
Dios salve al rey
Una nueva retrospectiva de Alexander McQueen cautiva a Londres
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Alexander McQueen posa con un cigarrillo en la mano derecha, va vestido con una camisa nívea cuyos puños levantados dejan ver un tatuaje que simula cortaduras en las muñecas, y sus codos descansan sobre una calavera que también inhala tabaco. De ese modo el fotógrafo Tim Walker retrató a mediados de 2000 al diseñador inglés que revolucionó las pasarelas de alta costura de fines de siglo XX y comienzos del XXI con ardides emparentados con el cine de horror, la ciencia ficción y las construcciones sartoriales de insólita belleza.
El foulard con estampas de calaveras Mc Queen representa para los seguidores de la moda lo que antaño fuera un clásico pañuelo Hermès. Luego del suicidio de McQueen, en febrero de 2010, hubo compras compulsivas de esos pañuelos de etiqueta McQueen; los devotos los usaron para depositar flores a modo de ofrenda frente a todas las tiendas con su logo. Tenía 40 años y estaba en el apogeo de su carrera.
Casi en simultáneo con la irrupción del Diálogo de la moda y de la muerte, de Giacomo Leopardi, acontecida en las recientes pasarelas europeas (Thom Browne bosquejó un funeral de moda mientras Comme des Garçons representó ropajes conformando coronas florales y extraños modos del luto), Savage Beauty, la segunda muestra celebratoria de la obra de McQueen arribó a Londres y a las salas del Victoria and Albert Museum. Además de sumar trajes a la retrospectiva celebrada en el Met durante 2011 –esa que tuvo tickets sold out como si tratase de un concierto de rock y que sumó visitas en función trasnoche–, se tomó la licencia gótica de exhibir un osario y de cubrir paredes con huesos y de calaveras.
El joven inglés, apodado el hooligan de la moda, aterrizó con su figura regordeta y sin siquiera hablar ni una palabra de francés en el salón de la avenida George V de Parós donde antaño Hubert de Givenchy diseñó los trajes para Audrey Hepburn en los films Sabrina y Desayuno en Tiffany's, La varita ejecutiva de Bernard Arnault lo había elegido en una estrategia para remozar la imagen de mausoleo de las firmas tradicionales y cautivar a las nuevas generaciones de consumidores.
El desembarco de McQueen con su dieta de comida chatarra señaló el ingreso de los modistos en zapatillas en los ateliers de alta costura. En un intento de retrospectiva del estilo McQueen me remito a Highland Rape, su colección 1996 que admitió faldas kilt de primorosa factura, vestidos rasgados y el lanzamiento de los pantalones bumsters de tiro bajo; a The Birds, su homenaje con vestidos de plumas al cine de Alfred Hitchcock, y la colección Número 13, donde la atleta Aimee Mullins lució piernas ortopédicas talladas en madera preciosista.
Contempla a La dame Blue –invierno 2008– su homenaje posmórtem a la editora inglesa Isabella Blow, que admitió vestidos de cóctel con sus técnicas sartoriales aprendidas de los expertos de Saville Row y tocados desarrollados para la ocasión por el sombrerero Philip Treacy. Salto a octubre de 2009 y a La Atlantis de Platón, la puesta en que cámaras con apariencia de robots filmaron a una multitud de modelos con vestidos cortos de insólita silueta globo, cosidos con una variante tecnológica de animal prints. Los gabinetes de curiosidades que cobijan su obra en el que fuera su museo favorito ilustran su devoción por el pasado y por el futuro. La bitácora de artificios de McQueen se detiene en Las viudas de Culloden –colección2006–, cuando un efecto visual ideado por un científico inglés para representar una novela de Dickens se aplicó al holograma de Kate Moss: proyectado sobre la pasarela piramidal, Kate iba vestida cual santa con un vestido de organza.






