
Eduardo de la Puente: Torturas y placeres del padre primerizo
No tenía idea de que todo cambiaría con un bebe. Hoy, es otro tipo
1 minuto de lectura'
Nunca pensó que se iba a casar. Mucho menos, que alguna vez iba a tener un hijo. Hasta que se casó -con la que durante años fue su dulce concubina-, y el 22 de septiembre de 1999, después de un parto difícil, Eduardo y señora dieron a luz a Martín. El primer hijo.
-Creo que lo hice por una cuestión de tradición humana de procrear. El verso que tenemos los hombres es: "No, yo no estoy preparado para ser padre". La verdad es que nunca te sentís preparado para ser padre antes de serlo, pero genéticamente toda tu vida vas a estar preparado. Todo padre sabe qué hacer con un hijo cuando llega el momento de tener que hacer algo. Al principio me aterró y después me dejé fluir. El día que lo tuve me di cuenta de que era algo que había deseado durante toda mi vida sin darme cuenta. En el momento de verlo, cambió todo. Uno dejó de ser el centro de su universo.
Eduardo de la Puente, conductor del programa de radio Cuál es, junto a Mario Pergolini, 36 años. Ahora se ríe. Pero la misma noche de septiembre en que nació Martín, él aprendió que el espanto y la felicidad pueden venir en un mismo combo. Mezclados y sin aviso.
-El nene salió sin respirar. Fue feo, porque se lo llevaron y fue un minuto y pico de zozobra total. De sentir que no me interesaba seguir vivo. Realmente. Diez minutos antes era: "Bueno, voy a tener un pibe", y después ya no me interesaba seguir viviendo. Hasta que escuché el llanto y me volvió la vida al cuerpo.
Así fue como De la Puente fue padre por primera vez y para toda la vida. Se había preparado, hay que decirlo. A golpes de libro: Concepción, embarazo y parto y El primer año del bebé.
-Es un libro buenísimo. Te va contando la evolución mes a mes. Nosotros leemos el libro y tratamos de no llamar mucho a la pediatra por cualquier cosa. Hasta ahora, según el libro, todo va bien.
Martín ya es una persona independiente. Lo fue, en realidad, desde los tres meses, momento en que lo mudaron a su propia habitación.
-Nunca le hicimos un upa para dormirlo. Nos dolió el alma, nos sentíamos unas basuras como padres, pero el pibe ahora está acostumbrado: a las 9 de la noche, baño, mamadera, y cuna solo. La noche que lo pasamos a su habitación, ni medio problema, pero nosotros estuvimos angustiados toda la noche, pensando que éramos unas porquerías, que lo dejábamos solo. El, chocho, durmiendo.
Durmiendo, dijo, antes de decir que ya no le importa nada, que aunque en los últimos ocho meses haya ido al cine tres veces, le basta con ver la cara del niño -como ahora la debe estar viendo sin verla en su casa de Ezeiza, esperando a que papá vuelva del trabajo en esta tarde de otoño lluviosa y fría- para entender que las cosas son mucho más como son ahora que como eran antes.
-Puedo extrañar algunas cosas, pero si tuviera la posibilidad de cambiar mi vida, aunque sea por un rato, por la que llevaba antes, no lo haría.
Hace poco Martín dijo papá. Como Eduardo es hombre fuerte, lo comentó al pasar con sus amigos, sólo dos o tres días después de que el nene articulara el mantra.
-Trato de morderme la lengua y no molestar mucho, porque yo sé que eso es un plomo. Para vos el pibe es un genio, y andás por ahí diciendo: "No sabés lo que hizo el nene ayer", y tus amigos, que ya tienen hijos, te miran como diciendo: "Tarado, eso lo hacen todos".
¿Saben qué? Después de que este pobre padre se desviviera por el niño, después de que elevara plegarias para rogar que fuera él y no ese pobre pichón diminuto quien sufriera retortijones de estómago, cólicos hepáticos y malignas líneas de fiebre, el niño lo engañó con un teletubbie.
-Cuando Martín cumplía siete meses, me metí en una juguetería a ver qué le podía comprar, porque lo lleno de porquerías. Me tiento. Paso por una juguetería y digo: "¡Huy!, cómo me hubiera gustado tener esto". Y pum, transferencia, se lo compro. Lo que me fascina es que por ahí te gastás cien mangos en un muñeco y él lo ama, y de pronto ve un vaso de yogur vacío y se queda horas. Si el tipo aprende a conformarse con poco, va a ser un logro. La cuestión es que aquel día en la juguetería me acordé que le gustaban los teletubbies, y le compré un teletubbie largo. Caigo a casa, y le doy el paquete envuelto en papeles de colores. El tipo empieza a romper los papeles, y cuando sale el teletubbie... Mirá, fue como amor por el teletubbie. Sonreía tanto que yo creí que se iba a decapitar. Abrió los brazos, lo abrazó, lo llenó de besos, lo babeó todo. Y yo lo miré y pensé: Je, qué grande que sos, papá".
Este niño tranquilo, que está de buen humor hasta cuando está enfermo, que se aburre rápido con los juegos y cambia de preferencias como de pañales, le asestó a su padre un golpe mortal -otro más- a los cinco meses de haber nacido.
-El estaba en su habitación y escuché que se había despertado, entonces bajé y me asomé a la cuna. Y el tipo me vio... y sonrió. Fue todo lo que hizo. Sonreírme. O sea, reconocerme y sonreírme. Y yo no lo pude levantar. O sea, me senté en el rincón a llorar cinco minutos. Y después fui, lo alcé y... fue fuertísimo eso. Noté que me había reconocido y que estaba contento de verme, y me mató. Me asesinó.
El hombre tiene ojos de hombre que recuerda cómo lloró.
-Me mató. Me asesinó.
Dice, ya muerto de amor y padre para siempre.





