Dudaba pero se animó a trabajar con su padre y hoy dirige una marca de vinos boutique con finca propia
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Hay padres que esperan que sus hijos sigan el mismo camino que ellos trazaron. Otros que quieren darles los medios para que estudien y que los superen. Hay hijos que por nada del mundo trabajarían junto con sus padres y otros que sueñan con ocupar algún día el sillón del hombre al que más admiran.
En el caso de Nico y de Marcelo Goldberg, hijo de 31 y padre de 56, parecía estar claro que sus caminos profesionales no iban a cruzarse jamás. Marcelo es un empresario textil que tenía una reconocida trayectoria en un rubro glamoroso y también difícil como es el de la moda femenina. El creó las famosas marcas Vitamina y, luego de venderla a un grupo inversor, fundó a su sucesora, Uma. Pero un día, cansado de los vaivenes del negocio decidió que quería llevar una vida más tranquila, en la que pudiera disfrutar de sus logros, estar más cerca de su familia.
Con bastantes sesiones de terapia y una filosofía de vida que priorizaba los afectos a lo material, Marcelo se alejó del mundo de la moda para buscar nuevos desafíos pero, esta vez, que en su día a día pudiera estar más en contacto con la naturaleza. A Nico siempre le había dicho que era dueño de buscar su destino, que estudiar era lo mejor que podía hacer, forjarse un futuro que lo hiciera feliz y sobre todo, sentirse libre.
Un viaje en busca de los afectos

Nico se graduó como economista y trabajaba en una consultora de negocios cuando empezó esta historia. Marcelo volvía de un viaje por Mendoza, había conocido el Paraje Altamira, en el Valle de Uco, donde hacía varios años se había radicado una hermana y su esposo, en un paisaje rodeado de montañas. Ella también buscaba un lugar en el mundo y se había afincado allí en esa especie de paraíso que no tenía ubicación en el mapa. Como psiquiatra, la mujer sabía que uno puede encontrar su rincón en la tierra pero que los lazos fuertes de la infancia siempre permanecen en la memoria y en el corazón. A ella le estaba pasando: la distancia con su hermano se hacía sentir. Por eso, durante aquella visita, le propuso una idea para estar más tiempo juntos: que aproveche la oportunidad de comprar una finca que ¡oh, casualidad! estaba en venta, muy cerca de la suya. La propuesta tuvo buena receptividad. A Marcelo le encantó el doblete: se le presentaba un nuevo desafío emprendedor y podría estar nuevamente cerca de su hemana.
Pero no quería hacerlo solo. Lo único que sabía hasta el momento era que Paraje Altamira era un lugar donde las características del suelo, a 1.100 metros de altura por sobre el nivel del mar, con una marcada amplitud térmica -calor de día, frío de noche- y un suelo pedregoso particular, estaba siendo observado por los productores vitivinícolas como una zona para cultivar uvas de excelente calidad.
Era 2006 y hubo que esperar hasta 2013 para que el paraje lograr su reconocimiento como "indicación geográfica" (IG) una forma de catalogar el origen de los vinos de calidad según su lugar de producción y elaboración.
Entonces en 2010 le pidió a Nico que lo acompañara a estudiar el lugar y ver cómo empezar el negocio pero, con su espíritu independiente y la firme concepción de que padre e hijo nunca trabajarían juntos porque eso era lo mejor para la preservar la relación, este le aclaró que era solo para eso: viajar juntos.
Había que empezar de cero

En la finca se habían plantado manzanos pero desde 1940 no se había trabajado la tierra nunca más. Había que empezar de cero. Y Nico estuvo dispuesto a ayudar, sin saber aun que diez años después iba a terminar tomando las riendas de la empresa. "Si bien yo lo acompañaba y lo ayudaba no estaba de lleno en el proyecto. Todavía estaba estudiando en ese entonces, Pero hace más de 5 años, ya en el año 2015 me sumé de lleno y desde entonces, si bien al principio fuimos compartiendo la dirección, la verdad es que él me fue dejando el lugar de manejar el proyecto a mí y hoy en día es un asesor", cuenta el director de la Igriega.
Fue un hecho fortuito, una frase dicha en un momento en que pudo ser escuchada, que los puso a padre e hijo a hacerse socios. Nico rememora: "El hecho que desencadenó la posibilidad de que me sume a la Igriega, cuando en el 2014 yo todavía trabajaba en una consultora y mi viejo empezó a pensar la idea de avanzar en la cadena -no solo producir uvas sino elaborar vino- fue casual. . Un día nos contactó un familiar lejano que vivía en Estados Unidos, pariente de una abuela mía,y viajamos a conocerlo. El nos había comentado que tenía unos contactos ligados al vino y entonces mi viejo me pidió que le armara una presentación para aprovechar el viaje y mostrar nuestro proyecto a una firma importadora y distribuidora. Y fue esa misma persona, con quien todavía tengo una relación fluida, como si fuera un tío, el primero que dijo que yo me tenía que dedicar a este proyecto. Me preguntó qué estaba haciendo trabajando en otro lado en lugar de asociarme con mi papá. Hasta ese momento siempre pensábamos que en la relación padre e hijo no era lo ideal trabajar juntos, lo habíamos charlado un montón de veces. Pero de ese viaje volvimos con la cabeza dada vuelta y marcamos el inicio de esta relación que funciona súper bien. A pesar de nuestro preconcepto demostramos que podíamos hacerlo".
Diez años de una bodega familiar

La Igriega se especializa en la producción de vinos de alta gama, con especial foco en el Malbec, elaborado con uvas cosechadas de su propia finca familiar en el Paraje reconocido como Indicación Geográfica por el INV. El portfolio de la marca incluye su Malbec más característico, de gran frescura y elegante acidez; el Blend de Malbec, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Petit Verdot; el Superior, también Malbec de gran estructura y concentración y, por último, un Rosado de Malbec, que refleja la identidad de la zona. Los vinos de la Igriega son vinos frescos, frutales, con cierta acidez que les da elegancia y particularidad.
La firma tiene presencia en todo el mercado local y desde hace tres años exporta sus cuatro etiquetas a Estados Unidos, a Nueva York y a Florida, y a toda la Argentina.
Un dato curioso en la historia de este emprendimiento nacional es que nace de un sueño del estilo "castillos en el aire", dos hombres - un padre y un hijo- dispuestos a aprender lo que no enseñan los libros ni la experiencia de veinticinco años. "En nuestro caso no somos como suele pasar en el mundo vitivinícola que son generaciones y generaciones que están en el mundo del vino, sino que somos nosotros quienes estamos comenzando este nuevo camino en este mundo", reconoce Nico. Con humildad, con respeto por la tierra, por la comunidad local, por sus nuevos colegas, de a poco fueron conociendo el terreno, aprendiendo ya no como consumidores sino como elaboradores, los secretos del buen vino y se compenetraron tanto con el lugar que hoy en día Nico es tesorero de Pipa, la asociación de productores locales que promueve la economía de Paraje Altamira.
Al principio fue solo la venta de uvas, y luego con los años, la decisión de elaborar sus propios vinos empezó a tomar peso. Desde que Nicolás se incorporó al proyecto, juntos lograron concretar la Igriega y poco a poco, después de más de diez años de trabajo, dejó de ser un proyecto para convertirse en una realidad.
"La Igriega para nosotros es una filosofia de vida: significa conexión, unión... es una sumatoria de conceptos positivos. En la búsqueda de ese balance logramos armar un equipo de expertos que lo da todo: desde la forma de trabajar la tierra y tratar las uvas para que cada botella de vino represente nuestra identidad y nuestro lugar en el mundo", concluye Nico.
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