, fresca y con la humedad necesaria. Además, es muy importante la materia prima (la calidad de los fiambres y el relleno)", cuenta Augusto, quien estudió profesorado de educación física y hoy está el frente del negocio.

Durante todos estos años hubo cuatro maestros sandwicheros que le pasaron el oficio al siguiente: Rodríguez, Rubén, Barrientos y ahora Hugo, quien entró a trabajar a los 16 años y actualmente tiene 54. "Cada uno preparó al otro, por eso se mantienen las recetas siempre iguales. A través de los años logramos que se pasaran las recetas de mano en mano", admite Vázquez. Dentro de las especialidades recomienda el de pastrón o leberwurst con pepinos agridulces; peceto, tomate y huevo; berenjenas caseras en escabeche con queso y el de albahaca fresca, tomate y queso. Por supuesto, también están los clásicos: de jamón y queso, crudo y queso o jamón y palmitos, entre otros. Desde que abrieron, prepararon más de 10.000.000 sándwiches.

Augusto, hijo de Carlos y actual dueño del local.
Augusto, hijo de Carlos y actual dueño del local.

La clientela es la misma desde hace años

A la mayoría, ni bien ingresan al local, se lo saluda con el nombre. "Se crea un vínculo, conocemos mucho a la gente y el trato es muy personal", describe Augusto. Aurora agrega: "la atención es fundamental, tan a la par con la buena mercadería. Recibir al cliente, decirle Buenos días o buenas tardes, enseguida lo atendemos para nosotros es muy importante". Por la confitería pasaron tres generaciones. "Muchos nos dicen emocionados: "Yo venía con mi abuelo, con mi mamá y con el paso de los años sigue todo intacto", confiesa Augusto. A Carlos le gustaba festejar los aniversarios de Caren a lo grande con sus empleados y clientela. Muchos aún recuerdan la celebración que se armó en el local cuando cumplieron 30 años en el barrio en 1999. Desde entonces, cada cinco años arman un festejo en su nombre.

Durante la cuarentena cambiaron el horario: de martes a domingos de 9 a 18 h. Y los lunes, como siempre, permanecen cerrados. A sus clásicas opciones, agregaron variedad de platos de rotisería para todos los días. Aurora fue al local hasta los primeros días de marzo, antes de que comenzara la cuarentena. "Iba casi todas las tardes de 18 a 21 h. Extraño mucho el local y sobre todo conversar con los clientes", confiesa. Cuando la llaman por teléfono para preguntarle: ¿Qué tal está Caren? ella responde: "Estamos. Y hoy en día estar, es algo muy importante".

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