Diario de paternidad. Dejemos que los hijos se equivoquen

Eso que surge en los hijos como una gracia -una palabra mal dicha, una guarangada- de repente se vuelve censurable. ¿Cuándo empezamos a corregirlos?
Eso que surge en los hijos como una gracia -una palabra mal dicha, una guarangada- de repente se vuelve censurable. ¿Cuándo empezamos a corregirlos? Fuente: Archivo
Waldo Belvedere
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8 de agosto de 2019  • 10:02

Aprendo cada día como padre. Y una de las cosas que aprendo es que, por mucha resistencia que uno ofrezca, termina a veces reproduciendo costumbres que reprobaba cuando estaba del otro lado del mostrador. Es decir, cuando era solamente hijo/a. Todos nos comprometimos alguna vez ante el tribunal de nuestra conciencia a ser mejores padres que la generación precedente. Más comprensivos, democráticos, comprometidos. Más todo. A esta altura, con dos años y medio en el oficio, me parece que subestimé la responsabilidad. Y me limito a hacer lo que puedo. Simplemente. Igual que, en su momento, mi mamá y mi papá. Solo que, como soy padre de tiempo completo, un varón doméstico del siglo XXI, soy más reflexivo al respecto. La escena cotidiana con mi pequeño y adorado Severino es como un cuerpo sometido a disección.

Hablando de gestos hereditarios, de reflejos inherentes a la paternidad y a la maternidad, hay algunos graves y otros decorativos, folclóricos. Entre estos últimos figura el de reírse cuando los vástagos repiten alguna guasada con enternecedora ignorancia de su significado. Del mismo modo que, antes de que las llamadas malas palabras se estandarizaran en los medios de comunicación como un recurso canchero, a muchos adultos les causaba gracia que en un espectáculo público se dijera culo o carajo. Era como afrontar lo prohibido. Con esta fórmula sencilla se hacía, por ejemplo, el teatro de revista, género que gozó de un duradero esplendor allá lejos y hace tiempo, en una Argentina más candorosa.

También celebramos cuando los niños y las niñas cometen errores al hablar. Errores que se transforman en invenciones involuntarias, algunas de ellas brillantes. Severino dice cocholate en lugar de chocolate y a mí me parece una palabra mucho mejor. Otros desvíos de la norma tienen que ver con su dicción todavía vacilante. Dice paién por también y teófono en reemplazo de teléfono. El inventario de furcios es extenso y cada padre podría hacer el de sus críos. Incluso el propio, evocando los balbuceos de la infancia.

En algún momento que todavía no me ha llegado, papás y mamás se desviven por detectar (para subsanar) supuestas fallas, debilidades, inadecuaciones, diferencias con los patrones culturales corrientes.

Vuelvo a pensar en mis maestros de la paternidad, vale decir en mi padre, en mi madre y, por qué no, en sus coetáneos, y me pregunto: ¿cuándo el error deja de ser un rasgo encantador para convertirse en un problema que se debe combatir? Porque, en algún momento que todavía no me ha llegado, papás y mamás se desviven por detectar (para subsanar) supuestas fallas, debilidades, inadecuaciones, diferencias con los patrones culturales corrientes y otras yerbas que, según los manuales, amenazan la debida integración al tejido social. Amenazan con alejar a la gente del éxito. Personal, laboral, sentimental, familiar. Cualquiera de ellos o todos juntos. ¿Será que los padres y las madres se aterran con la posibilidad de que sus hijos e hijas sean infelices y entonces se avienen a la censura más descarnada cuando pescan una anomalía? ¿Existe un fondo amoroso en el padre represor? ¿Cuándo oficializaré la lista de prohibiciones para Severino, sus conductas y sus deseos equivocados?

Por ahora, no puedo imaginarme en ese lugar y disfruto de sus licencias en el habla (¿empezaré a corregirlo a la brevedad?). Solo me queda remitirme al pasado, a mi recorrido como niño. Recuerdo muy nítidamente un error por el que se fastidió mi padre: puse en riesgo un secreto. No lo violé porque yo no lo conocía. En una reunión familiar, hice un comentario sobre mi abuelo enfermo. Dije algo ligero, restándoles importancia a las dolencias que lo tenían en cama, porque pensaba que efectivamente no se trataba de nada grave. Pero mi abuelo tenía cáncer y estaba agonizando. Aunque solo lo sabía mi padre entre los allí presentes. Y él prefería ocultarle esa información a su esposa, mi madre, nada menos que la hija del hombre a punto de morir. Esa crueldad imperdonable era para mi padre un piadoso ejercicio de protección. Me ametralló con la mirada, pero no pronunció una palabra, de modo que no pude saber de qué se me acusaba. Pasamos de página y seguimos comiendo. Así se evitaban las situaciones incómodas en mi casa: barriéndolas debajo de la alfombra. Guardando silencio. Pero de eso hablaremos otro día.

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